ODIO A LEBRON JAMES

Camisetas quemadas en su tierra prometida. Millones de críticos que se centran en su egocentrismo, a pesar de sus reiteradas contribuciones a la sociedad. Presidentes, periodistas y otras tantas voces de la opinión pública que minimizan su figura al punto de asegurar que lo único que puede hacer es picar una pelota.

LeBron James es uno de los deportistas más influyentes de la historia y, al mismo tiempo, el target más codiciado del odio colectivo en estos tiempos. ¿Por qué? En CROSSOVER, tratamos de explicarlo mientras emprendemos un viaje a través de su camino.

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«El genio es una entidad como la naturaleza, y quiere, como ésta, ser aceptado pura y simplemente. Una montaña se toma o se deja. ¡Hay gente que hace la crítica del Himalaya piedra por piedra! Todo en el genio tiene su razón de ser. Es porque es. Su nombre es el reverso de su luz. Su fuego es una consecuencia de su llama. Su precipicio es la condición de su altura», enunció alguna vez el legendario poeta, escritor y dramaturgo francés Víctor Hugo. Dentro de tan potente descripción de la genialidad, se pueden encontrar pasajes que encajan como propios en múltiples historias del deporte.

LeBron James, que reúne los requisitos necesarios para ser considerado un genio deportivo, no escapa ni mucho menos a lo que Hugo pensaba de estos unos trescientos años atrás. LeBron es porque es, pero también porque fue. Su pasado, tal vez como con tantos otros, ha moldeado su figura hasta definirla por completo. Esa llama que supuso su infancia curtió su cuero y encendió el fuego de su vida, una oda a la superación constante. Y, si bien estas leyendas conmueven por la distancia que hay entre el lugar de donde salieron y el que hoy los cobija, también incita al desprecio. Sentimiento cobarde, claro está, cuando su combustible es el resentimiento por lo que el otro pudo conseguir. Como la de cualquier otra superestrella, la carrera de LeBron ha tenido picos de glorificación. También -y quizás en mayor medida- los ha tenido de odio, de minimización y de regocijo ante algunos de sus tropiezos.

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Hasta ahí, lo que este mundillo se ha resignado a entender como «normal»: quitarle mérito a los logros del otro como si eso engrandeciera a tus ídolos, festejar sus derrotas como triunfos propios, despreciar al mejor rival a causa de un miedo encubierto y tantas otras miserias. Pero no. No alcanza. De ninguna manera podemos afirmar que el odio a LeBron James comprende sólo lo que sucede allí, dentro de una cancha. Como a casi ninguna figuras deportiva, el concepto de hateo se ha adosado a todos sus pasos y el campo de acción de estas termitas del rencor que lo profesan se ha extendido hasta la esencia más privada de su persona. Por momentos, James es un polígono de tiro. No importa si su equipo ganó un campeonato, si él rompió un récord o si acaba de fundar una escuela para niños necesitados, siempre habrá alguien que encontrará -o mucho peor- inventará argumentos para el «pero…»

Podemos, quizás, trazar un antes y un después en lo que respecta a este fenómeno gracias a un momento en concreto. Desde que aquel muchacho del instituto Saint Vincent-Saint Mary comenzó a tomar trascendencia a nivel nacional, todo lo que lo rodeara era transmitido, cubierto, publicado y analizado. Siendo de Akron, la elección de Cleveland en el Draft de 2003 se entendió como la llegada del hijo pródigo que iba a romper el maleficio que recaía sobre las vitrinas del deporte en Ohio. El nivel de ansiedad y excitación era tal que siete años, una aparición en las NBA Finals y dos MVPs de temporada después, el principal culpable de que los Cavaliers no consiguieran el tan anhelado campeonato se llamaba LeBron James. Y, tras meses de reflexión y lucha interna, llegó el día en el que la joven estrella pasó de ser criticado deportivamente a convertirse en el Judas de la NBA.

