EL CASO JOKIC-CURRY: DOS CARAS DE UNA ESPECIE ÚNICA

Inmersos en una época en la que el juego -obligado por un inevitable proceso adaptativo- ha evolucionado hacia la incorporación de recursos de todo tipo y condición en todas las posiciones, Jokic y Curry destacan por sus estilos particularmente únicos. Sus casos son diferentes por lógica pura, pero similares desde lo peculiar de sus atributos. Al atravesar sus procesos, se puede observar cómo estos cruzan sus recorridos en ciertos puntos y se alejan en otros, explicando contextos actuales y reivindicando fundamentos de siempre.

¿Cómo se desencadenó su desarrollo para convertirse en lo que son ahora? ¿Siempre fueron resaltados por sus raras aptitudes? ¿Por qué son tan especiales? ¿Realmente lo son? En CROSSOVER, te invitamos a emprender un viaje al centro de las historias de estas dos gemas del deporte. 

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MENTES MAESTRAS EN CUERPOS QUE ALARMAN

En el principio de sus carreras, tanto Curry como Jokic fueron cuestionados por sus cuerpos. El primero, de tobillos frágiles y un físico poco atractivo para los amantes de los músculos, debió sufrir que parte del ambiente NBA lo dejara a un lado en sus consideraciones y olvidara su nombre durante las sobremesas en las que se hablaba de estrellas. Sí, su rango de tiro era espectacular y esos años fueron fundamentales para que, luego, amanezca el Curry omnipresente que hoy maravilla. Sin embargo, no alcanzaba para silenciar los murmullos que despertaba su aparente fragilidad corporal y todo lo que eso conlleva en un escenario en el que quienes colisionan están más cerca de parecerse a trenes de carga que a malabaristas.

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Stephen Curry en su año Rookie.

Ese temor que, por ejemplo, provocó que Curry -uno de los prospectos más interesantes de su clase- cayera hasta la séptima posición del Draft 2009 y viera como Minnesota Timberwolves seleccionaba a dos bases (Ricky Rubio y Jonny Flynn) antes que a él, ofició como un chaleco de fuerza durante gran parte de sus primeros años en Golden State. Como su capacidad atlética no era la necesaria para defender a los otros bases estrellas de la liga, Monta Ellis ocupaba esa posición y él debía hacer las veces de escolta. La situación atentaba contra el desarrollo de su juego, que demandaba libertad para aprender y confianza ante los errores típicos de un joven.

En su segunda temporada, la prensa ya lo había catalogado como “un tirador al que ponen de base” y se cuestionaba su posible irrupción entre los mejores armadores de la NBA, como evidencia este artículo de ESPN que data de noviembre de 2010: “Son sus delgados 1,90m y 83 kilos el verdadero problema. Es difícil imaginar que Curry pueda defender a Kobe Bryant tras un bloqueo o frenar a Jason Richardson.” El tiempo, la explotación de otras habilidades propias de su ADN como la velocidad y la lectura de las ofensivas rivales y la creación de un sistema que maquilla sus falencias han hecho que el Chef pase de ser el eslabón más débil de la defensa de su equipo a tener, en su primera campaña MVP,  el segundo mejor Defensive Real Plus-Minus* entre los point guards.

*Para conocer a fondo las estadísticas avanzadas, te recomendamos este artículo.

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Nikola Jokic, durante sus primeros años como joven amante del básquet en Serbia.

El segundo no acusaba lesiones de las cuales aterrarse, pero su físico pertenecía a cualquier cosa menos a lo que el imaginario popular considera que debe ser un basquetbolista profesional. Durante su adolescencia, a Jokic le importaba poco y nada ponerse en forma. Excesos en la comida, falta de entrenamiento y muchos kilos de más. Solía consumir hasta tres litros de Coca-Cola por día y, durante las tardes, se atiborraba a masas y panificados que elaboraba su madre. De aquel muchacho se recuerdan su habilidad sobrenatural para jugar al básquet y su alarmante sobrepeso.

Es que, en las canchas de la liga de Serbia, era lo que siempre ha sido: un director de orquesta que mejora a todos los integrantes del equipo. Pero la NBA es talento tanto como disciplina física, y muchos ojeadores veían a aquel gordo talentoso como un bocadillo para las bestias atléticas que habitan la liga. Incluso en Denver, franquicia que decidió seleccionarlo en el Draft 2015, se hablaba más de su nula capacidad de salto y de su lentitud que de su creatividad. Para el propio Jokic, esto no era algo ajeno, sino todo lo contrario. Sabía que, si quería triunfar en la liga o de mínima mantenerse en ella, debía cambiar sus hábitos: “Cuando empecé a jugar era muy gordo y todavía no era tan alto. Jugaba de pívot, pero a veces también de base. Picaba el balón por toda la cancha y sólo jugaba por diversión, como amateur.” Como pacto inquebrantable con su conciencia, se prometió que bebería el último vaso de gaseosa durante el viaje a los Estados Unidos. Y, si bien nunca será DeAndre Jordan o DeMarcus Cousins, el cambio está a la vista de todos.


