ODIO A LEBRON JAMES

Camisetas quemadas en su tierra prometida. Millones de críticos que se centran en su egocentrismo, a pesar de sus reiteradas contribuciones a la sociedad. Presidentes, periodistas y otras tantas voces de la opinión pública que minimizan su figura al punto de asegurar que lo único que puede hacer es picar una pelota.

LeBron James es uno de los deportistas más influyentes de la historia y, al mismo tiempo, el target más codiciado del odio colectivo en estos tiempos. ¿Por qué? En CROSSOVER, tratamos de explicarlo mientras emprendemos un viaje a través de su camino.

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«El genio es una entidad como la naturaleza, y quiere, como ésta, ser aceptado pura y simplemente. Una montaña se toma o se deja. ¡Hay gente que hace la crítica del Himalaya piedra por piedra! Todo en el genio tiene su razón de ser. Es porque es. Su nombre es el reverso de su luz. Su fuego es una consecuencia de su llama. Su precipicio es la condición de su altura», enunció alguna vez el legendario poeta, escritor y dramaturgo francés Víctor Hugo. Dentro de tan potente descripción de la genialidad, se pueden encontrar pasajes que encajan como propios en múltiples historias del deporte.

LeBron James, que reúne los requisitos necesarios para ser considerado un genio deportivo, no escapa ni mucho menos a lo que Hugo pensaba de estos unos trescientos años atrás. LeBron es porque es, pero también porque fue. Su pasado, tal vez como con tantos otros, ha moldeado su figura hasta definirla por completo. Esa llama que supuso su infancia curtió su cuero y encendió el fuego de su vida, una oda a la superación constante. Y, si bien estas leyendas conmueven por la distancia que hay entre el lugar de donde salieron y el que hoy los cobija, también incita al desprecio. Sentimiento cobarde, claro está, cuando su combustible es el resentimiento por lo que el otro pudo conseguir. Como la de cualquier otra superestrella, la carrera de LeBron ha tenido picos de glorificación. También -y quizás en mayor medida- los ha tenido de odio, de minimización y de regocijo ante algunos de sus tropiezos.

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Hasta ahí, lo que este mundillo se ha resignado a entender como «normal»: quitarle mérito a los logros del otro como si eso engrandeciera a tus ídolos, festejar sus derrotas como triunfos propios, despreciar al mejor rival a causa de un miedo encubierto y tantas otras miserias. Pero no. No alcanza. De ninguna manera podemos afirmar que el odio a LeBron James comprende sólo lo que sucede allí, dentro de una cancha. Como a casi ninguna figuras deportiva, el concepto de hateo se ha adosado a todos sus pasos y el campo de acción de estas termitas del rencor que lo profesan se ha extendido hasta la esencia más privada de su persona. Por momentos, James es un polígono de tiro. No importa si su equipo ganó un campeonato, si él rompió un récord o si acaba de fundar una escuela para niños necesitados, siempre habrá alguien que encontrará -o mucho peor- inventará argumentos para el «pero…»

Podemos, quizás, trazar un antes y un después en lo que respecta a este fenómeno gracias a un momento en concreto. Desde que aquel muchacho del instituto Saint Vincent-Saint Mary comenzó a tomar trascendencia a nivel nacional, todo lo que lo rodeara era transmitido, cubierto, publicado y analizado. Siendo de Akron, la elección de Cleveland en el Draft de 2003 se entendió como la llegada del hijo pródigo que iba a romper el maleficio que recaía sobre las vitrinas del deporte en Ohio. El nivel de ansiedad y excitación era tal que siete años, una aparición en las NBA Finals y dos MVPs de temporada después, el principal culpable de que los Cavaliers no consiguieran el tan anhelado campeonato se llamaba LeBron James. Y, tras meses de reflexión y lucha interna, llegó el día en el que la joven estrella pasó de ser criticado deportivamente a convertirse en el Judas de la NBA.

«Esto es muy duro», repetía LeBron una y otra vez antes de afirmar frente a 13,1 millones de televidentes que dejaría Cleveland para unirse al Miami Heat. Detrás de aquel especial de ESPN conocido como The Decision estaba la intención de James de explicar, en primera persona, por qué elegía irse. Lo sentía más humano que un anuncio oficial, blanco sobre negro. Cuando su entorno más cercano le presentó la idea de hacerlo en el primetime y a través de una cadena mundial, él puso una condición excluyente: lo recaudado era para ayudar a la comunidad. Y así fue. Se destinaron 2,5 millones de dólares para Boys and Girls Club of America, organización estadounidense que diseña programas de complemento escolar para jóvenes de todo el país. Además, otros 3,5 millones recaudados por ingresos publicitarios fueron donados a diferentes causas benéficas. Nada de eso tuvo la repercusión que sí le dieron los medios al odio generalizado. Se había desatado una carnicería que incluía tanto a fans desamparados como a periodistas y directivos.

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Repasar las tapas y los programas de aquel mes nos permite entender dos cosas: que el producto LBJ es extremadamente vendible y que los medios de comunicación son grandes generadores de violencia. LeBron ya no era el hijo pródigo, sino un traidor hijo de puta. O mejor dicho SON OF A BEACH, como tituló su portada el New York Post al ver que el mejor jugador del momento no llegaría a los Knicks. Tampoco era King James. Ahora, según el GM Dan Gilbert, era un «autoproclamado falso Rey que no significaba nada más para los chicos que un mal ejemplo.» Y no acababa ahí: «No se preocupen. Se llevará la maldición a South Beach y Cleveland ganará un campeonato antes que él.»

En todo momento y desde todos los rincones, se vendió -porque, en definitiva, también se compraba- que James era un hombre sin sentimientos más que un profundo egocentrismo que había dejado huérfana a una comunidad para alimentar su ambición. En el plano deportivo, leyendas como Michael Jordan o Magic Johnson bajaron un mensaje claro: ellos jamás se habrían unido a otras estrellas para ganar. Muy por debajo de esa superficie de carroñeros, lo real: que LeBron decidiera buscar un campeonato tras arrastrar siete años a un equipo totalmente dependiente de sus actuaciones no le hacía olvidar, ni por un segundo, de dónde había salido.

Contrariamente al relato dominante, su involucramiento en los problemas sociales de la zona era cada vez mayor. Donaciones a escuelas que ascienden a 41 millones de dólares. Programas ideados por su fundación que enfocan su energía en mejorar el proceso escolar de los jóvenes. Gran parte de esas iniciativas no salían a la luz por el temor del propio LeBron a que esto se entendiera como limosna. Pero no. Sea lo que fuera, él siempre estuvo encima. Y, a medida que aumentaban, sus intervenciones se abrían un hueco entre las noticias. En agosto de 2011, su fundación inauguró un Boys and Girls Club en uno de esos barrios de Akron en los que pasó su infancia. También aportó 240,000 dólares para reacondicionar el descuidado Joy Park Community Center, un punto neurálgico en la vida social del área. Cuando le preguntaban, casi siempre respondía lo mismo: «Todavía falta mucho. Es necesario que le devuelva aún más a mi comunidad.»

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El primer año de James en el Heat provocó lo mismo que provoca lanzar un barril de gasolina al fuego. En temporada regular, Miami registró el tercer mejor récord de la NBA, sólo por detrás de San Antonio Spurs y de los Chicago Bulls del MVP Derrick Rose. Aunque la conformación del Big Three y el hype creado entorno a ello hacía ver lo bueno como regular y lo regular como malo, transitaron los Playoffs sin sobresaltos: 4-1 a Philadelphia 76ers, a Boston Celtics y a los mencionados Bulls en las Finales de Conferencia.

LeBron aterrizaba nuevamente en las NBA Finals y todo lo que no fuera ganar iba a ser visto como un fracaso. Y no tanto como uno colectivo, sino más bien como algo que pertenecía especialmente a él. Así fue. Durante los partidos definitorios, James mostró su versión más descafeinada (17,8 puntos por juego) y Dallas Mavericks se aprovechó de eso para reventar los sueños del primer anillo. Porque de esa manera se cubrió la noticia en aquellos días. No era la sorpresiva derrota del Heat y su constelación de estrellas lo que vendía, sino el supuesto maleficio que merodeaba alrededor de ese muchacho llamado a ser El Elegido.

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Al mote de traidor se le sumó el de fiasco. Luego del traspié en aquellas Finales, LeBron fue azotado mediáticamente incluso hasta por ir a entrenar con una sonrisa en el rostro. No es broma. Durante el lockout de 2011, el periodista Stephen A. Smith improvisó un intento de despedazamiento a su legado: «Es como si quisiera ser coronado sin haber ganado nada. Perder esas NBA Finals de la manera que lo hizo y volver con una sonrisa en su cara es algo que no entiendo. Los campeones no hacen eso.» 

Y James sabía que su juego no había estado a la altura de su grandeza. Fue el primero en reconocer que no había realizado ni una «jugada que cambie el juego» durante toda la serie. Por primera vez en su carrera, empezaba a sufrir las consecuencias de haber sido catalogado como algo que no era: «Me encerré en mi casa y no vi a nadie por dos semanas después de la derrota. Fue una de las cosas más duras que viví. La gente piensa que soy el villano y yo, que sé que no soy esa persona, pasé de jugar con felicidad a hacerlo con ira.» Pero no había escapatoria. Y, durante los próximos tres años, tuvo que aferrarse a ese sentimiento. Dentro de la cancha, claro. Fuera de ella, LeBron seguía siendo el joven adulto que veía al mundo cada vez con mayor claridad.

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Dos campeonatos, dos MVPs de temporada regular y dos MVP Finals. Entre 2012 y 2013, consiguió todo lo que había ido a buscar a South Beach. Aquellos años de escrutinio interno habían terminado. No así las críticas, que siempre encontraban alguna chispa para prender la llama del odio que tanto dinero mueve. Pero, esta vez, LeBron estaba entero. Había madurado como jugador, pero mucho más como persona. Entendía mejor que nadie la maquinaria del desprecio que se había montado sobre su figura y optaba por responder con paz: «Es lo que es. No puedes manejarlo. Sin embargo, cualquier crítica pierde importancia cuando te pones a pensar que yo no debería estar aquí. Es así. Si miramos las estadísticas, no se supone que alguien como yo llegue a esto. Estoy bendecido. Eso es todo lo que vale.» 

LeBron había crecido, sí, pero nunca dejó de ser un niño de Akron. Y ya había cumplido todas las metas que se había trazado en su carrera, excepto una: romper la sequía de títulos que atormentaba a Cleveland desde 1964. La derrota en las NBA Finals de 2014 a manos de esos históricos Spurs de Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginobili y Kawhi Leonard terminó de convencerlo. Era hora de volver a casa. Entonces, el villano empezó a ver como el discurso comenzaba a cambiar de foco.

«Algunas personas vinieron a decirme que debía hacer lo que me hiciera feliz. Y yo creo que sí, pero también creo que debo hacer lo que haga feliz a mi ciudad, a mi estado. Por eso estoy aquí. Los amo, he vuelto.» Ante 30,000 personas, el hijo pródigo vivía su redención. Una que jamás debió necesitar, pero que llegaba como un abrazo al alma.