«Esto es muy duro», repetía LeBron una y otra vez antes de afirmar frente a 13,1 millones de televidentes que dejaría Cleveland para unirse al Miami Heat. Detrás de aquel especial de ESPN conocido como The Decision estaba la intención de James de explicar, en primera persona, por qué elegía irse. Lo sentía más humano que un anuncio oficial, blanco sobre negro. Cuando su entorno más cercano le presentó la idea de hacerlo en el primetime y a través de una cadena mundial, él puso una condición excluyente: lo recaudado era para ayudar a la comunidad. Y así fue. Se destinaron 2,5 millones de dólares para Boys and Girls Club of America, organización estadounidense que diseña programas de complemento escolar para jóvenes de todo el país. Además, otros 3,5 millones recaudados por ingresos publicitarios fueron donados a diferentes causas benéficas. Nada de eso tuvo la repercusión que sí le dieron los medios al odio generalizado. Se había desatado una carnicería que incluía tanto a fans desamparados como a periodistas y directivos.

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Repasar las tapas y los programas de aquel mes nos permite entender dos cosas: que el producto LBJ es extremadamente vendible y que los medios de comunicación son grandes generadores de violencia. LeBron ya no era el hijo pródigo, sino un traidor hijo de puta. O mejor dicho SON OF A BEACH, como tituló su portada el New York Post al ver que el mejor jugador del momento no llegaría a los Knicks. Tampoco era King James. Ahora, según el GM Dan Gilbert, era un «autoproclamado falso Rey que no significaba nada más para los chicos que un mal ejemplo.» Y no acababa ahí: «No se preocupen. Se llevará la maldición a South Beach y Cleveland ganará un campeonato antes que él.»

En todo momento y desde todos los rincones, se vendió -porque, en definitiva, también se compraba- que James era un hombre sin sentimientos más que un profundo egocentrismo que había dejado huérfana a una comunidad para alimentar su ambición. En el plano deportivo, leyendas como Michael Jordan o Magic Johnson bajaron un mensaje claro: ellos jamás se habrían unido a otras estrellas para ganar. Muy por debajo de esa superficie de carroñeros, lo real: que LeBron decidiera buscar un campeonato tras arrastrar siete años a un equipo totalmente dependiente de sus actuaciones no le hacía olvidar, ni por un segundo, de dónde había salido.

Contrariamente al relato dominante, su involucramiento en los problemas sociales de la zona era cada vez mayor. Donaciones a escuelas que ascienden a 41 millones de dólares. Programas ideados por su fundación que enfocan su energía en mejorar el proceso escolar de los jóvenes. Gran parte de esas iniciativas no salían a la luz por el temor del propio LeBron a que esto se entendiera como limosna. Pero no. Sea lo que fuera, él siempre estuvo encima. Y, a medida que aumentaban, sus intervenciones se abrían un hueco entre las noticias. En agosto de 2011, su fundación inauguró un Boys and Girls Club en uno de esos barrios de Akron en los que pasó su infancia. También aportó 240,000 dólares para reacondicionar el descuidado Joy Park Community Center, un punto neurálgico en la vida social del área. Cuando le preguntaban, casi siempre respondía lo mismo: «Todavía falta mucho. Es necesario que le devuelva aún más a mi comunidad.»

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El primer año de James en el Heat provocó lo mismo que provoca lanzar un barril de gasolina al fuego. En temporada regular, Miami registró el tercer mejor récord de la NBA, sólo por detrás de San Antonio Spurs y de los Chicago Bulls del MVP Derrick Rose. Aunque la conformación del Big Three y el hype creado entorno a ello hacía ver lo bueno como regular y lo regular como malo, transitaron los Playoffs sin sobresaltos: 4-1 a Philadelphia 76ers, a Boston Celtics y a los mencionados Bulls en las Finales de Conferencia.

