ODIO A LEBRON JAMES

Camisetas quemadas en su tierra prometida. Millones de críticos que se centran en su egocentrismo, a pesar de sus reiteradas contribuciones a la sociedad. Presidentes, periodistas y otras tantas voces de la opinión pública que minimizan su figura al punto de asegurar que lo único que puede hacer es picar una pelota.

LeBron James es uno de los deportistas más influyentes de la historia y, al mismo tiempo, el target más codiciado del odio colectivo en estos tiempos. ¿Por qué? En CROSSOVER, tratamos de explicarlo mientras emprendemos un viaje a través de su camino.

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“El genio es una entidad como la naturaleza, y quiere, como ésta, ser aceptado pura y simplemente. Una montaña se toma o se deja. ¡Hay gente que hace la crítica del Himalaya piedra por piedra! Todo en el genio tiene su razón de ser. Es porque es. Su nombre es el reverso de su luz. Su fuego es una consecuencia de su llama. Su precipicio es la condición de su altura”, enunció alguna vez el legendario poeta, escritor y dramaturgo francés Víctor Hugo. Dentro de tan potente descripción de la genialidad, se pueden encontrar pasajes que encajan como propios en múltiples historias del deporte.

LeBron James, que reúne los requisitos necesarios para ser considerado un genio deportivo, no escapa ni mucho menos a lo que Hugo pensaba de estos unos trescientos años atrás. LeBron es porque es, pero también porque fue. Su pasado, tal vez como con tantos otros, ha moldeado su figura hasta definirla por completo. Esa llama que supuso su infancia curtió su cuero y encendió el fuego de su vida, una oda a la superación constante. Y, si bien estas leyendas conmueven por la distancia que hay entre el lugar de donde salieron y el que hoy los cobija, también incita al desprecio. Sentimiento cobarde, claro está, cuando su combustible es el resentimiento por lo que el otro pudo conseguir. Como la de cualquier otra superestrella, la carrera de LeBron ha tenido picos de glorificación. También -y quizás en mayor medida- los ha tenido de odio, de minimización y de regocijo ante algunos de sus tropiezos.

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Hasta ahí, lo que este mundillo se ha resignado a entender como “normal”: quitarle mérito a los logros del otro como si eso engrandeciera a tus ídolos, festejar sus derrotas como triunfos propios, despreciar al mejor rival a causa de un miedo encubierto y tantas otras miserias. Pero no. No alcanza. De ninguna manera podemos afirmar que el odio a LeBron James comprende sólo lo que sucede allí, dentro de una cancha. Como a casi ninguna figuras deportiva, el concepto de hateo se ha adosado a todos sus pasos y el campo de acción de estas termitas del rencor que lo profesan se ha extendido hasta la esencia más privada de su persona. Por momentos, James es un polígono de tiro. No importa si su equipo ganó un campeonato, si él rompió un récord o si acaba de fundar una escuela para niños necesitados, siempre habrá alguien que encontrará -o mucho peor- inventará argumentos para el “pero…”

Podemos, quizás, trazar un antes y un después en lo que respecta a este fenómeno gracias a un momento en concreto. Desde que aquel muchacho del instituto Saint Vincent-Saint Mary comenzó a tomar trascendencia a nivel nacional, todo lo que lo rodeara era transmitido, cubierto, publicado y analizado. Siendo de Akron, la elección de Cleveland en el Draft de 2003 se entendió como la llegada del hijo pródigo que iba a romper el maleficio que recaía sobre las vitrinas del deporte en Ohio. El nivel de ansiedad y excitación era tal que siete años, una aparición en las NBA Finals y dos MVPs de temporada después, el principal culpable de que los Cavaliers no consiguieran el tan anhelado campeonato se llamaba LeBron James. Y, tras meses de reflexión y lucha interna, llegó el día en el que la joven estrella pasó de ser criticado deportivamente a convertirse en el Judas de la NBA.

