EL ÉXITO SEGÚN ARGENTINA

Leandro Carranza desde Dongguan, China.


Este título está mal. O, como mínimo, no abarca en su totalidad lo que intenta explicar el texto que lo sucede. Argentina es un segmento muy amplio y complejo para analizar cualquier aspecto. Pero, si se trata del éxito, los problemas aumentan. Algunos lo entienden de una forma. Otros, más abiertos, de varias. Muchos, la gran mayoría, rechazan con asco las consideraciones adversas. Sin embargo, hay una frase popular a la que los argentinos le hemos dado status de verdad a la hora de hablar de éxitos deportivos: el segundo es el primero de los perdedores.

Una sentencia tan clara como nociva. No hay procesos ni desarrollos. No hay metas propias ni aprendizajes. Sólo la victoria, la del resultado más superficial, le da sentido a todo. Las competencias, entonces, pasan a ser un mero reflejo de la lotería: el ganador se lleva todo y los demás son un fracaso. Blanco o negro. Binario. Para el que pone el resultado por encima de todo, no hay término medio. Dentro de ese mundo simplista, se ve con buenos ojos tirar a la basura años de trabajo si la pelota no entró en un arco, un aro o donde sea. O al menos así era antes de la Generación Dorada.

Y sí, seguramente aparecerán los que saquen a relucir las dos medallas olímpicas, el subcampeonato mundial y la década y media como miembros de la élite para decir que esa camada pasó a la historia por sus logros. Y sí, probablemente sea cierto que, sin ellos, su impacto hubiese sido menor. Pero dejar que esa verdad opaque la otra, la inmensamente mayor, es encerrarse en una pequeñísima cárcel mental. Aquella generación fue y es tan importante porque, entre otras cosas, educó sobre el éxito. Lo definió de otra manera. Invitó a pensar por qué también se puede ganar en la derrota. Es curioso -y sutilmente poético- que uno de los equipos más ganadores en la historia de nuestro deporte haya sido el que se plantó más ferozmente ante el exitismo. Quizás esa sea la razón por la que, ya sin la mayoría de los integrantes de ese grupo y con muchos jóvenes en su lugar, el gen se mantiene latente.

Argentina enfrentará a Serbia en Cuartos de Final de este Mundial y, más allá de cualquier resultado, el mayor logro de este plantel se esconde en su actitud. Hijos, por convicción y no por imposición, de aquella filosofía que dice que competir al máximo de tus posibilidades es sinónimo de victoria. Encargados de demostrar en cada partido, en cada declaración y en cada gesto que esos principios han superado el cambio generacional. Lo hacen. Constantemente. Sienten genuinamente que no deben apartarse del camino. Y eso, a fin de cuentas, es su triunfo más valioso.

Este título está mal. No hay una única respuesta cuando los argentinos nos preguntamos qué es el éxito. Y tal vez sea bueno disentir, pensar distinto. Per, hoy más que nunca, me permito imaginar qué diferentes serían las cosas si todos siguiéramos el ejemplo de este seleccionado.

Escrito por Crossover

Básquet y algo (mucho) más.

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