LeBron aterrizaba nuevamente en las NBA Finals y todo lo que no fuera ganar iba a ser visto como un fracaso. Y no tanto como uno colectivo, sino más bien como algo que pertenecía especialmente a él. Así fue. Durante los partidos definitorios, James mostró su versión más descafeinada (17,8 puntos por juego) y Dallas Mavericks se aprovechó de eso para reventar los sueños del primer anillo. Porque de esa manera se cubrió la noticia en aquellos días. No era la sorpresiva derrota del Heat y su constelación de estrellas lo que vendía, sino el supuesto maleficio que merodeaba alrededor de ese muchacho llamado a ser El Elegido.

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Al mote de traidor se le sumó el de fiasco. Luego del traspié en aquellas Finales, LeBron fue azotado mediáticamente incluso hasta por ir a entrenar con una sonrisa en el rostro. No es broma. Durante el lockout de 2011, el periodista Stephen A. Smith improvisó un intento de despedazamiento a su legado: «Es como si quisiera ser coronado sin haber ganado nada. Perder esas NBA Finals de la manera que lo hizo y volver con una sonrisa en su cara es algo que no entiendo. Los campeones no hacen eso.» 

Y James sabía que su juego no había estado a la altura de su grandeza. Fue el primero en reconocer que no había realizado ni una «jugada que cambie el juego» durante toda la serie. Por primera vez en su carrera, empezaba a sufrir las consecuencias de haber sido catalogado como algo que no era: «Me encerré en mi casa y no vi a nadie por dos semanas después de la derrota. Fue una de las cosas más duras que viví. La gente piensa que soy el villano y yo, que sé que no soy esa persona, pasé de jugar con felicidad a hacerlo con ira.» Pero no había escapatoria. Y, durante los próximos tres años, tuvo que aferrarse a ese sentimiento. Dentro de la cancha, claro. Fuera de ella, LeBron seguía siendo el joven adulto que veía al mundo cada vez con mayor claridad.

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Dos campeonatos, dos MVPs de temporada regular y dos MVP Finals. Entre 2012 y 2013, consiguió todo lo que había ido a buscar a South Beach. Aquellos años de escrutinio interno habían terminado. No así las críticas, que siempre encontraban alguna chispa para prender la llama del odio que tanto dinero mueve. Pero, esta vez, LeBron estaba entero. Había madurado como jugador, pero mucho más como persona. Entendía mejor que nadie la maquinaria del desprecio que se había montado sobre su figura y optaba por responder con paz: «Es lo que es. No puedes manejarlo. Sin embargo, cualquier crítica pierde importancia cuando te pones a pensar que yo no debería estar aquí. Es así. Si miramos las estadísticas, no se supone que alguien como yo llegue a esto. Estoy bendecido. Eso es todo lo que vale.» 

LeBron había crecido, sí, pero nunca dejó de ser un niño de Akron. Y ya había cumplido todas las metas que se había trazado en su carrera, excepto una: romper la sequía de títulos que atormentaba a Cleveland desde 1964. La derrota en las NBA Finals de 2014 a manos de esos históricos Spurs de Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginobili y Kawhi Leonard terminó de convencerlo. Era hora de volver a casa. Entonces, el villano empezó a ver como el discurso comenzaba a cambiar de foco.

«Algunas personas vinieron a decirme que debía hacer lo que me hiciera feliz. Y yo creo que sí, pero también creo que debo hacer lo que haga feliz a mi ciudad, a mi estado. Por eso estoy aquí. Los amo, he vuelto.» Ante 30,000 personas, el hijo pródigo vivía su redención. Una que jamás debió necesitar, pero que llegaba como un abrazo al alma.