Durante sus años en Cleveland, su impacto social se acrecentó al máximo. LeBron se convirtió en la voz de la lucha por la igualdad. Denuncias contra el abuso policial, declaraciones que hacían reflexionar sobre el alarmante grado de racismo que actualmente vive la sociedad estadounidense, protestas contra la portación de armas y plantadas ante el horror. Y ese horror, o más bien quienes lo profesan, lo ubicaron como el enemigo principal. Nacía su versión activista. Esa que, tal vez, causa más odio que ninguna otra. Desde entonces, James usa su fama para que el mundo escuche a los que no tienen voz. Y para ciertas esferas del poder, no hay peor pecado que hacer visibles a los silenciados. Mucho más si el que lo hace es uno de ellos, un número en rojo entre las estadísticas. Alguien que, como siempre recalca el propio LeBron, no debería estar en donde está. 

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Pero volvamos a lo estrictamente deportivo. Desde 2011, el equipo del Este que había llegado a la cita máxima de la NBA contaba con James en su plantilla. Como era de esperarse, los Cavaliers gozaron del mismo destino en todas las temporadas seguidas a su regreso. Sin embargo, las NBA Finals de 2015 supusieron otro bocado para los detractores del Rey. Golden State Warriors celebró en el duelo entre «franquicias malditas» y la gerencia de los CAVS decidió echar al entrenador David Blatt durante el mes de enero de la campaña siguiente. A estas alturas, no era trabajo de un detective descubrir a quién culparía la opinión pública. Se utilizó la influencia de LeBron en la organización y la posterior elección de Tyronn Lue (su amigo) como reemplazo para establecer que una orden suya causó la destitución. Pese a que el mismo Blatt declaró en 2018 que no se sintió desplazado por James, el mote de echa-técnicos aún persigue a la figura del 23.

Si el odio vende, también lo hace la épica. Y quizás no haya otra palabra que describa mejor la actuación de Cleveland en las Finales de 2016. Todo amante del básquet sabe lo que sucedió: esos Warriors, que habían firmado el mejor récord de temporada en la historia de la NBA, tomaron la delantera por 3-1 en la serie. En 70 años de competencia, ningún equipo había remontado una desventaja semejante durante un cruce por el campeonato. Contra todo pronóstico, LeBron James tomó las riendas del destino y estampó su sello en las páginas doradas del juego al liderar a los Cavaliers hacia el tan ansiado título. Por primera y única vez en su carrera, la aceptación era total. Parte de los medios, expertos en agigantar las cosas, daban por hecho su ascenso hacia el trono de mejor jugador de todos los tiempos. Ahora, el término King parecía insuficiente, y quien poco tiempo atrás había sido tirado a la hoguera era exaltado hasta convertirse en una especie de divinidad. No más críticas infundadas. No más odio visceral. Estaba claro: no iba a durar mucho. Y hay múltiples ejemplos -tanto en sus siguientes años en Cleveland como en su nueva etapa con Los Angeles Lakers- que lo confirman. Pero, para LeBron, nada más importaba. En el interior, el círculo se había cerrado. 

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Detrás del éxito deportivo, su impacto socio-cultural era ya imposible de dimensionar. Lejos de ignorarlo, siguió por la misma senda de siempre. Mejorar la vida de los otros, al punto de que nadie más que ellos controlen su destino. Y por allanarle el camino a los que sufrieron lo que él sufrió de niño, por pronuciarse en tópicos tabú para los atletas, por creer firmemente que su papel iba más allá de lo que hiciera dentro de una cancha, LeBron se ganó el odio más peligroso y dañino de todos: el del poder.

«Esto es lo que pasa cuando intentas dejar la secundaria un año antes para unirte a la NBA. LeBron y KD, ustedes son grandes jugadores. Cállense y piquen la pelota.» La editorial de Laura Ingraham, periodista de Fox News, explotaba como una bomba de realismo puro. Segregación del Siglo XXI. ¿La causa? El discurso crítico de dos superestrellas deportivas -pero, particularmente, de LeBron- ante el racismo explícito del presidente Donald Trump. Aquella despreciable performance ocurrida en febrero de 2018 es material de sociología avanzada, pero emite un mensaje terriblemente esclarecedor: la élite dominante ve como una amenaza a las minorías con ideas propias y visibilidad para exponerlas. Y James, como representación máxima de ese concepto, es altamente irritante.

¿Por qué un hombre que se preocupa por su comunidad y sirve a ella -tarea política que muchos funcionarios públicos olvidan- es de los personajes más odiados de esta época? ¿Se puede, de alguna manera, comprender este fenómeno desligándolo de lo racial? ¿No es este caso -magnificado a niveles mundiales por sus características- otro más en la triste historia del menosprecio y la discriminación? Quizás así, al bucear mucho más profundo de lo que supone una bronca deportiva, se puede llegar a la génesis del desprecio. Porque por mucho que se quiera ocultar, él es un negro exitoso en una sociedad ultraracista. Una que suele ver a los deportistas afroamericanos como mercancías y no considera justo que tengan decisión sobre dónde jugar o con quién hacerlo. Una que no tenía entre sus planes que un homeless de Akron construya un imperio empresarial y que, muy lejos de encerrarse en él, luche por los derechos de los olvidados en el rincón más oscuro. Tener el control de su vida y mostrarlo con orgullo es, en definitiva, lo que convierte a LeBron James en un blanco perfecto del odio irracional. Uno que pica la pelota como pocos en la historia, pero que definitivamente no se callará.

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EL CASO JOKIC-CURRY: DOS CARAS DE UNA ESPECIE ÚNICA

Inmersos en una época en la que el juego -obligado por un inevitable proceso adaptativo- ha evolucionado hacia la incorporación de recursos de todo tipo y condición en todas las posiciones, Jokic y Curry destacan por sus estilos particularmente únicos. Sus casos son diferentes por lógica pura, pero similares desde lo peculiar de sus atributos. Al atravesar sus procesos, se puede observar cómo estos cruzan sus recorridos en ciertos puntos y se alejan en otros, explicando contextos actuales y reivindicando fundamentos de siempre.

¿Cómo se desencadenó su desarrollo para convertirse en lo que son ahora? ¿Siempre fueron resaltados por sus raras aptitudes? ¿Por qué son tan especiales? ¿Realmente lo son? En CROSSOVER, te invitamos a emprender un viaje al centro de las historias de estas dos gemas del deporte. 

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MENTES MAESTRAS EN CUERPOS QUE ALARMAN

En el principio de sus carreras, tanto Curry como Jokic fueron cuestionados por sus cuerpos. El primero, de tobillos frágiles y un físico poco atractivo para los amantes de los músculos, debió sufrir que parte del ambiente NBA lo dejara a un lado en sus consideraciones y olvidara su nombre durante las sobremesas en las que se hablaba de estrellas. Sí, su rango de tiro era espectacular y esos años fueron fundamentales para que, luego, amanezca el Curry omnipresente que hoy maravilla. Sin embargo, no alcanzaba para silenciar los murmullos que despertaba su aparente fragilidad corporal y todo lo que eso conlleva en un escenario en el que quienes colisionan están más cerca de parecerse a trenes de carga que a malabaristas.

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Stephen Curry en su año Rookie.

Ese temor que, por ejemplo, provocó que Curry -uno de los prospectos más interesantes de su clase- cayera hasta la séptima posición del Draft 2009 y viera como Minnesota Timberwolves seleccionaba a dos bases (Ricky Rubio y Jonny Flynn) antes que a él, ofició como un chaleco de fuerza durante gran parte de sus primeros años en Golden State. Como su capacidad atlética no era la necesaria para defender a los otros bases estrellas de la liga, Monta Ellis ocupaba esa posición y él debía hacer las veces de escolta. La situación atentaba contra el desarrollo de su juego, que demandaba libertad para aprender y confianza ante los errores típicos de un joven.

En su segunda temporada, la prensa ya lo había catalogado como «un tirador al que ponen de base» y se cuestionaba su posible irrupción entre los mejores armadores de la NBA, como evidencia este artículo de ESPN que data de noviembre de 2010: «Son sus delgados 1,90m y 83 kilos el verdadero problema. Es difícil imaginar que Curry pueda defender a Kobe Bryant tras un bloqueo o frenar a Jason Richardson.» El tiempo, la explotación de otras habilidades propias de su ADN como la velocidad y la lectura de las ofensivas rivales y la creación de un sistema que maquilla sus falencias han hecho que el Chef pase de ser el eslabón más débil de la defensa de su equipo a tener, en su primera campaña MVP,  el segundo mejor Defensive Real Plus-Minus* entre los point guards.

*Para conocer a fondo las estadísticas avanzadas, te recomendamos este artículo.

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Nikola Jokic, durante sus primeros años como joven amante del básquet en Serbia.

El segundo no acusaba lesiones de las cuales aterrarse, pero su físico pertenecía a cualquier cosa menos a lo que el imaginario popular considera que debe ser un basquetbolista profesional. Durante su adolescencia, a Jokic le importaba poco y nada ponerse en forma. Excesos en la comida, falta de entrenamiento y muchos kilos de más. Solía consumir hasta tres litros de Coca-Cola por día y, durante las tardes, se atiborraba a masas y panificados que elaboraba su madre. De aquel muchacho se recuerdan su habilidad sobrenatural para jugar al básquet y su alarmante sobrepeso.

Es que, en las canchas de la liga de Serbia, era lo que siempre ha sido: un director de orquesta que mejora a todos los integrantes del equipo. Pero la NBA es talento tanto como disciplina física, y muchos ojeadores veían a aquel gordo talentoso como un bocadillo para las bestias atléticas que habitan la liga. Incluso en Denver, franquicia que decidió seleccionarlo en el Draft 2015, se hablaba más de su nula capacidad de salto y de su lentitud que de su creatividad. Para el propio Jokic, esto no era algo ajeno, sino todo lo contrario. Sabía que, si quería triunfar en la liga o de mínima mantenerse en ella, debía cambiar sus hábitos: «Cuando empecé a jugar era muy gordo y todavía no era tan alto. Jugaba de pívot, pero a veces también de base. Picaba el balón por toda la cancha y sólo jugaba por diversión, como amateur.» Como pacto inquebrantable con su conciencia, se prometió que bebería el último vaso de gaseosa durante el viaje a los Estados Unidos. Y, si bien nunca será DeAndre Jordan o DeMarcus Cousins, el cambio está a la vista de todos.


GENIOS INCOMPRENDIDOS

Pero sus cuerpos no era lo único que los ponía en el ojo de la tormenta. Curry y Jokic son, como vemos, dos rara avis. Y, muchas veces, lo desconocido aterra.

Por mucho tiempo, Steph Curry sonó a triples e inconsistencia, a un jugador sin posición definida -en tiempos en los que eso se observaba más como un problema que como una solución-, a un base descafeinado y a un escolta limitado a lo que pudiera hacer desde el perímetro. A la versión del anotador serial se la criticaba por su relación asistencias-pérdidas. A la del base cerebral, por su poca producción ofensiva. Y así, cualquier faceta de su juego era vista como un vaso medio vacío. Resultaba difícil para Curry -y para cualquier mortal- no detenerse a pensar en que, hiciera lo que hiciera, siempre iba a ser insuficiente. Y esos años, previos a la comprensión general de que el mundo del básquet estaba ante un jugador de cualidades únicas, fueron largos y pesados para su mente. Incluso hoy, con tres campeonatos y dos MVPs bajo el brazo, Curry tiene que escuchar cómo ciertos analistas resuelven que no es un verdadero point guard o que no puede ser considerado el mejor base de la NBA porque ni siquiera es el jugador con mejor promedio de asistencias en su equipo, reconocimiento que le pertenece a Draymond Green.

