SOMOS TESTIGOS DE LA HISTORIA (OTRA VEZ)

La NBA nos ha convertido en repetidoras de conceptos. Su constante espectacularidad permite que nos demos el lujo de desgastar algunos que, en otros escenarios, sólo utilizaríamos para algo verdaderamente único. Anoche, Klay Thompson decidió que el juego entre Golden State Warriors y Chicago Bulls era el momento propicio para una de sus típicas explosiones ofensivas y, en apenas 26 minutos, rompió el récord de triples en un partido al encestar catorce. 52 puntos en tres cuartos. Tan solo unas noches antes, su compañero Steph Curry -dueño de la marca que ayer quebró Thompson- había alcanzado una cifra similar: 51 puntos, once triples y a sentarse durante todo el último parcial. Somos testigos de la historia. La NBA lo hizo de nuevo.

Rozar la excelencia deportiva no es nada sencillo. Y eso ocurre esencialmente porque, en estos tiempos, ese éxito que se busca dentro de una cancha no puede existir sin una gestión acorde fuera de ella. Y, desde 2009, Golden State Warriors demuestra con sus actos que entiende a la perfección esa simbiosis. Fueron aciertos tras aciertos los que convirtieron a aquel equipo que transitaba las temporadas sin pena ni gloria en este, soberano absoluto de la NBA. Fallar es normal, mucho más de lo que nos quieren hacer creer. Sin embargo, los Warriors llevan casi una década riéndose de eso.

Con el barco apuntando hacia la dirección correcta, es necesario encontrar a alguien que sea capaz de hacerlo suyo sin desviarse del camino. Que sepa adaptar sus experiencias y conocimientos a una nueva forma de ganar. Que no peque de temerario, ni se desligue de sus responsabilidades. Ese fue y ese es Steve Kerr, entrenador y maestro en proporciones iguales.

Pero, por mucho que se planifique, sin materia prima no hay exito. Y en los deportes, el jugador es la esencia de todo. Para bien o para mal, el que decide y ejecuta. Miembros de una liga tan llena de talento como de egos, los Golden State Warriors han encontrado en su plantel el factor clave para convertir el éxito en una presencia recurrente. Y no es otro que el sentido de equipo. Podemos quedarnos con la unicidad de Curry, la eficacia de Thompson o con ese ridículo arsenal de recursos llamado Kevin Durant, pero nada explica mejor el dominio de este grupo que la realidad de que todos ellos se sienten compañeros antes que estrellas. Engranajes de algo superior, que va mucho más allá de sus individualidades. Y mientras eso se mantenga, los Warriors continuarán escribiendo páginas doradas en el libro de este juego.

La NBA nos obliga a repetir conceptos: somos testigos de la historia. Aunque, esta vez, sólo se puede contar apropiadamente en forma de equipo.

Por Leandro Carranza.

Escrito por Crossover

Básquet y algo (mucho) más.

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