Durante sus años en Cleveland, su impacto social se acrecentó al máximo. LeBron se convirtió en la voz de la lucha por la igualdad. Denuncias contra el abuso policial, declaraciones que hacían reflexionar sobre el alarmante grado de racismo que actualmente vive la sociedad estadounidense, protestas contra la portación de armas y plantadas ante el horror. Y ese horror, o más bien quienes lo profesan, lo ubicaron como el enemigo principal. Nacía su versión activista. Esa que, tal vez, causa más odio que ninguna otra. Desde entonces, James usa su fama para que el mundo escuche a los que no tienen voz. Y para ciertas esferas del poder, no hay peor pecado que hacer visibles a los silenciados. Mucho más si el que lo hace es uno de ellos, un número en rojo entre las estadísticas. Alguien que, como siempre recalca el propio LeBron, no debería estar en donde está. 

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Pero volvamos a lo estrictamente deportivo. Desde 2011, el equipo del Este que había llegado a la cita máxima de la NBA contaba con James en su plantilla. Como era de esperarse, los Cavaliers gozaron del mismo destino en todas las temporadas seguidas a su regreso. Sin embargo, las NBA Finals de 2015 supusieron otro bocado para los detractores del Rey. Golden State Warriors celebró en el duelo entre «franquicias malditas» y la gerencia de los CAVS decidió echar al entrenador David Blatt durante el mes de enero de la campaña siguiente. A estas alturas, no era trabajo de un detective descubrir a quién culparía la opinión pública. Se utilizó la influencia de LeBron en la organización y la posterior elección de Tyronn Lue (su amigo) como reemplazo para establecer que una orden suya causó la destitución. Pese a que el mismo Blatt declaró en 2018 que no se sintió desplazado por James, el mote de echa-técnicos aún persigue a la figura del 23.

Si el odio vende, también lo hace la épica. Y quizás no haya otra palabra que describa mejor la actuación de Cleveland en las Finales de 2016. Todo amante del básquet sabe lo que sucedió: esos Warriors, que habían firmado el mejor récord de temporada en la historia de la NBA, tomaron la delantera por 3-1 en la serie. En 70 años de competencia, ningún equipo había remontado una desventaja semejante durante un cruce por el campeonato. Contra todo pronóstico, LeBron James tomó las riendas del destino y estampó su sello en las páginas doradas del juego al liderar a los Cavaliers hacia el tan ansiado título. Por primera y única vez en su carrera, la aceptación era total. Parte de los medios, expertos en agigantar las cosas, daban por hecho su ascenso hacia el trono de mejor jugador de todos los tiempos. Ahora, el término King parecía insuficiente, y quien poco tiempo atrás había sido tirado a la hoguera era exaltado hasta convertirse en una especie de divinidad. No más críticas infundadas. No más odio visceral. Estaba claro: no iba a durar mucho. Y hay múltiples ejemplos -tanto en sus siguientes años en Cleveland como en su nueva etapa con Los Angeles Lakers- que lo confirman. Pero, para LeBron, nada más importaba. En el interior, el círculo se había cerrado. 

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Detrás del éxito deportivo, su impacto socio-cultural era ya imposible de dimensionar. Lejos de ignorarlo, siguió por la misma senda de siempre. Mejorar la vida de los otros, al punto de que nadie más que ellos controlen su destino. Y por allanarle el camino a los que sufrieron lo que él sufrió de niño, por pronuciarse en tópicos tabú para los atletas, por creer firmemente que su papel iba más allá de lo que hiciera dentro de una cancha, LeBron se ganó el odio más peligroso y dañino de todos: el del poder.

«Esto es lo que pasa cuando intentas dejar la secundaria un año antes para unirte a la NBA. LeBron y KD, ustedes son grandes jugadores. Cállense y piquen la pelota.» La editorial de Laura Ingraham, periodista de Fox News, explotaba como una bomba de realismo puro. Segregación del Siglo XXI. ¿La causa? El discurso crítico de dos superestrellas deportivas -pero, particularmente, de LeBron- ante el racismo explícito del presidente Donald Trump. Aquella despreciable performance ocurrida en febrero de 2018 es material de sociología avanzada, pero emite un mensaje terriblemente esclarecedor: la élite dominante ve como una amenaza a las minorías con ideas propias y visibilidad para exponerlas. Y James, como representación máxima de ese concepto, es altamente irritante.