«Obviamente es una superestrella, pero se comporta como si fuera el duodécimo jugador. Puedo reclamarle cosas en sesiones de video y él no se molesta. Lidera con su ejemplo. Es un gran hombre, un gran compañero y los jugadores le respetan. De eso se trata ser capitán.» – Steve Kerr sobre Steph Curry y su liderazgo

Lo desconocido aterra, pero también amenaza. Cuando algo o alguien se establece y entra en su zona de confort, comienza a odiar la diferencia que viene con el cambio. A primera vista, Curry es todo lo contrario a lo que significaba ser una superestrella en los ochenta y noventa: no grita ni se cabrea para liderar, su lenguaje físico denota displicencia y, a menudo, se lo ha tildado de blando. Como describe Marcus Thompson en Golden: The Miraculous Rise of Steph Curry, gran parte de quienes han criticado con mayor dureza al base de los Warriors pertenece a ese círculo de estrellas que destacó durante épocas anteriores. Oscar Robertson, Isiah Thomas, Charles Barkley y otros tantos han puesto en cuestión no sólo su juego, sino también su capacidad de liderazgo. Esto se incrementó aun más con el arribo de Kevin Durant, otro lobo Alpha, a la Bahía de San Francisco. Al igual que con sus rivales en cancha, Curry ha esquivado con soltura todos esos dardos verbales, pero fueron sus compañeros y los números quienes salieron a defenderlo. Aunque, por momentos, ni que Green diga que es uno de los tipos más duros de la liga o que las estadísticas demuestren que el juego de Golden State se resiente más con su ausencia que con la de cualquier otro integrante del equipo parece alcanzar para cesar esa caza de brujas.

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Jokic pelea la posición con Tyson Chandler, uno de los mejores internos defensivos de la NBA.

Tal vez su arribo a la NBA fue más silencioso que el de otras estrellas, pero Nikola Jokic no estuvo exento de las críticas en sus inicios. Casi todas ellas infundadas y sin haberlo visto jugar siquiera un partido entero. Nadie dudaba de su calidad, pero sí de su dureza. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve un grandote que sepa pasar la bola si no puede aguantar el rigor que imprimen los internos de la liga?

Jokic, como Curry, es prácticamente imposible de encasillar. Necesita libertad para explotar sus habilidades y explorar todas las facetas del juego. Eso, en ciertos casos, se puede sobreentender como inconsistencia. Sí, el serbio era un gigante creativo, pero se dudaba de su impacto en la pintura y no había maravillado lo suficiente (fue el pick 41 del Draft 2015) como para darle las llaves de la gestación ofensiva. En definitiva, y pese a que las funciones han superado en importancia a las posiciones, el proceso creativo está históricamente ligado a la labor de los bases. Y en la NBA, o bien tienes el estatus de LeBron James o Tim Duncan para cargarte eso o mejor te sientas y esperas un voto de confianza. Exactamente eso fue lo que sucedió en el caso de Jokic. Asombrado por la maestría con la que el pívot se desempeñaba como «titiritero ofensivo» durante las prácticas, el entrenador Mike Malone decidió arriesgarse y darle ese tan ansiado lienzo en blanco en los partidos. Desde entonces, Denver no ha parado de crecer. Y el genio detrás de todo, tampoco.

Pero Jokic es distinto al resto incluso en sus modos y costumbres. Esta temporada, su explosión en cancha ha desatado una lluvia de elogios y reconocimientos que le valieron la inclusión en el All-Star Game y la merecida consideración entre los candidatos al MVP. Sin embargo, es el mismo jugador quien se ha mostrado más ajeno a ese microclima. Una situación puntual lo describe a la perfección: en febrero, tras una victoria de su equipo ante Oklahoma City Thunder en el que él fue la figura -sumó 36 puntos, diez asistencias y nueve rebotes- y los fans de Denver corearon el famoso «¡MVP-MVP-MVP!», Jokic mostró su lado más Jokic: «Para ser honesto, creo que es gracioso. Siento que hay muchos jugadores mejores que yo y que merecen más el premio.»

Está a la vista que el serbio lidera a los Nuggets, pero no nace de él autoproclamarse como jefe de la manada. Incluso se rehusaba a aceptarlo, hasta que Malone decidió tomar cartas en el asunto: «Le dije que, le guste o no, piense que es justo o no, él es nuestro líder y nuestro mejor jugador», le contó el coach al sitio DenverStiffs. Intrahistorias de una estrella atípica.


DOMADORES DEL PRESENTE

La línea de tiempo que surca la historia de la NBA tiene varios quiebres, hitos que supusieron un antes y un después en ese hilo de sucesos y estilos. Julius Erving y sus vuelos, la rivalidad Magic-Bird y la explosión mediática que significó Michael Jordan para la liga son algunos de ellos. Indefectiblemente, el último gran sacudón a sus cimientos le pertenece a Stephen Curry. En la Era del triple, él no sólo es el máximo exponente, sino también quien elevó hacia otro estadio de grandeza el concepto de tiro. Con Curry no hay disparos imposibles ni rangos establecidos. Se podría argumentar que tampoco existen mecánicas, porque sus movimientos fluyen como si fueran uno la pelota.

Este fenómeno provocó tal conmoción que el juego es antes y después de su aparición. Las pruebas son numerosas: las defensas están obligadas a reaccionar con antelación -por la velocidad robótica que acusa su armado de tiro- y a activarse desde que Curry y quienes lo emulan pasan la mitad del campo. A su vez, esa infinitud de rangos descomprime el juego interno y facilita el movimiento ofensivo. Para intentar defender a este tipo de jugador, se necesitan rivales polivalentes y capaces tanto de presionar en el perímetro como de perseguir post-penetración, uno de los factores que ha provocado la evolución multifacética que hoy reina. Curry y su éxito han creado una cultura de jugadores que previamente eran vistos con recelo. Trae Young, Antoine Davis y otros tantos que vendrán tienen el camino allanado porque uno de ellos triunfó a pesar del ensañamiento de los puristas.

Si Curry va a favor de la corriente -o sencillamente él es la corriente-, hay una faceta de Jokic que se rebela ante ella. Sí, tal como apunta el manual actualizado del interno, el serbio es un pívot con tiro exterior y muy buen manejo del balón. Pero… es lento.

Más aún en esta época, la lentitud está vista como una debilidad. El afán de evolución física ha llevado a los atletas a ser, en ocasiones, aviones de carne y hueso. Nada podría hacer alguien con el andar perezoso del Joker si gran parte del dominio del juego no estuviera supeditado a lo mental. Y en esa carrera, nadie corre más rápido que Jokic. Rivales más ágiles y rápidos han caído incontables veces en sus telarañas, que lentamente dan vuelta la noción de velocidad. Por momentos, el serbio nacido cuando Yugoslavia aún era una república parece jugar en blanco y negro, como dándole argumentos para reafirmar sus teorías a quienes creen que el tiempo es una mera ilusión del ser humano. Una pieza del puzzle que aparentemente no encastra y que debería estar en otra caja. Ya no importa tanto qué tan rápido corra los 100 metros llanos o cuánta masa muscular tenga sino que, en la cabeza de Jokic, todo sucedió antes de que ese otro pudiera percibirlo.


CEREBROS DE SUS EQUIPOS

Tanto Golden State como Denver se potencian gracias a ellos. Ambos funcionan como un eje sobre el cual rota toda la ofensiva de sus equipos. Mientras Jokic lo hace desde el poste alto y localizando a sus compañeros que cortan hacia el canasto o se establecen en el perímetro, Curry lo logra a través de su tiro. Temido por toda la NBA, el rango de sus disparos permiten que un genio como el base de Golden State juegue con la mente de sus rivales. Así, Steph estira las defensas y permite que sus compañeros se muevan con mayor soltura. Su triple puede ser el arma, o simplemente un señuelo para operar en las entrañas defensivas mediante su habilidad, pero desarticula al oponente de un modo en el que nadie jamás lo había hecho. Algo tan simple como observar lo que sucede cuando cruza la mitad de la cancha sirve para graficar este concepto. Las estadísticas, en cambio, permiten ir un poco más allá en el entendimiento de su magnitud: desde el inicio de la temporada 2014/15 hasta febrero de este año, Curry ha intentado un total de 94 lanzamientos desde una distancia al aro comprendida entre los nueve y los diez metros. Anotó 45, lo que supone un 48% de acierto. Esto describe, como nunca antes en la historia, la importancia del aprovechamiento del tiro para explotar conceptos tan esenciales como el tiempo, el espacio y la velocidad. 

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Gráfico de Kirk Goldsberry que ilustra todos los triples anotados por Steph Curry a lo largo de su carrera.

Aunque, si nos adentramos en ese territorio desconocido, más vale no olvidarse de Jokic. Es que sí, el serbio es un pívot, pero uno que reúne condiciones nunca vistas en esa posición. A diferencia de otros internos, no tiene un salto impactante (ni siquiera uno regular) ni es una montaña de músculos. Su cuerpo le permite someter a otros grandotes en la llave, pero «fajarse» no es su fuerte y eso se ve en el aspecto menos pulido de su juego: la defensa. En definitiva, todo lo que hace al Joker una estrella tiene que ver con el proceso creativo de su mente. Cuando otros chocan y luchan por meterse en el aro, él descubre avenidas libres para aventajar a sus compañeros. Mientras los demás piensan en tirar, él prioriza la fluidez ofensiva. El balón es un mazo de cartas y Jokic el mejor croupier del Casino. Pases sin mirar pero con la justeza de quien tiene ojos en la nuca. Asistencias atrincherado en el poste o desde el perímetro. Lanzamientos dignos de un mariscal de campo de un lado al otro de la cancha, siempre con la potencia necesaria. Jugar como si en él vivieran los años dorados de Arvydas Sabonis, Bill Walton y los hermanos Gasol.

Su temporada actual es, según los datos del sitio Basketball-Reference, la mejor de la historia en cuanto a porcentaje de asistencias (actualizado a 37,6%) para un jugador de 2,13m o superior. Aunque, como explica con maestría el gran Gonzalo Vázquez en su artículo El largo Siglo hasta Jokic: Críptidos del pase en la quinta posición, lo del serbio va más allá de ser un pívot con buenas manos. Su visión del juego, complementada con esa capacidad innata para encontrar siempre al hombre indicado en el punto débil de las defensas contrarias exige abrir un capítulo en el ancestral libro del pase. A cada paso -o pase-, Jokic evoca ancestros y conquista nuevos horizontes.

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Jokic en pleno acto. La asistencia como arma fundamental de su juego.

Desde que The Joker tomó definitivamente el control del ataque en su segundo año, los Nuggets no han bajado del Top-10 de equipos con mejor eficiencia ofensiva. El cambio fue rotundo: del décimo séptimo puesto al cuarto en tan solo una temporada. De 104,9 puntos anotados por cada cien posesiones en la 2015/16 a 112,1 en la 2016/17. Esa cuarta posición se repite en esta campaña, en la que Denver se encuentra segunda entre las franquicias con mejores porcentajes de asistencias (65,5%) y de relación asistencia-pérdida, con un error cada 2,05 pases a canasta.