“Esto es muy duro”, repetía LeBron una y otra vez antes de afirmar frente a 13,1 millones de televidentes que dejaría Cleveland para unirse al Miami Heat. Detrás de aquel especial de ESPN conocido como The Decision estaba la intención de James de explicar, en primera persona, por qué elegía irse. Lo sentía más humano que un anuncio oficial, blanco sobre negro. Cuando su entorno más cercano le presentó la idea de hacerlo en el primetime y a través de una cadena mundial, él puso una condición excluyente: lo recaudado era para ayudar a la comunidad. Y así fue. Se destinaron 2,5 millones de dólares para Boys and Girls Club of America, organización estadounidense que diseña programas de complemento escolar para jóvenes de todo el país. Además, otros 3,5 millones recaudados por ingresos publicitarios fueron donados a diferentes causas benéficas. Nada de eso tuvo la repercusión que sí le dieron los medios al odio generalizado. Se había desatado una carnicería que incluía tanto a fans desamparados como a periodistas y directivos.

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Repasar las tapas y los programas de aquel mes nos permite entender dos cosas: que el producto LBJ es extremadamente vendible y que los medios de comunicación son grandes generadores de violencia. LeBron ya no era el hijo pródigo, sino un traidor hijo de puta. O mejor dicho SON OF A BEACH, como tituló su portada el New York Post al ver que el mejor jugador del momento no llegaría a los Knicks. Tampoco era King James. Ahora, según el GM Dan Gilbert, era un “autoproclamado falso Rey que no significaba nada más para los chicos que un mal ejemplo.” Y no acababa ahí: “No se preocupen. Se llevará la maldición a South Beach y Cleveland ganará un campeonato antes que él.”

En todo momento y desde todos los rincones, se vendió -porque, en definitiva, también se compraba- que James era un hombre sin sentimientos más que un profundo egocentrismo que había dejado huérfana a una comunidad para alimentar su ambición. En el plano deportivo, leyendas como Michael Jordan o Magic Johnson bajaron un mensaje claro: ellos jamás se habrían unido a otras estrellas para ganar. Muy por debajo de esa superficie de carroñeros, lo real: que LeBron decidiera buscar un campeonato tras arrastrar siete años a un equipo totalmente dependiente de sus actuaciones no le hacía olvidar, ni por un segundo, de dónde había salido.

Contrariamente al relato dominante, su involucramiento en los problemas sociales de la zona era cada vez mayor. Donaciones a escuelas que ascienden a 41 millones de dólares. Programas ideados por su fundación que enfocan su energía en mejorar el proceso escolar de los jóvenes. Gran parte de esas iniciativas no salían a la luz por el temor del propio LeBron a que esto se entendiera como limosna. Pero no. Sea lo que fuera, él siempre estuvo encima. Y, a medida que aumentaban, sus intervenciones se abrían un hueco entre las noticias. En agosto de 2011, su fundación inauguró un Boys and Girls Club en uno de esos barrios de Akron en los que pasó su infancia. También aportó 240,000 dólares para reacondicionar el descuidado Joy Park Community Center, un punto neurálgico en la vida social del área. Cuando le preguntaban, casi siempre respondía lo mismo: “Todavía falta mucho. Es necesario que le devuelva aún más a mi comunidad.”

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El primer año de James en el Heat provocó lo mismo que provoca lanzar un barril de gasolina al fuego. En temporada regular, Miami registró el tercer mejor récord de la NBA, sólo por detrás de San Antonio Spurs y de los Chicago Bulls del MVP Derrick Rose. Aunque la conformación del Big Three y el hype creado entorno a ello hacía ver lo bueno como regular y lo regular como malo, transitaron los Playoffs sin sobresaltos: 4-1 a Philadelphia 76ers, a Boston Celtics y a los mencionados Bulls en las Finales de Conferencia.

LeBron aterrizaba nuevamente en las NBA Finals y todo lo que no fuera ganar iba a ser visto como un fracaso. Y no tanto como uno colectivo, sino más bien como algo que pertenecía especialmente a él. Así fue. Durante los partidos definitorios, James mostró su versión más descafeinada (17,8 puntos por juego) y Dallas Mavericks se aprovechó de eso para reventar los sueños del primer anillo. Porque de esa manera se cubrió la noticia en aquellos días. No era la sorpresiva derrota del Heat y su constelación de estrellas lo que vendía, sino el supuesto maleficio que merodeaba alrededor de ese muchacho llamado a ser El Elegido.