¿Por qué un hombre que se preocupa por su comunidad y sirve a ella -tarea política que muchos funcionarios públicos olvidan- es de los personajes más odiados de esta época? ¿Se puede, de alguna manera, comprender este fenómeno desligándolo de lo racial? ¿No es este caso -magnificado a niveles mundiales por sus características- otro más en la triste historia del menosprecio y la discriminación? Quizás así, al bucear mucho más profundo de lo que supone una bronca deportiva, se puede llegar a la génesis del desprecio. Porque por mucho que se quiera ocultar, él es un negro exitoso en una sociedad ultraracista. Una que suele ver a los deportistas afroamericanos como mercancías y no considera justo que tengan decisión sobre dónde jugar o con quién hacerlo. Una que no tenía entre sus planes que un homeless de Akron construya un imperio empresarial y que, muy lejos de encerrarse en él, luche por los derechos de los olvidados en el rincón más oscuro. Tener el control de su vida y mostrarlo con orgullo es, en definitiva, lo que convierte a LeBron James en un blanco perfecto del odio irracional. Uno que pica la pelota como pocos en la historia, pero que definitivamente no se callará.

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LARGA VIDA AL REY

La carrera de LeBron James es uno de los procesos deportivos más documentados en la historia. Cada acción, cada movimiento del Rey sobre una cancha está grabado y quedará para siempre en los archivos. Viajamos a 2003, cuando aquel joven que deslumbró en el secundario pisó por primera vez la mejor liga del mundo.

«SENTÍ QUE ERA EL GOAT»

A pesar de ser considerado uno de los más grandes jugadores de todos los tiempos y contar con un palmares que avala esas consideraciones, LeBron James no es alguien que suela autoproclamarse como el mejor. Sin embargo, asegura que hubo un momento de su carrera en el que sintió, por primera vez, que se había convertido en el GOAT.

* Extracto de More Than An Athlete, producción de Uninterrupted para ESPN+

EL PRIMER ALUMNO

LeBron James. Tracy McGrady. Kobe Bryant. Kevin Garnett. Moses Malone. Todos ellos, talentos incuestionables, decidieron saltarse la universidad para pasar directo de la secundaria al profesionalismo. Y cada uno de estos jugadores debería agradecerle al joven que lo hizo cuando nadie lo creía posible: Spencer Haywood. Esta es su historia.

ZION WILLIAMSON

En la Era de la comunicación masiva, muchos jugadores se han vuelto famosos -o mejor dicho virales- por vídeos en los que demuestran sus espectaculares cualidades atléticas a través de volcadas violentas. Zion Williamson es, quizás, la mejor representación de este concepto. Sus vuelos hacia el aro son moneda corriente en las redes sociales de cualquier amante del básquet. Sin embargo, ninguno de esos vídeos alcanza para definir a quien se exhibe como una de las mayores promesas que se hayan visto en el último tiempo. Pero, para conocerlo, mejor viajemos a su pasado.

MÁS QUE UN ATLETA

LeBron James entiende mejor que nadie su rol en la sociedad. Ser uno de los deportistas más exitosos del mundo no sólo trae aparejado éxitos y reconocimiento en su disciplina, sino la posibilidad de ser escuchado por las masas y de tener los recursos para generar un cambio en la sociedad. A diferencia de muchas otras estrellas de su calibre, LeBron acepta la responsabilidad que esto conlleva. Lo hace con un compromiso inusual, porque conoce el otro lado de la valla. Comprende. Recuerda. Ni los millones, ni las mansiones, ni los autos caros borrarán de su memoria aquella dura infancia en Akron, en la que poder establecerse en una casa era el lujo más grande de todos.