GENIOS INCOMPRENDIDOS

Pero sus cuerpos no era lo único que los ponía en el ojo de la tormenta. Curry y Jokic son, como vemos, dos rara avis. Y, muchas veces, lo desconocido aterra.

Por mucho tiempo, Steph Curry sonó a triples e inconsistencia, a un jugador sin posición definida -en tiempos en los que eso se observaba más como un problema que como una solución-, a un base descafeinado y a un escolta limitado a lo que pudiera hacer desde el perímetro. A la versión del anotador serial se la criticaba por su relación asistencias-pérdidas. A la del base cerebral, por su poca producción ofensiva. Y así, cualquier faceta de su juego era vista como un vaso medio vacío. Resultaba difícil para Curry -y para cualquier mortal- no detenerse a pensar en que, hiciera lo que hiciera, siempre iba a ser insuficiente. Y esos años, previos a la comprensión general de que el mundo del básquet estaba ante un jugador de cualidades únicas, fueron largos y pesados para su mente. Incluso hoy, con tres campeonatos y dos MVPs bajo el brazo, Curry tiene que escuchar cómo ciertos analistas resuelven que no es un verdadero point guard o que no puede ser considerado el mejor base de la NBA porque ni siquiera es el jugador con mejor promedio de asistencias en su equipo, reconocimiento que le pertenece a Draymond Green.

“Obviamente es una superestrella, pero se comporta como si fuera el duodécimo jugador. Puedo reclamarle cosas en sesiones de video y él no se molesta. Lidera con su ejemplo. Es un gran hombre, un gran compañero y los jugadores le respetan. De eso se trata ser capitán.” – Steve Kerr sobre Steph Curry y su liderazgo

Lo desconocido aterra, pero también amenaza. Cuando algo o alguien se establece y entra en su zona de confort, comienza a odiar la diferencia que viene con el cambio. A primera vista, Curry es todo lo contrario a lo que significaba ser una superestrella en los ochenta y noventa: no grita ni se cabrea para liderar, su lenguaje físico denota displicencia y, a menudo, se lo ha tildado de blando. Como describe Marcus Thompson en Golden: The Miraculous Rise of Steph Curry, gran parte de quienes han criticado con mayor dureza al base de los Warriors pertenece a ese círculo de estrellas que destacó durante épocas anteriores. Oscar Robertson, Isiah Thomas, Charles Barkley y otros tantos han puesto en cuestión no sólo su juego, sino también su capacidad de liderazgo. Esto se incrementó aun más con el arribo de Kevin Durant, otro lobo Alpha, a la Bahía de San Francisco. Al igual que con sus rivales en cancha, Curry ha esquivado con soltura todos esos dardos verbales, pero fueron sus compañeros y los números quienes salieron a defenderlo. Aunque, por momentos, ni que Green diga que es uno de los tipos más duros de la liga o que las estadísticas demuestren que el juego de Golden State se resiente más con su ausencia que con la de cualquier otro integrante del equipo parece alcanzar para cesar esa caza de brujas.

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Jokic pelea la posición con Tyson Chandler, uno de los mejores internos defensivos de la NBA.

Tal vez su arribo a la NBA fue más silencioso que el de otras estrellas, pero Nikola Jokic no estuvo exento de las críticas en sus inicios. Casi todas ellas infundadas y sin haberlo visto jugar siquiera un partido entero. Nadie dudaba de su calidad, pero sí de su dureza. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve un grandote que sepa pasar la bola si no puede aguantar el rigor que imprimen los internos de la liga?

Jokic, como Curry, es prácticamente imposible de encasillar. Necesita libertad para explotar sus habilidades y explorar todas las facetas del juego. Eso, en ciertos casos, se puede sobreentender como inconsistencia. Sí, el serbio era un gigante creativo, pero se dudaba de su impacto en la pintura y no había maravillado lo suficiente (fue el pick 41 del Draft 2015) como para darle las llaves de la gestación ofensiva. En definitiva, y pese a que las funciones han superado en importancia a las posiciones, el proceso creativo está históricamente ligado a la labor de los bases. Y en la NBA, o bien tienes el estatus de LeBron James o Tim Duncan para cargarte eso o mejor te sientas y esperas un voto de confianza. Exactamente eso fue lo que sucedió en el caso de Jokic. Asombrado por la maestría con la que el pívot se desempeñaba como “titiritero ofensivo” durante las prácticas, el entrenador Mike Malone decidió arriesgarse y darle ese tan ansiado lienzo en blanco en los partidos. Desde entonces, Denver no ha parado de crecer. Y el genio detrás de todo, tampoco.