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Al mote de traidor se le sumó el de fiasco. Luego del traspié en aquellas Finales, LeBron fue azotado mediáticamente incluso hasta por ir a entrenar con una sonrisa en el rostro. No es broma. Durante el lockout de 2011, el periodista Stephen A. Smith improvisó un intento de despedazamiento a su legado: “Es como si quisiera ser coronado sin haber ganado nada. Perder esas NBA Finals de la manera que lo hizo y volver con una sonrisa en su cara es algo que no entiendo. Los campeones no hacen eso.” 

Y James sabía que su juego no había estado a la altura de su grandeza. Fue el primero en reconocer que no había realizado ni una “jugada que cambie el juego” durante toda la serie. Por primera vez en su carrera, empezaba a sufrir las consecuencias de haber sido catalogado como algo que no era: “Me encerré en mi casa y no vi a nadie por dos semanas después de la derrota. Fue una de las cosas más duras que viví. La gente piensa que soy el villano y yo, que sé que no soy esa persona, pasé de jugar con felicidad a hacerlo con ira.” Pero no había escapatoria. Y, durante los próximos tres años, tuvo que aferrarse a ese sentimiento. Dentro de la cancha, claro. Fuera de ella, LeBron seguía siendo el joven adulto que veía al mundo cada vez con mayor claridad.

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Dos campeonatos, dos MVPs de temporada regular y dos MVP Finals. Entre 2012 y 2013, consiguió todo lo que había ido a buscar a South Beach. Aquellos años de escrutinio interno habían terminado. No así las críticas, que siempre encontraban alguna chispa para prender la llama del odio que tanto dinero mueve. Pero, esta vez, LeBron estaba entero. Había madurado como jugador, pero mucho más como persona. Entendía mejor que nadie la maquinaria del desprecio que se había montado sobre su figura y optaba por responder con paz: “Es lo que es. No puedes manejarlo. Sin embargo, cualquier crítica pierde importancia cuando te pones a pensar que yo no debería estar aquí. Es así. Si miramos las estadísticas, no se supone que alguien como yo llegue a esto. Estoy bendecido. Eso es todo lo que vale.” 

LeBron había crecido, sí, pero nunca dejó de ser un niño de Akron. Y ya había cumplido todas las metas que se había trazado en su carrera, excepto una: romper la sequía de títulos que atormentaba a Cleveland desde 1964. La derrota en las NBA Finals de 2014 a manos de esos históricos Spurs de Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginobili y Kawhi Leonard terminó de convencerlo. Era hora de volver a casa. Entonces, el villano empezó a ver como el discurso comenzaba a cambiar de foco.

“Algunas personas vinieron a decirme que debía hacer lo que me hiciera feliz. Y yo creo que sí, pero también creo que debo hacer lo que haga feliz a mi ciudad, a mi estado. Por eso estoy aquí. Los amo, he vuelto.” Ante 30,000 personas, el hijo pródigo vivía su redención. Una que jamás debió necesitar, pero que llegaba como un abrazo al alma.

Durante sus años en Cleveland, su impacto social se acrecentó al máximo. LeBron se convirtió en la voz de la lucha por la igualdad. Denuncias contra el abuso policial, declaraciones que hacían reflexionar sobre el alarmante grado de racismo que actualmente vive la sociedad estadounidense, protestas contra la portación de armas y plantadas ante el horror. Y ese horror, o más bien quienes lo profesan, lo ubicaron como el enemigo principal. Nacía su versión activista. Esa que, tal vez, causa más odio que ninguna otra. Desde entonces, James usa su fama para que el mundo escuche a los que no tienen voz. Y para ciertas esferas del poder, no hay peor pecado que hacer visibles a los silenciados. Mucho más si el que lo hace es uno de ellos, un número en rojo entre las estadísticas. Alguien que, como siempre recalca el propio LeBron, no debería estar en donde está. 