EL FUTURO

Lo escrito aquí apenas rasguña la superficie de dos procesos que son merecedores de una basta cantidad de ensayos. Tanto Curry como Jokic demandan una profundización de contextos y conceptos que van más allá de lo que pasa dentro de la cancha. La NBA es un ambiente que evoluciona gracias a la imitación. Equipos campeones moldean generaciones de copycats que intentarán mejorar su ejemplo. Estrellas exitosas dan paso a jóvenes que crecen perfeccionándose a imagen y semejanza de lo que ellos hacen. Con el atrevimiento y el grado de incerteza que esto sugiere, se puede decir que ambos son ejemplares que, a pesar de contar con cualidades únicas y dignas de los indescifrables caprichos de la naturaleza, dan indicios de lo que será la matriz del jugador moderno en los años entrantes. O, tal vez, sería más preciso decir los jugadores, porque si hay algo que esta década ha demostrado es que la generación de nuevos y cada vez más variados tipos de atletas no tiene fin. 

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¿QUÉ ES LA ESTADÍSTICA AVANZADA?

El deporte y la tecnología han evolucionado de tal manera que cada aspecto del juego se puede analizar minuciosamente a través de las estadísticas. Lejos quedaron las planillas para marcar los puntos, rebotes y asistencias de un jugador o equipo. La analítica actual le ha abierto las puertas a la medición del impacto de una estrella en cancha, el porcentaje real de acierto en tiros de campo y hasta la estimación de la cantidad de victorias que genera un jugador para su equipo.

En CROSSOVER, te vamos a explicar qué son y cómo funcionan las estadísticas avanzadas a través de sus máximos exponentes.


RITMO (PACE)

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Steve Nash y Mike D’Antoni durante sus años en Phoenix.

El ritmo refiere a la cantidad de posesiones que utiliza un equipo durante los 48 minutos de un partido. Es esencial para entender cuán eficientes son las defensas y los ataques, ya que todas las estadísticas avanzadas que miden estos aspectos se basan en el ritmo. A lo largo de las diferentes épocas por las que transcurrió la NBA, el pace ha bajado o subido de acuerdo a las características de la franquicia dominante. El éxito de los Chicago Bulls del segundo Three-peat (por debajo de las noventa posesiones en los últimos dos campeonatos) puso de moda la utilización de un ritmo bajo. San Antonio Spurs replicó esa fórmula para obtener tres títulos entre 1999 y 2005. Los Bad Boys 2.0 de Detroit supusieron la máxima expresión de este concepto, al lograr el título en 2004 con la tercera menor cantidad de posesiones de todos los tiempos.

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Cantidad de equipos con un ritmo mayor o igual a las cien posesiones a lo largo de los años.

Pero el juego es cambio constante. Y, con el estancamiento de las ofensivas, sobrevino la necesidad imperiosa de apretar el acelerador. Mike D’Antoni y sus Phoenix Suns del Run and Gun fueron la chispa que encendió todo: en la temporada 2004/5, lideraron la NBA en ritmo (95,9) y en Rating Ofensivo (114.5) con Steve Nash como director de una orquesta frenética. El destino quiso que el canadiense jamás lograra un campeonato y que, hasta ahora, D’Antoni tampoco. Sin embargo, basta con observar la cantidad de equipos que superaron las cien posesiones por partido en la última campaña para entender por qué su aporte ha sido crucial para la evolución del juego.


EFICIENCIA OFENSIVA

Toronto Raptors v Golden State Warriors

Aquellos Warriors de la temporada 2016/17 funcionaron como una máquina ofensiva pocas veces vista.

La eficiencia ofensiva o Rating Ofensivo es la estadística que dimensiona con mayor precisión el poderío en ataque de un equipo o un jugador en particular. Está estrechamente relacionada al ritmo. Cuando se trata de un equipo, se refiere a la cantidad de puntos que el conjunto anota durante cien posesiones. Así, las estadísticas demuestran que los mejores ataques no son aquellos que anotan más puntos, sino los que lo hacen de manera más eficiente. Es decir, los que menos posesiones necesitan para lograrlo.

En esta medición es que se basan los analistas para rankear las ofensivas de las franquicias NBA. Pero, a pesar de que el término surgió en este milenio, también es aplicable al análisis de los equipos del pasado. Un ejemplo perfecto es el de los Lakers del Showtime. ¿Por qué aquel plantel, liderado por Magic Johnson en el campo y Pat Riley en la banca, dominó durante gran parte de la década del ochenta? Entre otras cosas, porque su ataque fue uno de los más eficientes que se haya visto. En la temporada 1986/87, Los Angeles estableció la que sería la marca récord de eficiencia ofensiva durante los siguientes treinta años: 115,6 puntos por cada cien posesiones. Ese equipo, que superó los cien puntos en 63 de los 65 partidos que ganó, jugaba un estilo de básquet atractivo y original que escondía en él la eficiencia de los tiros cercanos al aro y del ataque en transición.

Tres décadas más tarde, otro campeón fue capaz de igualar -a su manera- aquel récord establecido por los Lakers. Fueron los Golden State Warriors de la temporada 2016/17, el primer curso de Kevin Durant en la franquicia. Mucho se habló de la posibilidad de que la inclusión de uno de los jugadores más devastadores en el uno contra uno perjudicara la armonía ofensiva que caracterizaba a los de Steve Kerr. Sin embargo, ese equipo plagado de anotadores eficientes encontró la manera de mantener un equilibrio entre la fluidez y el poder gravitatorio de estrellas como Steph Curry y el propio KD.

Un ejemplo cercano puede detallar la imprecisión que supone analizar ataques mediante una estadística tan plana como la de puntos por partido. En esa mismas temporada, existió un equipo con un porcentaje superior al de Lakers en ese rubro: Portland Trail Blazers, con 117,9. Sin embargo, una medición más profunda demuestra que esos ataques resultaron ser mucho menos eficientes a la hora de anotar. Durante cien posesiones, aquel conjunto liderado por Kiki Vandeweghe y Clyde Drexler bajaba sus cifras a 111,5 puntos. Para lograr una marca similar a la de Los Angeles, Portland necesitaba cinco posesiones más. ¿Qué significa eso? Menos efectividad y, en definitiva, más chances de anotar para el rival.

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Juegue donde juegue, Chris Paul es clave en el funcionamiento ofensivo de su equipo.

La eficiencia ofensiva también se enfoca en lo particular. Cuando se trata de jugadores, mide la cantidad de puntos que el equipo anota por cada cien posesiones cuando estos individuos están en cancha. No es casualidad que tres de los cinco hombres con mejor RO de la historia sean point guards: ellos se encargan de dirigir el ataque. Y, como ya sabemos, no hay mejor ataque que uno extremadamente eficiente. Durante toda su carrera, Chris Paul se ha destacado por ser uno de los mejores líderes ofensivos de su época. Pocos bases entienden el juego como él, y basta con ver cómo funcionan los equipos en su ausencia para comprender la magnitud de su impacto. Paul es, hasta ahora, el jugador con mejor Rating Ofensivo en la historia de la NBA: 122,6.

En la actualidad, el gran referente de la estadística se llama Steph Curry. El dos veces MVP es una superestrella poco egoísta que, a pesar de que puede reventar un partido con sus puntos, prefiere ser el eje de un ataque en el que todos estén involucrados. Esa condición le ha permitido liderar la NBA en eficiencia ofensiva durante las últimas cuatro temporadas.


EFICIENCIA DEFENSIVA

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Bill Russell, uno de los mejores defensores de la historia.

Solemos creer que las mejores defensas son las que dejan en la menor cantidad de puntos a sus rivales. Pero, una vez más, es el ritmo el que dictamina el verdadero valor defensivo de un equipo. La eficiencia defensiva mide la cantidad de puntos que una franquicia le permite a su contrincante durante cien posesiones. Aquellos Boston Celtics de Red Auerbach sirven como ejemplo para explicar este aspecto: en la temporada 1959/60, los orgullosos verdes permitieron la quinta mayor cantidad de puntos por partido. Sin embargo, jugaban a un ritmo altísimo (136.3 posesiones por juego) y su Rating Defensivo fue el mejor de todos, permitiéndoles a sus rivales apenas 84.9 puntos por cada cien posesiones. Todos los equipos de la NBA -a excepción de los Philadelphia Warriors- promediaron al menos nueve posesiones menos que ellos. Eso les permitió establecerse como la defensa más eficiente y, por lo tanto, la mejor de la liga.

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Tim Duncan jamás ganó el DPOY. Sin embargo, su impacto defensivo es innegable.

Para un jugador, la eficiencia defensiva se mide por la cantidad de puntos que su equipo permite cuando este está en cancha. Tim Duncan completó una carrera maravillosa y es, para muchos, uno de los más grandes defensores en la historia de la NBA: integró ocho veces el mejor quinteto defensivo de la liga y siete veces el segundo. Pero, más allá de los reconocimientos, lo que describe a la perfección su impacto en defensa es su RD de 95.5, el tercero más bajo de todos los tiempos.


PORCENTAJES

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Daryl Morey, la mente detrás del método Rockets.

Las estadísticas tradicionales (puntos, rebotes, asistencias, etc) siguen siendo importantes, pero no grafican con exactitud el impacto total que cada uno de sus rubros tiene en el desarrollo del juego. Saber cuántas asistencias promedia alguien no nos permite comprender si su manejo de la ofensiva es beneficioso para el equipo. Ahí es cuando los porcentajes entran en escena: son mediciones que indican la productividad individual o conjunta en relación a un aspecto estadístico.

ASISTENCIAS Y PÉRDIDAS


El porcentaje de asistencias (%AST) describe el volumen de asistencias repartidas sobre el total de canastas. Esto está estrechamente relacionado a la fluidez ofensiva de un equipo. No es casualidad que el mejor ataque de esta temporada (Golden State Warriors) sea también el de mayor porcentaje de asistencias.

El porcentaje de pérdidas (%TOV) refiere a la cantidad de pelotas que un equipo pierde durante cien posesiones. San Antonio Spurs ha sido la franquicia que mejor ha cuidado el balón durante esta campaña: 9%TOV.

La relación asistencias/pérdidas (AST/TO) mide el número de asistencias repartidas por cada balón perdido. Este ratio demuestra la eficiencia de un jugador a la hora de tomar decisiones. La temporada 2018/19 de Andre Iguodala es un gran ejemplo: es quien mejor AST/TO (4.15) presenta en un equipo colmado de potenciales bases.

REBOTES, BLOQUEOS Y ROBOS


Por sí solo, el número de rebotes que suma un equipo no indica dominio en los tableros. Es necesario saber cuál es el porcentaje obtenido del total de rebotes disponibles (%TRB) para definir si verdaderamente existió una superioridad sobre el rival. Tanto en ataque (%ORB) como en defensa (%DRB), la productividad es lo que determina el valor real del rebote.

En los tapones (%BLK) sucede exactamente lo mismo: se necesita saber el porcentaje de bloqueos sobre el total de lanzamientos realizados. Por el lado de los robos (%STL), la eficiencia está determinada por la cantidad que se realizan sobre el total de posesiones del equipo contrario.


USO OFENSIVO

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Russell Westbrook y la mejor temporada de su vida.

El uso ofensivo (%USG) intenta medir la importancia de un jugador en el ataque de su equipo. Para eso, recoge las jugadas que este individuo finaliza con un tiro de campo intentado, un tiro libre o una pérdida de balón. No es extraño que los llamados «jugadores franquicias» sean los que mayor %USG tienen. El caso de Russell Westbrook en su temporada de MVP describe mejor que cualquier otro el objetivo de este porcentaje: tras la salida de Kevin Durant, casi la totalidad de la responsabilidad ofensiva recayó en los hombros del base estrella. Westbrook se convirtió en el segundo hombre en la historia en promediar un triple-doble durante una campaña completa y, como era de esperarse, estableció un récord (41.65%) en porcentaje de uso ofensivo.