Pero Jokic es distinto al resto incluso en sus modos y costumbres. Esta temporada, su explosión en cancha ha desatado una lluvia de elogios y reconocimientos que le valieron la inclusión en el All-Star Game y la merecida consideración entre los candidatos al MVP. Sin embargo, es el mismo jugador quien se ha mostrado más ajeno a ese microclima. Una situación puntual lo describe a la perfección: en febrero, tras una victoria de su equipo ante Oklahoma City Thunder en el que él fue la figura -sumó 36 puntos, diez asistencias y nueve rebotes- y los fans de Denver corearon el famoso “¡MVP-MVP-MVP!”, Jokic mostró su lado más Jokic: “Para ser honesto, creo que es gracioso. Siento que hay muchos jugadores mejores que yo y que merecen más el premio.”

Está a la vista que el serbio lidera a los Nuggets, pero no nace de él autoproclamarse como jefe de la manada. Incluso se rehusaba a aceptarlo, hasta que Malone decidió tomar cartas en el asunto: “Le dije que, le guste o no, piense que es justo o no, él es nuestro líder y nuestro mejor jugador”, le contó el coach al sitio DenverStiffs. Intrahistorias de una estrella atípica.


DOMADORES DEL PRESENTE

La línea de tiempo que surca la historia de la NBA tiene varios quiebres, hitos que supusieron un antes y un después en ese hilo de sucesos y estilos. Julius Erving y sus vuelos, la rivalidad Magic-Bird y la explosión mediática que significó Michael Jordan para la liga son algunos de ellos. Indefectiblemente, el último gran sacudón a sus cimientos le pertenece a Stephen Curry. En la Era del triple, él no sólo es el máximo exponente, sino también quien elevó hacia otro estadio de grandeza el concepto de tiro. Con Curry no hay disparos imposibles ni rangos establecidos. Se podría argumentar que tampoco existen mecánicas, porque sus movimientos fluyen como si fueran uno la pelota.

Este fenómeno provocó tal conmoción que el juego es antes y después de su aparición. Las pruebas son numerosas: las defensas están obligadas a reaccionar con antelación -por la velocidad robótica que acusa su armado de tiro- y a activarse desde que Curry y quienes lo emulan pasan la mitad del campo. A su vez, esa infinitud de rangos descomprime el juego interno y facilita el movimiento ofensivo. Para intentar defender a este tipo de jugador, se necesitan rivales polivalentes y capaces tanto de presionar en el perímetro como de perseguir post-penetración, uno de los factores que ha provocado la evolución multifacética que hoy reina. Curry y su éxito han creado una cultura de jugadores que previamente eran vistos con recelo. Trae Young, Antoine Davis y otros tantos que vendrán tienen el camino allanado porque uno de ellos triunfó a pesar del ensañamiento de los puristas.

Si Curry va a favor de la corriente -o sencillamente él es la corriente-, hay una faceta de Jokic que se rebela ante ella. Sí, tal como apunta el manual actualizado del interno, el serbio es un pívot con tiro exterior y muy buen manejo del balón. Pero… es lento.

Más aún en esta época, la lentitud está vista como una debilidad. El afán de evolución física ha llevado a los atletas a ser, en ocasiones, aviones de carne y hueso. Nada podría hacer alguien con el andar perezoso del Joker si gran parte del dominio del juego no estuviera supeditado a lo mental. Y en esa carrera, nadie corre más rápido que Jokic. Rivales más ágiles y rápidos han caído incontables veces en sus telarañas, que lentamente dan vuelta la noción de velocidad. Por momentos, el serbio nacido cuando Yugoslavia aún era una república parece jugar en blanco y negro, como dándole argumentos para reafirmar sus teorías a quienes creen que el tiempo es una mera ilusión del ser humano. Una pieza del puzzle que aparentemente no encastra y que debería estar en otra caja. Ya no importa tanto qué tan rápido corra los 100 metros llanos o cuánta masa muscular tenga sino que, en la cabeza de Jokic, todo sucedió antes de que ese otro pudiera percibirlo.