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Pero volvamos a lo estrictamente deportivo. Desde 2011, el equipo del Este que había llegado a la cita máxima de la NBA contaba con James en su plantilla. Como era de esperarse, los Cavaliers gozaron del mismo destino en todas las temporadas seguidas a su regreso. Sin embargo, las NBA Finals de 2015 supusieron otro bocado para los detractores del Rey. Golden State Warriors celebró en el duelo entre “franquicias malditas” y la gerencia de los CAVS decidió echar al entrenador David Blatt durante el mes de enero de la campaña siguiente. A estas alturas, no era trabajo de un detective descubrir a quién culparía la opinión pública. Se utilizó la influencia de LeBron en la organización y la posterior elección de Tyronn Lue (su amigo) como reemplazo para establecer que una orden suya causó la destitución. Pese a que el mismo Blatt declaró en 2018 que no se sintió desplazado por James, el mote de echa-técnicos aún persigue a la figura del 23.

Si el odio vende, también lo hace la épica. Y quizás no haya otra palabra que describa mejor la actuación de Cleveland en las Finales de 2016. Todo amante del básquet sabe lo que sucedió: esos Warriors, que habían firmado el mejor récord de temporada en la historia de la NBA, tomaron la delantera por 3-1 en la serie. En 70 años de competencia, ningún equipo había remontado una desventaja semejante durante un cruce por el campeonato. Contra todo pronóstico, LeBron James tomó las riendas del destino y estampó su sello en las páginas doradas del juego al liderar a los Cavaliers hacia el tan ansiado título. Por primera y única vez en su carrera, la aceptación era total. Parte de los medios, expertos en agigantar las cosas, daban por hecho su ascenso hacia el trono de mejor jugador de todos los tiempos. Ahora, el término King parecía insuficiente, y quien poco tiempo atrás había sido tirado a la hoguera era exaltado hasta convertirse en una especie de divinidad. No más críticas infundadas. No más odio visceral. Estaba claro: no iba a durar mucho. Y hay múltiples ejemplos -tanto en sus siguientes años en Cleveland como en su nueva etapa con Los Angeles Lakers- que lo confirman. Pero, para LeBron, nada más importaba. En el interior, el círculo se había cerrado. 

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Detrás del éxito deportivo, su impacto socio-cultural era ya imposible de dimensionar. Lejos de ignorarlo, siguió por la misma senda de siempre. Mejorar la vida de los otros, al punto de que nadie más que ellos controlen su destino. Y por allanarle el camino a los que sufrieron lo que él sufrió de niño, por pronuciarse en tópicos tabú para los atletas, por creer firmemente que su papel iba más allá de lo que hiciera dentro de una cancha, LeBron se ganó el odio más peligroso y dañino de todos: el del poder.

“Esto es lo que pasa cuando intentas dejar la secundaria un año antes para unirte a la NBA. LeBron y KD, ustedes son grandes jugadores. Cállense y piquen la pelota.” La editorial de Laura Ingraham, periodista de Fox News, explotaba como una bomba de realismo puro. Segregación del Siglo XXI. ¿La causa? El discurso crítico de dos superestrellas deportivas -pero, particularmente, de LeBron- ante el racismo explícito del presidente Donald Trump. Aquella despreciable performance ocurrida en febrero de 2018 es material de sociología avanzada, pero emite un mensaje terriblemente esclarecedor: la élite dominante ve como una amenaza a las minorías con ideas propias y visibilidad para exponerlas. Y James, como representación máxima de ese concepto, es altamente irritante.

¿Por qué un hombre que se preocupa por su comunidad y sirve a ella -tarea política que muchos funcionarios públicos olvidan- es de los personajes más odiados de esta época? ¿Se puede, de alguna manera, comprender este fenómeno desligándolo de lo racial? ¿No es este caso -magnificado a niveles mundiales por sus características- otro más en la triste historia del menosprecio y la discriminación? Quizás así, al bucear mucho más profundo de lo que supone una bronca deportiva, se puede llegar a la génesis del desprecio. Porque por mucho que se quiera ocultar, él es un negro exitoso en una sociedad ultraracista. Una que suele ver a los deportistas afroamericanos como mercancías y no considera justo que tengan decisión sobre dónde jugar o con quién hacerlo. Una que no tenía entre sus planes que un homeless de Akron construya un imperio empresarial y que, muy lejos de encerrarse en él, luche por los derechos de los olvidados en el rincón más oscuro. Tener el control de su vida y mostrarlo con orgullo es, en definitiva, lo que convierte a LeBron James en un blanco perfecto del odio irracional. Uno que pica la pelota como pocos en la historia, pero que definitivamente no se callará.

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