LANZAMIENTOS

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Stephen Curry es, para muchos, el mejor tirador de todos los tiempos.

Productividad. Ese es el concepto que ha redefinido la forma de medir el valor de un jugador en cuanto a sus tiros. La evolución meteórica del uso del triple ha hecho envejecer a los porcentajes tradicionales, que no contemplan la relación entre lanzamientos y puntos otorgados ni la diferencia entre tiros sin marcaje y contestados. El porcentaje de tiro efectivo (eFG%) y – más aún- el porcentaje de tiro verdadero (%TS) consideran las variables obvias para determinar el rendimiento real de un tirador. Un triple otorga un punto más que un doble, por lo que su valor es mayor cuando se habla de productividad. Es lógico que aquellos que basan su juego en tiros cercanos al aro ostenten un porcentaje de acierto mayor y así lo muestra el FG% tradicional. Basándose en esa estadística, Giannis Antetokounmpo (57.8%) ha sido mucho más efectivo que Stephen Curry (47.2%) durante esta temporada. Sin embargo, al profundizar encontramos que el griego anotó sólo 156 de sus 1994 puntos a través del triple, mientras que el de los Warriors sumó más de la mitad de sus canastas (1064 puntos de 1881) desde esta vía. Curry encestó casi cien tiros menos que Antetokounmpo y alcanzó una cifra de anotación similar, por lo que su eFG% es levemente superior. 

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Algo similar sucede con el TS%, estadística que le asigna un valor específico al triple, al doble y a los tiros libres. Si se observa la lista histórica de jugadores con mayor FG%, está claro que ese apartado ha sido el reino de los internos. Eso se debe a sus cartas de tiro, las cuales se componen casi exclusivamente de lanzamientos en la pintura. Si juntamos las carreras de DeAndre Jordan, Tyson Chandler, Dwight Howard y Shaquille O’Neal (encabezan la tabla) alcanzarán para sumar un total de ocho triples. Curry, quien ni siquiera aparece entre los 250 mejores, ha anotado 2483. Pero, al utilizar los parámetros del TS%, el panorama cambia totalmente. Tanto, que el dos veces MVP se ubica en la cuarta posición y SHAQ baja hasta el puesto 43. Detrás de estos fenómenos se esconde la clave de estas mediciones: para dimensionar la eficiencia real de un tirador, hay que tener en cuenta la dificultad de los lanzamientos que toma (distancia y contexto) y el volumen de los mismos.

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Una prueba más de la trascendencia de Kawhi Leonard: sus números mejoran en Playoffs.

La segmentación es aún más específica. No sólo se han establecido mediciones más concretas en el acierto, sino que también se han diferenciado las distintas situaciones de tiro. Así se puede saber que, en esta temporada, los tiros de campo intentados desde el catch&shoot (disparo en suspensión sin utilizar el drible a una distancia del aro mayor a los tres metros) fueron liderados por Klay Thompson, que Trae Young fue el novato que más penetraciones o Drives (exceptuando contraataques, acciones en las que un jugador recibe la pelota a seis metros o más del aro y traslada hasta llegar a tres metros o menos del mismo) promedió o que, entre los jugadores con más minutos disputados, Kevin Durant es el que mejor porcentaje de acierto en Pull-ups (tiros en suspensión a más de tres metros del aro con un drible como acción previa) ha conseguido.


VOLUMEN DE TRIPLES Y LIBRES

Desde hace más de una década, la NBA está inmersa en una revolución en la que la eficiencia es vital en la toma de decisiones. Equipos como Houston Rockets han eliminado casi por completo los tiros de media distancia -poca productividad para el riesgo que presentan- para enfocarse en triples, lanzamientos muy cercanos al aro y tiros libres. La franquicia, con Daryl Morey y Mike D’Antoni a la cabeza, ha encontrado en James Harden al prototipo perfecto para este método: durante la temporada 2018/19, el 3Par del MVP ha sido del 53%. ¿Qué quiere decir eso? Que más de la mitad de los tiros de campo intentados por Harden han sido desde el perímetro. Y su relación con este modelo no se limita solamente a los triples. En esta campaña, su proporción de tiros libres (FT Rate) ha sido del 45%. Este porcentaje indica la cantidad de veces que The Beard ha visitado la línea de libres en relación a sus lanzamientos de campo intentados. Productividad (el tiro de mayor puntuación) y eficiencia (tiros libres y lanzamientos cercanos al aro siguen siendo los más seguros) como banderas.


ESTADÍSTICAS OCULTAS

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Paul George, un experto a la hora de robar balones.

Hasta hace un tiempo, el juego indicaba que había situaciones muy valiosas para el desarrollo de una jugada o de un partido que no se plasmaban en las planillas. Sin embargo, la NBA intervino para demostrar que ese tipo de acciones podían medirse. Así nacieron las Hustle Stats, estadísticas que valoran la importancia de estos aspectos y amplían el análisis.

Paul George es un serio candidato al Mejor Jugador Defensivo del Año, entre otras cosas, por su capacidad para interceptar líneas de pases. En esta temporada, ha liderado a la NBA en robos totales y en robos por partido. Sin embargo, hay otra medición que le da mayor dimensión a su fortaleza defensiva: la de balones interceptados o DeflectionsEs que, además de marcar el rumbo en las estadísticas tradicionales, George también ha sido el jugador que más veces interceptó (3.8 por juego) el balón de un rival sin llegar a lograr la recuperación por su cuenta. 

Y su impacto va más allá. Oklahoma City Thunder ha sido la segunda franquicia con mejor promedio de balones sueltos recuperados o Loose Balls Revovered, en gran parte, porque George también lideró a la NBA en ese apartado, que se compone de situaciones en las que la pelota no tiene un claro dominador y un equipo recupera el control total de la posesión.

Pero el DPOY reinante es Rudy Gobert. Como interior, el francés destaca por dos de sus tantas cualidades: tiene la capacidad de patrullar la pintura como pocos en la NBA y es, desde hace tres temporadas, el jugador que más asistencias por bloqueo -o Screen Assist- promedia. ¿Qué significa esto? Que, en esta campaña, un jugador de Utah Jazz con dominio de la pelota ha podido anotar en libertad gracias a una pantalla de Gobert en seis ocasiones por partido. El pívot es, además, quién más puntos generó (1118) a través de esos bloqueos.

Su dominio se completa con otra estadística avanzada: en la pasada temporada regular, Gobert ostentó el segundo mejor promedio (16 por juego) de tiros contestados o Contested Shots. Con ella, se mide la cantidad de veces que un defensor opone resistencia directa y «puntea» los lanzamientos -divididos en dobles y triples- de su rival.

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Ersan Ilyasova ha dominado el arte de las cargas ofensivas durante toda su carrera.

Saber cómo, cuándo y dónde posicionarse para forzar una falta ofensiva es clave a la hora de defender. Y, en esta campaña, nadie lo ha hecho mejor que Ersan Ilyasova. La NBA permite saberlo porque incluyó las faltas en ataque forzadas o Charges Drawn en su repertorio estadístico. El turco de Milwaukee Bucks promedió 0.75 por partido.


RASTREO

 

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Kilómetros recorridos, velocidad máxima y diferenciación entre defensa y ataque. Para la NBA, el rastreo es clave a la hora de estimar el impacto de un jugador en pista.

VELOCIDAD


Cada individuo posee una velocidad promedio que se establece como uno de los parámetros que mide su esfuerzo en la cancha. Buddy Hield, el guardia de Sacramento Kings, fue el líder de esta temporada con 7.5km. Pero, al dividir la velocidad promedio en ofensiva y defensiva, son Tyrone Wallace (8.3km) y Shaquille Harrison (7.19km) quienes encabezan las listas, respectivamente.

DISTANCIA


Bradley Beal sólo se perdió un partido de esta campaña. Y la baja por lesión de John Wall hizo que, en la gran mayoría de ellos, él fuera la principal figura de Washington Wizards. Quizás eso causó que recorriera 358 kilómetros, cifra récord de la temporada. Esta medición también permite saber que el guardia All-Star le sacó 85km de diferencia a Tomas Satoransky, el segundo jugador de su equipo en este apartado. La distancia recorrida se divide en ofensiva y defensiva. Beal escoltó a Kemba Walker en el primer segmento y lideró el segundo.

IMPACTO DEFENSIVO CERCA DEL ARO


Esta estadística incluye todas las situaciones en las que un defensor que está a menos de un metro y medio del aro defiende el lanzamiento de un atacante situado a una distancia máxima de un metro y medio suyo. Quienes menos porcentaje de acierto permiten en ese tipo de acciones son los que lideran este apartado. Entre los jugadores con más de 30 minutos de promedio, Antetokounmpo es el de mejor rendimiento en la temporada 2018/19: concedió un 52.7% de acierto.

TOQUES DE BALÓN


Más allá de las opiniones que generan, las estadísticas no mienten. Necesitan de un contexto, claro. Pero los números son claros y, si son leídos de la manera correcta, otorgan información extremadamente valiosa para responder los millones de porqués que generan el juego y quienes lo practican. Uno de los personajes que más preguntas genera es Nikola Jokic. ¿Cómo un pívot de 2,13m puede ser tan importante en la gestación ofensiva de un equipo? ¿De verdad lo es? Si se aparta el hecho de que, con tan sólo ver un partido de Denver Nuggets, cualquiera comprende lo trascendente que es la figura del serbio en el funcionamiento colectivo, es posible medir ese impacto a través de una estadística en concreto: el serbio ha sido el jugador que más toques de balón (Touches) ha promediado en esta temporada. Con 92.5 por partido, Jokic se adelantó a estrellas multifacéticas como LeBron James, Russell Westbrook, James Harden o Blake Griffin.

Este apartado se divide en zonas (pintura, poste bajo o codos), determina el tiempo de la posesión (Harden lidera la NBA) y también la cantidad de puntos y de dribles realizados por toque de balón.


IMPACTO INDIVIDUAL

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Michael Jordan y Wilt Chamberlain, dos de los más grandes de todos los tiempos.

John Hollinger es el actual Vicepresidente de Operaciones de Básquetbol de Memphis Grizzlies. Sin embargo, su aporte más grande al campo estadístico del juego lo hizo en sus años de analista en ESPN. Hollinger desarrolló una fórmula para estimar el impacto en cancha de un jugador. Lo denominó Player Efficiency Rating. En esencia, el PER suma todos los logros positivos de un jugador, le resta los negativos y produce un número que determina el valor por minuto de una actuación en pista.

Según el método de Hollinger, Michael Jordan es el jugador con mejor PER en una temporada regular. El dato se remonta a la 1987/88, primera campaña en la que obtuvo el MVP. Jordan promedió 35 puntos, 5.9 asistencias, 5.5 rebotes, 3.2 robos y 1.6 bloqueos. Pero esta proyección, que incluye triples, robos y bloqueos entre sus «ingredientes», deja de lado una gran parte de la historia NBA que no contaba con esas estadísticas. Es por eso que el sitio Basketball-Reference estableció ciertos parámetros para poder trasladar el PER a esos años. Y, con esa medición, Wilt Chamberlain ostenta el récord: 31.82 en la temporada 1962/63.

El Box Plus-Minus (BPM) es otra indicador de la importancia que tiene un jugador en su equipo. Mide su aportación al rendimiento total del conjunto a través de sus estadísticas por cada cien posesiones. Si hay algún termino para definir a LeBron James en cancha es omnipresente: se erige como el único hombre con más de 30.000 puntos, 8.000 asistencias y 8.000 rebotes en la NBA. Por eso, no resulta extraño que sea el dueño del récord histórico en BPM. 