La inauguración de «I PROMISE», una escuela en su pueblo natal para chicos con riesgo de exclusión social, es otra muestra de su capacidad de impacto. Pero LeBron no se queda con eso. Usa su palabra para convencer a otras figuras de hacer lo mismo. Porque, como dice él mismo, esta es una oportunidad inacabable.

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Kobe Bryant supo, durante toda su carrera, que ser el mejor significa aprender constantemente. Y, en este vídeo, explica a la perfección por qué el pasado es una fuente de inspiración y aprendizaje inagotable y necesaria para construir el presente y el futuro.

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EL NUEVO CAPÍTULO

La NBA vuelve a recibir un impacto de la magnitud que sólo las superestrellas pueden provocar: LeBron James jugará en Los Angeles Lakers. El Rey se une a un listado de estrellas que han vestido la púrpura y dorada y que va desde Elgin Baylor, Wilt Chamberlain y Jerry West hasta Magic Johnson, Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Pero, ¿por qué LeBron eligió Los Angeles como su destino, por encima de otros como Philadelphia, Houston o San Antonio? Enterate.

LA DECISIÓN 2.0

La temporada de LeBron James ha terminado. En ella, ha demostrado que todavía es capaz de dominar la NBA. Sin embargo, las pruebas evidencian que ese dominio individual no es suficiente como para alcanzar otro título. Golden State es demasiado, incluso para el mejor jugador del mundo.

Casi ocho años después de aquella decisión de irse de Cleveland para alcanzar la gloria en Miami, LeBron deberá definir qué hará con su futuro. Y, a esta altura, los posibles destinos se cuentan con los dedos de una mano.

LA DINASTÍA

A lo largo de su historia, la NBA se ha engrandecido con equipos que marcan una época al ejercer un dominio casi absoluto en el juego. Y, a partir de 2018, es preciso afirmar que otra constelación de estrellas se erige como la nueva dinastía: los Golden State Warriors. Este equipo, dirigido con majestuosidad por Steve Kerr y liderado en la cancha por Steph Curry y Kevin Durant, ha conseguido el quinto título de la franquicia, el tercero en cuatro temporadas y el segundo consecutivo. Piezas imprescindibles como Draymond Green, Klay Thompson, Andre Iguodala y un plantel de especialistas completan al campeón reinante de la NBA, una de las mayores expresiones de dominio que este deporte haya visto en los últimos tiempos.

 

DONDE NACEN LAS LEYENDAS

Las definiciones son aquellas instancias en las que prevalecen esos jugadores que nacen para triunfar: tiros decisivos, remontadas históricas y físicos exigidos al máximo. Desde Magic Johnson y Michael Jordan hasta Ray Allen y Paul Pierce, en CROSSOVER les traemos las más grandes jugadas en la historia de las NBA Finals. Que lo disfruten.

Y KD LO VOLVIÓ A HACER

Golden State Warriors ya era un equipo estupendo sin Kevin Durant. En el campeonato de 2015 y la temporada del año siguiente se pueden encontrar argumentos necesarios para asegurar que ese plantel podría conseguir más títulos sin la presencia del 35. Pero lo tiene. Y, con KD defendiendo a la Bahía, los Warriors son prácticamente inalcanzables para cualquier otra franquicia. El tercer juego de estas NBA Finals encontró a Cleveland como pocas veces en estos Playoffs: ejerciendo funciones colectivas, respaldando a su estrella cuando es necesario. Para colmo, Steph Curry vivió la noche como una pesadilla individual y aquel torbellino anotador de los juegos anteriores se secó por completo en Ohio. Todo parecía indicar que, finalmente, había llegado la hora de los Cavaliers. O al menos lo hubiera sido, si Golden State no contara con Durant: 43 puntos, 13 rebotes, siete asistencias y el triunfo -y quizás la serie- en el bolsillo. Las pruebas son claras y reiteradas. La NBA está ante uno de los mejores equipos de todos los tiempos.

