MI IDENTIDAD

¿Sintieron alguna vez esa sensación de que lo que estaban haciendo en sus vidas, esa actividad que les hace irradiar pasión, les resultaba realmente sencillo? A tal punto que te detenés un segundo a pensar: “¿De dónde sale todo esto que es tan natural?” Es como si emergiera desde lo más profundo, como si estuviera en tu ADN. No tenés que forzar nada, todo fluye y simplemente lo hacés. Así me siento yo cada vez que toco una pelota de básquet. Así me sentí cuando vi por primera vez esas fotos.

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Barrio Parque, el actual equipo de Nicolás Lauria. Foto:

Las preguntas eran constantes: “¿De dónde vino todo esto? ¿Cuándo fue que se activó este estado en mi, esta ‘vocación’?” Muchos de nosotros (y no hablo solamente de los deportistas) tendemos a reeditar la misma labor que han realizado nuestros padres, abuelos, etc. No estoy seguro de si lo hacemos porque realmente nos gusta, o nos arrastra el deber, o por el simple hecho de que lo llevamos adentro.

En mi caso es el básquet. Un día de esos, a mi madre se le ocurrió preguntarme si me gustaría empezar a jugar. Mi respuesta fue instantánea: “¡Sí!”. Sin saber muy bien de lo que se trataba verdaderamente el juego, comencé a los 7 años en el Club Peñarol de Mar del Plata. Tenía algo en claro: mi padre lo había jugado. En el club me recibió Fernando El Oso Pérez, en aquel entonces entrenador de las inferiores del club. Me dio un balón y, desde ese momento, me enamore de este deporte. El Oso solía contar, durante varios asados que compartimos, que todo me salía natural, que mis movimientos corporales eran de un jugador de básquet. No era Michael Jordan, obviamente. Lo importante es la idea. Tenía un estilo que, para un chico de esa edad que nunca había tocado un pelota ni estado en una cancha, era verdaderamente sorpresivo e interesante.

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Estaba claro. Este don o como quieran llamarlo nació conmigo. De alguna manera lo llevaba en la sangre. Después, lo que todos ya sabemos: el talento solo no logra nada. Hay que trabajarlo, pulirlo, moldearlo y demás cuestiones que están fuera de discusión.

Pero la incertidumbre era constante: “¿De dónde salió esto?”. Mi padre Zachary Cooper fue jugador también. Como algunos ya saben, me he encontrado con él por primera vez en mi vida hace siete meses. Fue en agosto. Yo tenía 29.  Seis años atrás, habíamos tenido contacto telefónico, pero apenas quedó en eso. Luego de una búsqueda que durante años fue o pareció difícil, todo se desarrolló con facilidad. “Las cosas pasan por algo.”  En 2017, volví a dar con mi padre y realicé un viaje relámpago de siete días a Estados Unidos. Jamás había visto a Zachary ni a los suyos. Nunca había pisado Norteamérica. En la mejor síntesis posible, tenía un cagazo tremendo por lo que podía llegar a pasar. Fue una experiencia de superación.

Uno no sabe adónde va sin saber de dónde viene.

En ese viaje agradecí la compañía sentimental de toda mi familia, de mis amigos y hasta de gente que no conozco, pero que se conmovió con mi historia. Seguiré agradeciéndoles infinitamente por esa energía que me enviaron.

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Foto: La Capital de Mar del Plata.

El trayecto fue largo. Finalmente llegué a New Orleans, donde me esperarían mi papá y mi abuela. Camino a retirar las valijas, vi a lo lejos un hombre alto vestido de chomba roja que se acercaba. Me di cuenta de que era él, que esa persona era mi padre. Aquel del que mi madre siempre me habló bien, a pesar de la falta que me (y nos) hizo durante toda mi vida. ¿Qué puedo decir? Explicarlo con palabras es casi imposible.  Sentí alivio y tranquilidad. Todos esos temores se fueron y no hubo que romper el hielo en ningún momento. La sangre tira. Y les puedo asegurar que en mi experiencia así lo fue. Jamás olvidaré ese momento de total plenitud. Mi abuela nos esperaba en el auto y, al verme, me encerró en un abrazo. Listo. No había que agregar más nada. Todo lo que se imaginen está bien.

La casa en Sidell, donde mi abuela vivía, fue el escenario en el que entendí todo. Ella sacó de abajo de la mesa una especie de libro, al estilo álbum pero muy grande. Dentro había infinidad de recortes de periódicos. Escuché la voz de mi abuelo de fondo: “Ahí tenés mucho por leer”.  Se imaginarán sobre qué eran esos recortes.

Estaba claro. Este don o como quieran llamarlo nació conmigo. De alguna manera lo llevaba en la sangre.

En ese momento, lo primero que se me vino a la mente fue la imagen de mi abuelo materno, Juan Carlos Lauria, que falleció en septiembre del 2016. Él no se perdía ningún evento relacionado conmigo. Siempre estaba ahí, al pie del cañón, donde sea. Era de esas personas que nunca te van a fallar. Tan buen consejero, tan leal, dulce y compañero. Cada vez que salía algún artículo en el diario marplatense, él lo guardaba para pegarlo en su álbum. Fue, junto a mi tío Horacio, la figura paterna de mi infancia y adolescencia.

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Foto: Básquet Plus.

Pero vuelvo a Slidell. A esa casa tipo tráiler muy bonita y de paredes de madera. Sentado en la mesa, lleno de curiosidad y ansioso al extremo, comencé a pasar las páginas. Era toda la vida deportiva de mi papá, desde sus inicios en el colegio, pasando por universidades hasta su etapa profesional, fuera de Estados Unidos. Sentí como si ojeara mi propia vida. Me vi en esos viejos recortes de diarios, en los que a mi padre se lo reconocía por sus largos brazos, por su versatilidad, por cómo dominaba todos los partidos que jugaba. En ese entonces, hasta se hablaba de una posible selección en el Draft de la NBA. La sorpresa fue mayor. En el álbum no había sólo recortes de mi padre, sino también de mis dos tías, Tenna y Denna.  Ellas también jugaron al básquet, y eran muy buenas. Luego observé al tío Reggie, quizás el mejor de los hermanos. Era un talentoso basquetbolista, pero alcanzó la gloria en la NFL. Allí se convirtió en uno de los grandes jugadores de los Dallas Cowboys. Toda mi vida se unió en aquel momento.

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Nicolás y Zachary, al fin juntos.

Lo estaba leyendo. No me lo contaban. Sentí la certeza de haberle encontrado el sentido a todo lo que había vivido desde aquel primer entrenamiento en el Gimnasio Sartora del Club Peñarol. Me conecté con aquello que faltaba. Con ese interrogante. ¿Quién iba a pensar que esto ocurriría a mis 29 años? Pudo haber ocurrido antes. O nunca. La vida tiene estas cosas que no se explican. Es hermoso vivirlo y, así hubiese salido todo mal en ese viaje, las enseñanzas serian igual de enriquecedoras. Me siento bendecido.

Es creer o reventar. A partir de ese día, comprendí todo. Esas conexiones entre su camino y el mío (¡Vaya que eran parecidos!) cerraron el círculo, llenaron el vacío que implica saber de dónde venimos. Es una cuestión de identidad. Y yo pude responder a unos de los tantos porqués de esta vida.

Por Nicolás Lauria, jugador de Barrio Parque.

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