El Real Plus-Minus (RPM) fue desarrollado por Jeremias Engelmann para ESPN y tiene similitudes con el +/- tradicional, pero difiere en un punto básico. En esa estadística, el rating de cada jugador está fuertemente relacionado al rendimiento de sus compañeros. Todo lo contrario sucede con el RPM, que destaca, básicamente, por los métodos que utiliza para aislar el impacto individual.

Según ESPN, el modelo “revisa más de 230.000 posesiones cada temporada para separar los efectos atribuibles a cada jugador, empleando técnicas similares a las utilizadas por los investigadores científicos cuando necesitan modelar los efectos de numerosas variables al mismo tiempo.” Steph Curry integró el TOP 5 de ese apartado en las últimas cinco temporadas. Un aporte más a la idea de que el base es la pieza más valiosa en el funcionamiento de Golden State Warriors.

Una de las estadísticas más vanguardistas es la denominada Value Over Replacement. Con ella, se intenta definir el impacto de un jugador por cien posesiones comparándolo con el que tiene su recambio y expandiéndolo hasta la totalidad de partidos de una temporada. A grandes rasgos, ese «recambio» se establece como un jugador de reemplazo que un equipo promedio puede permitirse al costo mínimo. Una vez más, LeBron encabeza el ranking.

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Kareem y su característico Skyhook.

El Win Share es un índice que parte las victorias de un equipo y le da a cada jugador un porcentaje de ese éxito. De esta manera, determina cuál es la influencia de cada uno de ellos en los triunfos colectivos. Lo hace a través de una comparación entre las estadísticas individuales, las de la franquicia y las de la NBA en general. Kareem Abdul-Jabbar es el jugador con más MVPs de temporada, más puntos anotados, más victorias conseguidas y mayor WS en la historia de la liga.

Las estadísticas sólo sirven si se utilizan de manera adecuada y se analizan en un contexto acorde. Pero, al respetarse esos parámetros, son capaces de abrir las puertas de un mundo infinito de posibilidades. 

ALL-STAR WEEKEND: REFLEJOS DEL PRESENTE

Para el mundo de la NBA, el All-Star Weekend es un termómetro. Una forma de medir las tendencias de la época, de tomarle el pulso a las masas y de avistar nuevos horizontes. Ese termómetro se mantiene inalterable a lo largo de los años: sirvió en 1984 para confirmar que el Concurso de Volcadas sería un éxito rotundo, en 1987 y 1988 para tener una noción de lo que significaría Michael Jordan, en 1992 para entender que el público necesitaba despedirse de Magic Johnson y de los gloriosos años 80′ y sirve ahora para ratificar al triple como el absoluto dominador de la escena.

Desde hace varias temporadas, en la mejor liga del mundo reinan los tiradores. El crecimiento exponencial de los porcentajes de tiro, sumado al éxito incontestable de un equipo como Golden State Warriors, obligó a las demás franquicias a borrar las fronteras que existían entre la utilización del triple como un recurso más y el posicionamiento del mismo como el principal arma ofensiva del juego.

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Joe Harris anotó 26 puntos en la final del Concurso de Triples.

Este fenómeno ha invadido todos los aspectos de la NBA, incluido el All-Star Weekend. Y la jornada de Concursos de esta edición es el ejemplo perfecto. Histórica y justificadamente glorificado, esta vez el de Volcadas se evidenció pequeño y despoblado ante la armada de excelsos tiradores que conformaron el de Triples. Basta decir que, en él, participaron tres campeones de ediciones previas (Devin Booker, Stephen Curry y Dirk Nowitzki) y cuatro participantes (Curry, Nowitzki, Dame Lillard y Khris Middleton) de este All-Star Game. Mientras tanto, los mates fueron realizados por tres novatos (Hamidou Diallo, John Collins y Miles Bridges) y un sophomore (Dennis Smith Jr), el único con experiencia en la ceremonia.

Pero los organizadores de la liga no se quedaron con eso. Optaron por ir más allá y reforzar al que hoy se muestra como el Concurso más atractivo de todos: antes de la competencia oficial, leyendas del triple como Ray Allen, Dell Curry, Mark Price y Glen Rice tuvieron su chance de disparar al aro como acción benéfica para contribuir en la lucha contra el cáncer.

Lo que en la previa se suponía obvio, pudo confirmarse al terminar la jornada. Por un lado, Curry, Buddy Hield y el campeón Joe Harris impactaron al público con ráfagas de aciertos y una final apretada. Por el otro, Smith Jr, un gran volcador, estuvo más tiempo intentando sus mates que haciendo crujir el aro y sólo una salvajada atlética de Diallo salvó a los fans del aburrimiento.

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Hamidou Diallo voló sobre SHAQ y obtuvo un 50, la puntuación máxima.

Afirmar que la espectacularidad de las volcadas ha muerto es tan falaz como creer que la NBA sigue exponiéndolas como sus «highlights» insignia. Guste o no, ésta es la Era del tiro, el rango ilimitado, los jugadores sin posición fija y Curry o James Harden como sinónimos de modernidad.

“La gente lo compara conmigo, pero creo que Steph está en una categoría propia de juego.” – Ray Allen, máximo triplero en la historia de la NBA

Con la posibilidad de incluir a leyendas de la talla de Vince Carter, la liga decidió darle una importancia menor al Concurso que, años atrás, era el plato fuerte de los sábados de estrellas. Inevitablemente llegarán atletas extraordinarios, con destrezas suficientes como para volver a encender la llama de los mates. No obstante, la NBA entiende que, en estos tiempos, el show está detrás de la línea de 7,24 metros. Y cada vez más lejos.

La NBA según Erving

Nevaba. Día tras día, el cálido cemento del ‘playground’ al que llegaba cruzando la calle lo esperaba en el mismo lugar de siempre, como un atril espera a su artista. Aunque, esta vez, el clima se había puesto en su contra. Sí que nevaba. Y muy fuerte. Pero la nieve (ni cualquier otro fenómeno natural) no es un impedimento para que un niño de doce años desate su imaginación. Y para este joven de Long Island no había mejor lienzo que un parqué, ni mejor pincel que un balón naranja. Así que tomó su bicicleta, pedaleó hasta el otro lado del barrio y abrió de par en par las puertas del gimnasio del Ejército de Salvación. “¿Podemos mi amigo y yo jugar aquí?”, preguntó tímidamente. El entrenador lo miró fijo. Había algo en ese joven que le obligaba a aceptar la oferta, a contramano de cualquier prejuicio de la época. Inmediatamente, los otros integrantes del equipo conocieron a sus dos primeros compañeros negros. Así, y sin saberlo, aquel niño dio el primer paso de un viaje en el que las únicas constantes serían él y el cambio. La historia del nuevo testamento del baloncesto.

“Probablemente, si no hubiera existido el Doctor J, jamás hubiésemos tenido a Michael Jordan y yo no podría haberme fijado en nadie a quien imitar”. LeBron James dio en la tecla. Sabe que existen momentos y personas que parten el tiempo en dos, que le muestran al mundo algo que jamás había visto y que transforman su entorno para siempre. Eso fue Erving para la NBA. Una revolución que no solo tomó por asalto cada minúsculo detalle del juego, sino que también extendió sus manos hacia el racismo, la profesionalización y el rol social de cada deportista. El baloncesto en Estados Unidos es antes y después de Erving. Del trámite monótono y ortodoxo a los ‘highlights’ y las volcadas como insignia del show. De la imagen embarrada y poco gustosa de los jugadores a él, convirtiéndose en el icono nacional de la clase. De la minimización y el encasillamiento que supone “jugar y cerrar la boca” a los activistas sociales, ávidos de escupirle la cara a la indiferencia. Todo fue obra de un hombre común, un ídolo de carne y hueso que no amuró su cabeza. El desarrollo de la historia demuestra cómo Erving pasó a ser la vara de todos. Tanto de rebeldes sin causa, inspirados por su imaginación, como rectos defensores de las formas que encontraron en su figura un espejo en el cual mirarse. Y quizás ese sea su principal talento, el que lo hizo englobar a propios y extraños en una misión: la de ser como el Doctor J.

“Probablemente, si no hubiera existido el Doctor J, jamás hubiésemos tenido a Michael Jordan y yo no podría haberme fijado en nadie a quien imitar” – LeBron James

En sus años como universitario, las reglas le obligaron a dividirse cual Doctor Jekyll y Mr Hyde. Julius jugaba bajo las prohibiciones (no se podía volcar el balón), sin aventuras aéreas y apocado a lo que la NBA y su camino previo ofrecían en esos tiempos. Pero, apenas pisaba la calle, el Doctor se hacía con el mando. Fue así como, en el mítico predio de Rucker Park, los amantes del estilo callejero encontraron a su mesías. Las expresiones de asombro después de cada invento del Doctor J se transformaron en un clásico de esas largas noches. Ansioso por encontrar una vía de escape, el juego utilizó su cuerpo como medio para romper las cadenas del pragmatismo. El boca a boca alcanzó a los dueños de la ABA, quienes desesperados por agregarle a su producto un poco más de espectáculo atrajeron a aquel joven acostumbrado a tener problemas para llegar a fin de mes. “Mi madre ganaba muy poco y el gerente de Syracuse me ofreció un contrato garantizado de 125.000 dólares. Prioricé lo económico sobre el deseo de quedarme en mi hogar”.

El estilo poco convencional y desafiante de Erving encontraba un escenario más grande, aunque menospreciado por los verdaderos dueños de la pelota. La anaranjada, claro. Mientras tanto, con la de colores él se iba a encargar de que esa discriminación se transformara en envidia. Porque el Doctor J era un pack completo. Sus movimientos dentro de la cancha estaban acompañados por un peinado afro de músico emergente, vestimentas elegantes y un trato gentil ante cualquiera que se acercara. Y entre tantos escándalos extradeportivos y mal rollo con la prensa, su figura resaltaba aún más. De pronto, la decisión de ver o no un juego, de ir o no a un estadio, dependía exclusivamente de su presencia. Más aún cuando cambió Syracuse por New York y los Nets se transformaron en la principal atracción de la Gran Manzana. Sumergida en una monotonía pasmosa, la NBA tomó nota. Aprovechó la asfixia económica que sufría la ABA por carecer de un contrato televisivo y, con la fusión de 1976, salvó su imagen para siempre al izar la bandera del espectáculo y los valores humanos. Erving, abanderado indiscutido, supo que su próxima función era en el teatro más prestigioso de todos, ante la mirada escrutadora de veinte mil pares de ojos y otros tantos miles a través de las cámaras. Y entonces, aquella leyenda de tintes semidivinos entró por la retina de los contemporáneos para no irse jamás. Ya nada iba a ser igual.

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El paso de los años arrasa con esas historias que no conmueven lo suficiente para quedarse alojadas en la memoria de quienes las vivieron. Pero, así como el tiempo no tiene piedad ante lo intrascendente, sí premia a aquellos que desafían su existencia. Los hace eternos. Aquella revolución, que llevó el 32 y luego el 6 en la espalda, es una de las grandes causas por la que millones de jóvenes observan maravillados la NBA de hoy. Pequeños amantes del juego con el mismo sueño que incitó a Julius Erving a buscar un techo para desafiar un aro sin congelarse en ese invierno en Long Island. Es verdad. Los años han pasado. Pero la chispa se enciende continuamente con LeBron James, Kevin Durant o cualquier otro. Ya no importa quién. Porque en cada volcada, en cada intento de llenar los ojos de esos niños, el Doctor está ahí, operando como todas las noches.

