MANU VS MANU

Durante sus dieciséis temporadas en la NBA, Manu Ginobili ha conseguido completar una carrera de ensueño: cuatro campeonatos, un premio al Mejor Sexto Hombre y otros incontables reconocimientos individuales y colectivos que van más allá de los trofeos. Este camino, que lo llevará inevitablemente hasta las puertas del Salón de la Fama, fue transitado gracias al impulso del combustible que Ginobili utiliza desde sus primeros días con una pelota en las manos. Un simple concepto que engloba todo: competir. Pero no con el rival de enfrente, ni con el compañero de turno. Competir exclusivamente consigo mismo. Así, a partir de la reinvención constante y el consecuente quiebre de paradigmas, fue que el 20 de San Antonio ha conseguido permanecer en la élite hasta sus jóvenes 40 años.

Parece fácil. Pero el proceso no puede estar más alejado de ese simplismo. Su complejidad se acrecentó aún más en la NBA, donde en 2002 el mejor jugador de Europa era otro más que cruzaba el océano para probar suerte. Ginobili tuvo que guardar ese pergamino y ponerse el casco de obrero. Pudo mostrar sus credenciales y exigir más protagonismo. O volver a Italia, en donde nadie iba a poner en duda sus destrezas. Sin embargo, el competidor nato que lleva adentro le propuso redoblar la apuesta. Meses después de su llegada, el obrero estaba listo para trabajar cada noche. Y sus actuaciones pedían a gritos un ascenso.


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Manu Ginobili en su primer partido en la NBA. Foto: ESPN

Ya con el protagonismo de una estrella, Manu logró trasladar todo lo que había hecho en el Viejo Continente a un estadio más grande y con mayores dificultades. Además de la innegable ayuda de sus virtudes, lo hizo mediante una obsesiva ética de trabajo. Cuando otros pasaban por alto a sus rivales, él los estudiaba científicamente. Ni siquiera Gregg Popovich le exigía más de lo que él mismo se reclamaba. Derrumbar a Detroit en el último juego de las Finales de 2005 y eclipsar al joven pero amenazante LeBron James dos años más tarde son ejemplos de su consolidación entre los grandes.


NBA Finals Game 4: San Antonio Spurs v Detroit Pistons
El séptimo juego de las Finales de 2005 ante Detroit, uno de los partidos consagratorios de Manu. Foto: Getty Images

El tiempo pasa para todos. Incluso para Ginobili y sus Spurs. Un equipo que no se renueva muere. Y San Antonio requería de su presencia en un rol distinto al de los años previos. Uno menor, dirían algunos. Ante esa situación, jugadores con la mitad de sus conquistas han elegido partir hacia donde pudieran mantener su condición de estrella. No él. Una vez más, Manu retó a Ginobili. Los minutos iban a ser menos, pero no iba a dejar que su impacto en el juego se diluya por culpa de eso. Comenzó a observar las cosas que otros no ven. Los “intangibles”. Esos que están detrás de las estadísticas. De pronto, cada intervención suya, por más mínima que pareciera, le daba al equipo justo lo que necesitaba. Podía ser una defensa asfixiante a un rival que se suponía incontenible.  O la calma en una posesión definitoria. Tal vez, simplemente un esfuerzo por salvar una pelota que despertara al estadio y a sus compañeros. Daba igual. El efecto siempre fue el mismo.


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Feroz intento de Ginobili por robarle una pelota a Dame Lillard. Foto: USA TODAY

Decía Heráclito, filósofo griego, que lo único constante en esta vida es el cambio. Y para el bahiense no existe otra verdad. Nunca ha sido el más alto, ni el más fuerte, ni el más rápido (mucho menos ahora), pero sí se erige como uno de los seres más competitivos y  autoexigentes que haya pisado una cancha de básquet. Esa es la razón por la que disfrutaremos de una nueva y mejor versión de Manu Ginobili en cada una de sus próximas funciones.

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