LA REVOLUCIÓN ATACA DE NUEVO

Luego del caótico final del primer juego, Golden State Warriors exhibió uno de los porqués de su éxito. Steph Curry dominó el segundo juego de las NBA Finals como sólo él y su equipo pueden hacerlo, rompió el récord de más triples en la historia de esta instancia con nueve anotaciones (Ray Allen había marcado ocho en 2010) y se puso en la cima de los candidatos al MVP Finals. La serie se mudará a Cleveland, pero los Cavaliers deberán imponer más que la localía para ganar el próximo encuentro y meterse en la competencia por el campeonato.

CONTRA PROPIOS Y EXTRAÑOS

Últimamente, una actuación sobresaliente de LeBron James no corresponde necesariamente a una victoria de Cleveland Cavaliers. Es que, muchas veces, el 23 debe luchar contra las virtudes de sus rivales y lidiar con los errores de sus compañeros. Sumó 51 puntos, ocho rebotes y ocho asistencias y todo parecía mágico: a falta de pocos segundos y abajo en el marcador por un punto, los CAVS tenían la oportunidad de ponerse al frente si George Hill anotaba los dos tiros libres. Metió el primero, pero falló el último. El partido le dio una segunda oportunidad a los visitantes: la pelota le cayó a J.R. Smith, a pocos metros del aro. Y allí fue cuando la confusión se apoderó de la escena. El perimetral prescindió del tiro, salió de la pintura y comenzó a correr en busca de una falta o de agotar el tiempo del reloj, creyendo que su equipo ganaba por la mínima. Final del juego y tiempo suplementario. Ya no hubo otra chance para Cleveland. La primera victoria de estas NBA Finals quedó en manos de Golden State Warriors. Y la imagen de LeBron, casi pidiéndole explicaciones a su compañero, quedará en la historia.

«CLEVELAND, ESTO ES PARA USTEDES»

Suelen decir que nadie es profeta en su tierra. Y, hasta 2016, esa frase se podía aplicar a la carrera de LeBron James. El Rey se fue de Cleveland seis años antes, en la búsqueda de un campeonato. «La Decisión», como se le llamó a esa ida hacia Miami, convirtió a LeBron en un villano. En Ohio quemaron sus camisetas y el que era la salvación pasó a ser un simple traidor.

Cinco años y dos campeonatos después, James volvió a su tierra como un jugador total, y las chances de levantar por fin el título enterraron el resentimiento del público. El primer intento resultó fallido. Y el segundo parecía tener el mismo final. Pero LeBron sacó a relucir su condición de leyenda, lideró a Cleveland en una remontada histórica y le dio a la franquicia su primer campeonato de la NBA. Nada mal para un niño de Akron…

EL INICIO DE LA MÁQUINA

Las NBA Finals del 2015 supusieron el primero de los tres -y próximamente cuatro- enfrentamientos entre Golden State Warriors y Cleveland Cavaliers. El regreso de LeBron James generó una expectativa de campeonato en Ohio, mientras que en San Francisco se gestaba uno de los mejores equipos de la historia. Finalmente, fueron los dirigidos por Steve Kerr quienes se alzaron con el título luego de cuarenta años de sequía. Con Stephen Curry como líder y estrella y un equipo virtuoso rodeándolo, Golden State inició con ese logro un dominio en la NBA. Y, en CROSSOVER, te traemos la película completa de aquellas Finales.

LOS VIAJES DEL REY

Desde hace ocho temporadas, en la Conferencia del Este hay una ley que se mantiene inalterable: contar con LeBron James es un pase directo a las NBA Finals. Año tras año, las demás franquicias que prescinden del Rey han encarado la postemporada con la idea de destronarlo como meta final. Todas han fallado en el intento. Estos Playoffs no son la excepción. Y LeBron, esta vez en Cleveland, disputará nuevamente una definición del campeonato. Otro hito en su carrera, que inevitablemente se ubicará para siempre entre las más impresionantes en la historia del deporte.

