SER ETERNO

Una de las frases célebres de la encumbrada poeta estadounidense Emily Dickinson reza: “Para siempre está compuesto de ahoras.” Es un concepto que, aunque no encuentra su génesis en el deporte, describe con precisión la vida de los atletas. Como si de una deuda se tratara, un deportista necesita revalidarse en cada actuación. Muchas veces, la falta de memoria se traduce en crueldad: no importa que el pasado esté cubierto de logros. Una falla en el ahora suele opacar casi todo lo anterior. Por eso, hablar de eternidad en el deporte es remitirse a un selecto grupo de individuos que han encontrado la manera de reinventarse en el éxito constantemente.

Ser eterno no es ganar campeonatos. No lo es, tampoco, conseguir logros individuales. Que encuentres siempre la forma de ayudar a tu equipo no te hace eterno. Ni que te preocupe más el beneficio colectivo que el propio. Mantenerse en la élite del deporte durante décadas no te garantiza la eternidad. Los constantes elogios y reconocimientos de compañeros y rivales, tampoco. No serás eterno por ganar más que los otros, ni por hacerlo respetando los valores de la competencia. Romper récords no va alcanzar. E inventarlos no hará la diferencia. Tener una estatua no te convertirá en inmortal. No lo hará, tampoco, ser el espejo de millones que deciden caminar sobre tus pasos. En definitiva, ser eterno no se trata de lograr algo de eso, sino todo. Y reivindicarlo cada día de tu vida.

La eternidad no es un trabajo para cualquiera. Demanda un sacrificio que no muchos están dispuestos a ofrecer: dar el ejemplo continuamente. Desde hace más de veinte años, la historia del deporte argentino puede presumir de contar con un integrante de ese grupo minoritario. Alguien que siempre será más que ayer pero menos que mañana. El eterno Manu Ginobili.

 

 

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