CEREBROS DE SUS EQUIPOS

Tanto Golden State como Denver se potencian gracias a ellos. Ambos funcionan como un eje sobre el cual rota toda la ofensiva de sus equipos. Mientras Jokic lo hace desde el poste alto y localizando a sus compañeros que cortan hacia el canasto o se establecen en el perímetro, Curry lo logra a través de su tiro. Temido por toda la NBA, el rango de sus disparos permiten que un genio como el base de Golden State juegue con la mente de sus rivales. Así, Steph estira las defensas y permite que sus compañeros se muevan con mayor soltura. Su triple puede ser el arma, o simplemente un señuelo para operar en las entrañas defensivas mediante su habilidad, pero desarticula al oponente de un modo en el que nadie jamás lo había hecho. Algo tan simple como observar lo que sucede cuando cruza la mitad de la cancha sirve para graficar este concepto. Las estadísticas, en cambio, permiten ir un poco más allá en el entendimiento de su magnitud: desde el inicio de la temporada 2014/15 hasta febrero de este año, Curry ha intentado un total de 94 lanzamientos desde una distancia al aro comprendida entre los nueve y los diez metros. Anotó 45, lo que supone un 48% de acierto. Esto describe, como nunca antes en la historia, la importancia del aprovechamiento del tiro para explotar conceptos tan esenciales como el tiempo, el espacio y la velocidad. 

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Gráfico de Kirk Goldsberry que ilustra todos los triples anotados por Steph Curry a lo largo de su carrera.

Aunque, si nos adentramos en ese territorio desconocido, más vale no olvidarse de Jokic. Es que sí, el serbio es un pívot, pero uno que reúne condiciones nunca vistas en esa posición. A diferencia de otros internos, no tiene un salto impactante (ni siquiera uno regular) ni es una montaña de músculos. Su cuerpo le permite someter a otros grandotes en la llave, pero “fajarse” no es su fuerte y eso se ve en el aspecto menos pulido de su juego: la defensa. En definitiva, todo lo que hace al Joker una estrella tiene que ver con el proceso creativo de su mente. Cuando otros chocan y luchan por meterse en el aro, él descubre avenidas libres para aventajar a sus compañeros. Mientras los demás piensan en tirar, él prioriza la fluidez ofensiva. El balón es un mazo de cartas y Jokic el mejor croupier del Casino. Pases sin mirar pero con la justeza de quien tiene ojos en la nuca. Asistencias atrincherado en el poste o desde el perímetro. Lanzamientos dignos de un mariscal de campo de un lado al otro de la cancha, siempre con la potencia necesaria. Jugar como si en él vivieran los años dorados de Arvydas Sabonis, Bill Walton y los hermanos Gasol.

Su temporada actual es, según los datos del sitio Basketball-Reference, la mejor de la historia en cuanto a porcentaje de asistencias (actualizado a 37,6%) para un jugador de 2,13m o superior. Aunque, como explica con maestría el gran Gonzalo Vázquez en su artículo El largo Siglo hasta Jokic: Críptidos del pase en la quinta posición, lo del serbio va más allá de ser un pívot con buenas manos. Su visión del juego, complementada con esa capacidad innata para encontrar siempre al hombre indicado en el punto débil de las defensas contrarias exige abrir un capítulo en el ancestral libro del pase. A cada paso -o pase-, Jokic evoca ancestros y conquista nuevos horizontes.

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Jokic en pleno acto. La asistencia como arma fundamental de su juego.

Desde que The Joker tomó definitivamente el control del ataque en su segundo año, los Nuggets no han bajado del Top-10 de equipos con mejor eficiencia ofensiva. El cambio fue rotundo: del décimo séptimo puesto al cuarto en tan solo una temporada. De 104,9 puntos anotados por cada cien posesiones en la 2015/16 a 112,1 en la 2016/17. Esa cuarta posición se repite en esta campaña, en la que Denver se encuentra segunda entre las franquicias con mejores porcentajes de asistencias (65,5%) y de relación asistencia-pérdida, con un error cada 2,05 pases a canasta.


EL FUTURO

Lo escrito aquí apenas rasguña la superficie de dos procesos que son merecedores de una basta cantidad de ensayos. Tanto Curry como Jokic demandan una profundización de contextos y conceptos que van más allá de lo que pasa dentro de la cancha. La NBA es un ambiente que evoluciona gracias a la imitación. Equipos campeones moldean generaciones de copycats que intentarán mejorar su ejemplo. Estrellas exitosas dan paso a jóvenes que crecen perfeccionándose a imagen y semejanza de lo que ellos hacen. Con el atrevimiento y el grado de incerteza que esto sugiere, se puede decir que ambos son ejemplares que, a pesar de contar con cualidades únicas y dignas de los indescifrables caprichos de la naturaleza, dan indicios de lo que será la matriz del jugador moderno en los años entrantes. O, tal vez, sería más preciso decir los jugadores, porque si hay algo que esta década ha demostrado es que la generación de nuevos y cada vez más variados tipos de atletas no tiene fin. 

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