Leandro Carranza para SKYHOOK Magazine

EL SUEÑO FRUSTRADO DE LA GRAN MANZANA

Todos los éxitos de Michael Jordan en la NBA han sido logrados con la camiseta de Chicago Bulls. Y, aunque la historia demuestre que el 23 eligió terminar su carrera vestido con los colores de Washington Wizards, esas temporadas en la capital no se asemejan al dominio ejercido en la Ciudad del Viento. Ahora, ¿qué hubiera sucedido si Jordan, en sus mejores años, hubiera decidido cambiar de uniforme? Y no a cualquiera. Al de la franquicia más mediática de todas: los New York Knicks. Increíblemente, esto podría haber ocurrido en 1996. Conocé la historia detrás del llamado que podría haber cambiado para siempre a la NBA.

LA LEYENDA DE LOS DOS LOBOS

Durante la época de Michael Jordan y los Chicago Bulls, de John Stockton, Karl Malone y Utah Jazz, de Hakeem Olajuwon y Houston, una estrella y un joven con futuro de leyenda se encontraron en el mismo equipo. Tardaron poco en darse cuenta de que los dos deseaban ganar con la misma fuerza. El tiempo los vio dominar el mundo del básquet, alzar juntos tres títulos de forma consecutiva y apocar al resto de los equipos. También los vio confrontar, discutir y alimentar sus egos, ya sea como compañeros o rivales. Los vio ganar solos. Los vio envidiarse. Los reencontró y los llevó de nuevo a esos tiempos, en los que decir Shaquille O’Neal y Kobe Bryant sonaba a excelencia. Esta es la historia de una de las parejas más exitosas y enigmáticas del deporte. La leyenda de los dos lobos.

LA NOCHE MÁS OSCURA

En el deporte y en casi todo, hay quienes nacen para triunfar. Eligen un camino y las cosas se resuelven como si estuvieran escritas. En realidad, son el talento y la voluntad los que actúan como facilitadores. El protagonista de esta historia reunía cada una de esas condiciones. Había nacido con un don para el básquet, y todos en su entorno sabían que su destino era la NBA. Apasionado por el juego, él acompañaba sus atributos con una disposición ejemplar. Pero hay veces en las que la vida cambia el rumbo de sus planes de manera repentina. Y, casi sin que nadie se dé cuenta, es capaz de apagar de un golpe hasta a la estrella más brillante.

Esta es la historia de Len Bias, una de las más trágicas de este deporte.

DONOVAN MITCHELL

Partido tras partido, Donovan Mitchell ha demostrado que es uno de los hallazgos más importantes de los últimos tiempos. El novato es un jugador de élite en su primera temporada: lideró a Utah hacia los Playoffs luego de la partida de Gordon Hayward, ha escrito su nombre en una larga lista de récords y no le tiembla el pulso en momentos decisivos. Pero, ¿sabemos todo acerca de este joven que no para de asombrar?

Descubrí el pasado de la nueva joya de la NBA, en otra edición de Historias del Futuro.

 

KAREEM, EL HUMANO

Si alguien quisiera, podría estar hablando horas y horas sobre las hazañas de Kareem Abdul-Jabbar dentro de las canchas. De los miles y miles de puntos que ha anotado en su carrera. De los títulos, los tiros ganadores y los MVP. Sin embargo, es otra faceta suya la que lo ha hecho incluso más grandioso que cualquier logro deportivo: la humana.

Desde que, a finales de 1971, Lew Alcindor decidió convertirse en Kareem Abdul-Jabbar, este jamás le ha corrido la mirada al sufrimiento de la gente. Criado en una época en la que los derechos de los negros eran pisoteados sin oposición, Jabbar entendió que la sociedad estadounidense necesitaba ver la realidad. Hizo que su voz se escuchara, así como también él escuchaba a todo el que luchara por la igualdad. Como figura excluyente del deporte, se encargó de iluminar problemas que muchos querían mantener en la oscuridad. Aun hoy, lejos de aquella juventud fogosa, sigue haciendo de este mundo un lugar más justo cada vez que enfrenta a los miserables y glorifica a quienes siguen su camino.

Su voz, esa que jamás calló ni va a callar, relata la historia de Colin Kaepernick, el jugador de la NFL que puso en riesgo su carrera para hacerle frente a la segregación racial, a los prejuicios de la sociedad y hasta al presidente Donald Trump. El vídeo pertenece a Sports Illustrated, revista que le otorgó al quarterback el premio Mohamed Alí Legacy por su activismo social.

 

¿CÓMO ERA EL MUNDO LA PRIMERA VEZ QUE MANU JUGÓ LOS PLAYOFFS?

[dropcap]M[/dropcap]anu Ginobili llegó a la NBA en 2002 y, con 25 años, debutó en los Playoffs durante su primera temporada con San Antonio. Fue en 2003, cuando al final del curso los Spurs se alzaron con el título al vencer a New Jersey en el cruce decisivo. Quince años después, Ginobili aumentará su racha de 213 partidos oficiales en postemporada. Ver cómo estaba el mundo cuando Manu entró por primera vez a los Playoffs dimensiona la vigencia del bahiense y demuestra la velocidad con la que se desarrollan los procesos y las sociedades. Empecemos:

En 2003, el obrero metalúrgico y sindicalista Lula Da Silva asumía como presidente de la República Federativa de Brasil. Hace exactamente seis días, el ya exmandatario fue encarcelado luego de que lo condenaran a doce años y un mes de prisión por corrupción.

El 4 de febrero de ese mismo año, Yugoslavia dejaba de existir oficialmente y emergía la Unión Estatal de Serbia y Montenegro. Manu estaba disputando las Semifinales de la Conferencia Oeste de 2006 cuando un plebiscito inició la división de esta unión en dos países distintos.

El 20 de marzo, Estados Unidos invadía Irak con George Bush hijo al mando del país. En esa época, Donald Trump era sólo un magnate que apoyaba públicamente el desarrollo de la guerra y ningún afroamericano había ejercido el cargo presidencial. Estos Playoffs de la NBA se jugarán con Trump al mando del país y Barack Obama los verá por TV, luego de recibir a los campeones en la Casa Blanca durante ocho años consecutivos.

El Papa se opuso fuertemente al inicio de esa guerra. Juan Pablo II, claro. Jamás en la historia un nativo del continente americano había sido el líder de la Iglesia católica, hasta que Jorge Bergoglio -bajo el nombre de Francisco I- fue elegido en 2013.

El 25 de mayo, Nestor Kirchner prestaba ante el Congreso el juramento de ley para convertirse en el presidente número 51 de la República Argentina. En junio, el actual mandatario Mauricio Macri iba a ser reelecto como presidente de Boca Juniors y perdería las elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con Anibal Ibarra.

También en junio, la Corea del Norte liderada por Kim Jong-il declaraba públicamente su deseo de poseer la bomba nuclear por primera vez. Fue su hijo Kim Jong-un quien, en septiembre del año pasado, hizo una prueba con una bomba de hidrógeno en Punggye-ri y provocó un sismo de 5,7 en la escala de Richter.

Durante 2003, 50 Cent publicaba «Get Rich or Die Triyin», su primer álbum y la canción In Da Club era la más escuchada del momento. No en Youtube, que todavía no existía. Tampoco Facebook, Twitter y WhatsApp. En cuanto a avances tecnológicos, faltaban cuatro años para que Steve Jobs lanzara al mundo el primer iPhone, y Nokia era la marca líder en ventas de celulares.

En la NBA había 29 equipos (faltaba incorporarse New Orleans), los Nets eran de New Jersey, Charlotte se apodaba Bobcats, Oklahoma City Thunder vestía de verde y se llamaba Seattle Supersonics y un joven maravilla del secundario Saint Vincent – Saint Mary llamado LeBron James esperaba la ceremonia del Draft.

El mundo se mueve constantemente. Y todo lo que alguna vez pareció inmutable, cambia de un día para el otro. Pero, cuando los Spurs enfrenten a Golden State en la primera ronda de la Conferencia Oeste de este año, Manu estará preparado para jugar nuevamente los Playoffs.

DE LLENO AL VACÍO

Estadísticas abultadas, contratos estratosféricos y miles de millones de dólares girando alrededor de treinta franquicias y sus jugadores. En la actualidad, esos son los excesos que rodean al mundo básquet estadounidense. Pero, cuarenta años atrás, escándalos relacionados con las drogas, el juego, las peleas y el racismo llevaron a la ruina a la ABA, la liga madre del show moderno.

Existió un hombre que resume esa época mejor que nadie. Uno de los talentos más desperdiciados en el deporte. Su vida, como su apodo, no son otra cosa que malas noticias. Marvin Barnes, el protagonista de la segunda edición de Historias de Básquet.

Los extractos de entrevista a Marvin Barnes pertenecen al documental de ESPN «Free Spirits»

EL GRAN POP

«Cuando nada parece ayudar, voy a mirar a un pica-piedras martillar su roca hasta
unas cien veces sin que se vea ni siquiera una grieta. Sin embargo, al centésimo primer martillazo la roca se rompe en dos. Y yo sé que no fue ese golpe el que lo logró, sino todos los anteriores.» La frase es de Jacob Riis, un fotógrafo y periodista danés que pasó gran parte de su vida mejorando la de los inmigrantes en Estados Unidos. En 1996, esa cita suya llegó a San Antonio en forma de cuadro y abajo del brazo de un nuevo entrenador. El hombre la colgó en la entrada del vestuario y, desde ese entonces, se ha transformado en la filosofía del equipo. Gregg Popovich no tardó ni un día en cambiar la vida de los Spurs.

Su figura suele definirse como contradictoria. Es una rara mezcla entre dureza, bondad y sabiduría. Mucha sabiduría. Tras estos veintidós años en los banquillos de la NBA, los cinco campeonatos logrados, o las 21 clasificaciones consecutivas a Playoffs, o las más de mil victorias son los argumentos que se utilizan para medir su impacto. Y están bien, pero no alcanzan. Es que Popovich ha sido, es y seguirá siendo uno de esos maestros que eligen el deporte como medio para enseñarle a los demás a ser gente. Se necesitan muchos más como él para entender que no todo ocurre dentro de la cancha. Que ganar o perder no es lo único.

Más de dos décadas de éxito. Más de veinte años de aprendizajes. La historia de Gregg Popovich y San Antonio Spurs, un oasis en el desierto de la fugacidad.

 

DEVIN BOOKER

Apenas seis jugadores en la historia de la NBA han logrado anotar 70 o más puntos en un partido. Devin Booker, la decimotercera elección del Draft 2015, es el más joven en conseguirlo. Lo hizo con tan solo 21 años, ante Boston y en el mítico TD Garden. El escolta de Phoenix es también el tercer hombre que más rápido alcanza los 4,000 puntos en su carrera: por delante sólo están Kevin Durant y LeBron James, confesos fanáticos de su juego.

El futuro de Booker es inmenso. Su pasado, un largo camino hacia la excelencia. Descubrilo, en otra edición de Historias del Futuro.

