NO HAY NADA MEJOR QUE CASA

No hay registros de que el gran Gustavo Cerati conozca la historia. Y muy probablemente el básquet no haya sido una de sus pasiones. Pero, dondequiera que esté, es seguro que coincide con Dwyane Wade en algo: no hay nada que se compare con estar en casa. Así lo escribió el músico argentino. Así lo demuestra la sonrisa del jugador, cada nuevo día que viste los colores de Miami.

Wade llegó a la NBA en 2003 sin ninguna conexión previa con la Vice City. Nació en Illnois, estudió en un secundario de Chicago y transitó su etapa de universitario en Milwaukee. Así, sin cita previa, el Heat lo seleccionó en la quinta posición del Draft y truncó lo que hubiese sido un romance asegurado con Chicago Bulls. Pero las historias de amor no son siempre previsibles. A veces, la chispa aparece en los lugares menos pensados. Y, desde su primer partido, Wade iluminó a Miami con su luz.


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Una luz que no podía darse el gusto de siquiera parpadear, porque en una franquicia sedienta de logros cualquiera que ocupe las vitrinas se convierte en el sol. Más aún si el que aterriza es Shaquille O’Neal, con tres títulos a cuestas y la premisa de que, con él, Miami se convertiría en la capital de la NBA. Pero no. Por mucho que intentara Shaq, allí ya tenían a su ciudadano ilustre, quien hazaña tras hazaña los convencería de que ningún jugador iba a representarlos mejor que él. Durante las Finales de 2006 mató cualquier duda: Dallas se creía campeón luego de ganar los dos primeros partidos, pero Wade sacó su orgullo a relucir y concretó una de las mejores actuaciones en la historia. En los siguiente cuatro encuentros anotó 42, 36, 43 y 36 puntos respectivamente y fulminó la serie. Aquellos días, en los que el MVP Finals fue tan solo un halago más, se ganó un lugar eterno en el corazón de la ciudad.


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Las siguientes fueron campañas de sequía, algo que no suele soportarse tras haber saboreado la gloria. Y aunque Wade encadenó participaciones en el All-Star, fue el máximo anotador de la NBA en una ocasión y se convirtió en el jugador con más puntos en la historia de la franquicia, comenzaron a pensar que necesitaba ayuda. Entonces a Flash le trajeron a la Liga de la Justicia. Primero arribó Chris Bosh. Luego, fue LeBron James quien aterrizó en Miami. Y como a todos los lugares donde va el de Akron desde que tiene 16 años, también lo hizo la tormenta mediática. Luego de conseguir sus dos primeros campeonatos, LeBron se fue como llegó: sin sentimientos por otra ciudad que no fuera Cleveland.


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Tiempos de gloria, temporadas de relleno y estrellas pasajeras. La única constante fue él. Pero ninguna historia es perfecta. Tras trece años de relación, la gerencia se olvidó de mirar hacia arriba y priorizó a los talentos emergentes. El teléfono de Wade sonó y el ídolo buscó refugio en su antigua casa. Tardó una temporada en reconocer que Chicago jamás sería lo que fue Miami. Tampoco Cleveland, donde intentó escribir un nuevo capítulo con su amigo pero se quedó sin tinta. El naufragio se terminó cuando un giro de timón en Ohio lo devolvió al lugar del que jamás quiso irse.

Ahora sonríe mientras juega. Los años han pasado, pero el ambiente aún se electrifica cuando él entra a la cancha. El tiempo se detiene con la pelota en sus manos. Y, cada vez que eleva su mirada hacia las gradas, Dwyane Wade confirma que no hay mejor sensación que la de estar en casa.

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