SER ETERNO

[dropcap]U[/dropcap]na de las frases célebres de la encumbrada poeta estadounidense Emily Dickinson reza: «Para siempre está compuesto de ahoras.» Es un concepto que, aunque no encuentra su génesis en el deporte, describe con precisión la vida de los atletas. Como si de una deuda se tratara, un deportista necesita revalidarse en cada actuación. Muchas veces, la falta de memoria se traduce en crueldad: no importa que el pasado esté cubierto de logros. Una falla en el ahora suele opacar casi todo lo anterior. Por eso, hablar de eternidad en el deporte es remitirse a un selecto grupo de individuos que han encontrado la manera de reinventarse en el éxito constantemente.

Ser eterno no es ganar campeonatos. No lo es, tampoco, conseguir logros individuales. Que encuentres siempre la forma de ayudar a tu equipo no te hace eterno. Ni que te preocupe más el beneficio colectivo que el propio. Mantenerse en la élite del deporte durante décadas no te garantiza la eternidad. Los constantes elogios y reconocimientos de compañeros y rivales, tampoco. No serás eterno por ganar más que los otros, ni por hacerlo respetando los valores de la competencia. Romper récords no va alcanzar. E inventarlos no hará la diferencia. Tener una estatua no te convertirá en inmortal. No lo hará, tampoco, ser el espejo de millones que deciden caminar sobre tus pasos. En definitiva, ser eterno no se trata de lograr algo de eso, sino todo. Y reivindicarlo cada día de tu vida.

La eternidad no es un trabajo para cualquiera. Demanda un sacrificio que no muchos están dispuestos a ofrecer: dar el ejemplo continuamente. Desde hace más de veinte años, la historia del deporte argentino puede presumir de contar con un integrante de ese grupo minoritario. Alguien que siempre será más que ayer pero menos que mañana. El eterno Manu Ginobili.

 

 

UNA DE ESAS NOCHES

LeBron James ha sido el jugador más dominante de la NBA durante más de una década. Y, en su decimoquinta temporada, ha demostrado que aún sigue siéndolo. Pero todos (y principalmente los mejores) deben encontrar a alguien para, en un futuro cercano o lejano, pasarle el testigo. Lo han hecho Magic Johnson y Larry Bird con Michael Jordan. Lo tuvo que hacer el propio Jordan con Kobe Bryant. El fin es descubrir a un genuino heredero de ese dominio del juego. Y desde anoche, LeBron sabe que su elección fue tan certera como todo lo que hace en una cancha: Ben Simmons será el próximo rey de la NBA.

Cleveland y Philadelphia se disputarán el tercer puesto de la Conferencia Este hasta el final de la temporada regular. Hoy parece lógico, pero dos años atrás hubiese sido imposible de imaginar. Las apariciones de Joel Embiid y de Simmons han transformado a los 76ers en una potencia. Y ayer, sin el camerunés y frente al idolo de toda su vida, el australiano exhibió argumentos de sobra para justificar el famoso proceso. Es que el 25 fue capaz de dominar el juego con una facilidad pocas veces vista. Todas sus intervenciones fueron fundamentales. Que haya registrado el triple-doble numero doce de su carrera es una muestra de esa omnipotencia.

Pero del otro lado estaba LeBron. Y nada es fácil de conseguir cuando él se interpone en el camino. El cuatro veces MVP sumó otro triple-doble en el intento de consumar una remontada épica. Los Cavaliers acortaron la ventaja -que llegó a ser de 23 puntos- y dieron pelea hasta los segundos finales, pero tanto el triunfo por 132-130 como la tercera posición del Este se quedaron en Philadelphia.

Al final del partido, ambos se fundieron en un abrazo fraternal. Cierta vez, LeBron le dijo a Simmons que tendría la chance de ser incluso mejor que él. Apresurarse de esa forma tal vez confunda el mensaje: los separan muchos años de experiencia, tres campeonatos y casi 30,000 puntos. Pero hay momentos que no se explican con estadísticas o trofeos. Y la de ayer fue una de esas noches en las que las leyendas del presente reconocen a los dueños del mañana.

NO HAY NADA MEJOR QUE CASA

[dropcap]N[/dropcap]o hay registros de que el gran Gustavo Cerati conozca la historia. Y muy probablemente el básquet no haya sido una de sus pasiones. Pero, dondequiera que esté, es seguro que coincide con Dwyane Wade en algo: no hay nada que se compare con estar en casa. Así lo escribió el músico argentino. Así lo demuestra la sonrisa del jugador, cada nuevo día que viste los colores de Miami.

Wade llegó a la NBA en 2003 sin ninguna conexión previa con la Vice City. Nació en Illnois, estudió en un secundario de Chicago y transitó su etapa de universitario en Milwaukee. Así, sin cita previa, el Heat lo seleccionó en la quinta posición del Draft y truncó lo que hubiese sido un romance asegurado con Chicago Bulls. Pero las historias de amor no son siempre previsibles. A veces, la chispa aparece en los lugares menos pensados. Y, desde su primer partido, Wade iluminó a Miami con su luz.


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Una luz que no podía darse el gusto de siquiera parpadear, porque en una franquicia sedienta de logros cualquiera que ocupe las vitrinas se convierte en el sol. Más aún si el que aterriza es Shaquille O’Neal, con tres títulos a cuestas y la premisa de que, con él, Miami se convertiría en la capital de la NBA. Pero no. Por mucho que intentara Shaq, allí ya tenían a su ciudadano ilustre, quien hazaña tras hazaña los convencería de que ningún jugador iba a representarlos mejor que él. Durante las Finales de 2006 mató cualquier duda: Dallas se creía campeón luego de ganar los dos primeros partidos, pero Wade sacó su orgullo a relucir y concretó una de las mejores actuaciones en la historia. En los siguiente cuatro encuentros anotó 42, 36, 43 y 36 puntos respectivamente y fulminó la serie. Aquellos días, en los que el MVP Finals fue tan solo un halago más, se ganó un lugar eterno en el corazón de la ciudad.


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Las siguientes fueron campañas de sequía, algo que no suele soportarse tras haber saboreado la gloria. Y aunque Wade encadenó participaciones en el All-Star, fue el máximo anotador de la NBA en una ocasión y se convirtió en el jugador con más puntos en la historia de la franquicia, comenzaron a pensar que necesitaba ayuda. Entonces a Flash le trajeron a la Liga de la Justicia. Primero arribó Chris Bosh. Luego, fue LeBron James quien aterrizó en Miami. Y como a todos los lugares donde va el de Akron desde que tiene 16 años, también lo hizo la tormenta mediática. Luego de conseguir sus dos primeros campeonatos, LeBron se fue como llegó: sin sentimientos por otra ciudad que no fuera Cleveland.


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Tiempos de gloria, temporadas de relleno y estrellas pasajeras. La única constante fue él. Pero ninguna historia es perfecta. Tras trece años de relación, la gerencia se olvidó de mirar hacia arriba y priorizó a los talentos emergentes. El teléfono de Wade sonó y el ídolo buscó refugio en su antigua casa. Tardó una temporada en reconocer que Chicago jamás sería lo que fue Miami. Tampoco Cleveland, donde intentó escribir un nuevo capítulo con su amigo pero se quedó sin tinta. El naufragio se terminó cuando un giro de timón en Ohio lo devolvió al lugar del que jamás quiso irse.

Ahora sonríe mientras juega. Los años han pasado, pero el ambiente aún se electrifica cuando él entra a la cancha. El tiempo se detiene con la pelota en sus manos. Y, cada vez que eleva su mirada hacia las gradas, Dwyane Wade confirma que no hay mejor sensación que la de estar en casa.

EL VENENO DE LA MAMBA NEGRA

La mentalidad ganadora de Kobe Bryant ha sido un caso emblemático en la historia del deporte. Y, si bien llegó a la NBA con ella, fue un joven excéntrico y con un básquet de calle el que lo hizo llevar su competitividad al extremo: Allen Iverson, el verdadero veneno de la Mamba Negra.

MANU VS MANU

[dropcap]D[/dropcap]urante sus dieciséis temporadas en la NBA, Manu Ginobili ha conseguido completar una carrera de ensueño: cuatro campeonatos, un premio al Mejor Sexto Hombre y otros incontables reconocimientos individuales y colectivos que van más allá de los trofeos. Este camino, que lo llevará inevitablemente hasta las puertas del Salón de la Fama, fue transitado gracias al impulso del combustible que Ginobili utiliza desde sus primeros días con una pelota en las manos. Un simple concepto que engloba todo: competir. Pero no con el rival de enfrente, ni con el compañero de turno. Competir exclusivamente consigo mismo. Así, a partir de la reinvención constante y el consecuente quiebre de paradigmas, fue que el 20 de San Antonio ha conseguido permanecer en la élite hasta sus jóvenes 40 años.

Parece fácil. Pero el proceso no puede estar más alejado de ese simplismo. Su complejidad se acrecentó aún más en la NBA, donde en 2002 el mejor jugador de Europa era otro más que cruzaba el océano para probar suerte. Ginobili tuvo que guardar ese pergamino y ponerse el casco de obrero. Pudo mostrar sus credenciales y exigir más protagonismo. O volver a Italia, en donde nadie iba a poner en duda sus destrezas. Sin embargo, el competidor nato que lleva adentro le propuso redoblar la apuesta. Meses después de su llegada, el obrero estaba listo para trabajar cada noche. Y sus actuaciones pedían a gritos un ascenso.


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Manu Ginobili en su primer partido en la NBA. Foto: ESPN

Ya con el protagonismo de una estrella, Manu logró trasladar todo lo que había hecho en el Viejo Continente a un estadio más grande y con mayores dificultades. Además de la innegable ayuda de sus virtudes, lo hizo mediante una obsesiva ética de trabajo. Cuando otros pasaban por alto a sus rivales, él los estudiaba científicamente. Ni siquiera Gregg Popovich le exigía más de lo que él mismo se reclamaba. Derrumbar a Detroit en el último juego de las Finales de 2005 y eclipsar al joven pero amenazante LeBron James dos años más tarde son ejemplos de su consolidación entre los grandes.


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El séptimo juego de las Finales de 2005 ante Detroit, uno de los partidos consagratorios de Manu. Foto: Getty Images

El tiempo pasa para todos. Incluso para Ginobili y sus Spurs. Un equipo que no se renueva muere. Y San Antonio requería de su presencia en un rol distinto al de los años previos. Uno menor, dirían algunos. Ante esa situación, jugadores con la mitad de sus conquistas han elegido partir hacia donde pudieran mantener su condición de estrella. No él. Una vez más, Manu retó a Ginobili. Los minutos iban a ser menos, pero no iba a dejar que su impacto en el juego se diluya por culpa de eso. Comenzó a observar las cosas que otros no ven. Los «intangibles». Esos que están detrás de las estadísticas. De pronto, cada intervención suya, por más mínima que pareciera, le daba al equipo justo lo que necesitaba. Podía ser una defensa asfixiante a un rival que se suponía incontenible.  O la calma en una posesión definitoria. Tal vez, simplemente un esfuerzo por salvar una pelota que despertara al estadio y a sus compañeros. Daba igual. El efecto siempre fue el mismo.


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Feroz intento de Ginobili por robarle una pelota a Dame Lillard. Foto: USA TODAY

Decía Heráclito, filósofo griego, que lo único constante en esta vida es el cambio. Y para el bahiense no existe otra verdad. Nunca ha sido el más alto, ni el más fuerte, ni el más rápido (mucho menos ahora), pero sí se erige como uno de los seres más competitivos y  autoexigentes que haya pisado una cancha de básquet. Esa es la razón por la que disfrutaremos de una nueva y mejor versión de Manu Ginobili en cada una de sus próximas funciones.