UN NIÑO DE AKRON

Sentado en el piso de uno de los once apartamentos en los que vivió durante su infancia, LeBron James quizá imaginó su destino. Los campeonatos, la fama, los contratos millonarios y el reconocimiento mundial. Pero, antes de que todo suceda, ese sueño era tan sólo una forma de escaparle a aquel presente. Como James, muchos niños de Akron sueñan despiertos para colorear un paisaje oscuro, teñido por la pobreza y por los peligros de la calle. Desde su condición de estrella y de hombre maduro, pero más desde ese niño que sufrió lo mismo, que creció sin un padre y sintió la crudeza de la vida es que LeBron James le habla a los niños de su ciudad, un lugar del que jamás se olvidará.

LAS SENTENCIAS DEL REY

Una de las tantas críticas disparadas hacia LeBron James en el momento de las comparaciones con leyendas como Michael Jordan o Kobe Bryant es la de su ausencia en los segundos definitorios de un partido. El clutch, como suelen decirle en la NBA. Sin embargo, hay demasiadas pruebas para demostrar que el Rey es sumamente certero a la hora de cerrar un juego y que, a pesar de los prejuicios, no le tiembla el pulso cuando la última acción lleva su nombre.

BEN SIMMONS

«Él es uno de esos jugadores que aparecen una vez en la década. O en la vida. Cuando está en la cancha, es capaz de mejorar a sus compañeros al instante.» Si Julius Erving se pronuncia así sobre un novato, no hay mucho que hacer. Y, cuando se trata de Ben Simmons, no es sólo el Doctor J quien se deshace en elogios. Es que el australiano se ha convertido en uno de los mejores Rookies de la historia, y ni siquiera llegó a su techo. Pero, ¿Simmons siempre jugó al básquet? ¿De dónde viene? ¿Cómo es su familia?

Un talento enorme, con un pasado más que interesante. Descubrilo, en otra edición de Historias del Futuro.

CUNA DE ESTRELLAS

Algunas historias de la NBA suelen confundirse con fantasías. Y, aunque esta parezca sacada de un cuento, no dice más que la verdad. Es que la idea de que los líderes de las franquicias que se disputan el trono de la liga desde hace tres temporadas hayan nacido en el mismo hospital suena insólita, pero es cierta. El Summa City Hospital de Akron, Ohio, fue testigo del nacimiento de dos superestrellas de este deporte: LeBron James y Steph Curry. Tanto el 23 de Cleveland Cavaliers y el 30 de Golden State Warriors llegaron al mundo en este edifico, con 39 meses de diferencia. Quién diría que, tres décadas más tarde, estarían eligiendo jugadores para enfrentar a sus quintetos en el All-Star Game. Sólo en la NBA.

DEVIN BOOKER

Apenas seis jugadores en la historia de la NBA han logrado anotar 70 o más puntos en un partido. Devin Booker, la decimotercera elección del Draft 2015, es el más joven en conseguirlo. Lo hizo con tan solo 21 años, ante Boston y en el mítico TD Garden. El escolta de Phoenix es también el tercer hombre que más rápido alcanza los 4,000 puntos en su carrera: por delante sólo están Kevin Durant y LeBron James, confesos fanáticos de su juego.

El futuro de Booker es inmenso. Su pasado, un largo camino hacia la excelencia. Descubrilo, en otra edición de Historias del Futuro.

UNA DE ESAS NOCHES

LeBron James ha sido el jugador más dominante de la NBA durante más de una década. Y, en su decimoquinta temporada, ha demostrado que aún sigue siéndolo. Pero todos (y principalmente los mejores) deben encontrar a alguien para, en un futuro cercano o lejano, pasarle el testigo. Lo han hecho Magic Johnson y Larry Bird con Michael Jordan. Lo tuvo que hacer el propio Jordan con Kobe Bryant. El fin es descubrir a un genuino heredero de ese dominio del juego. Y desde anoche, LeBron sabe que su elección fue tan certera como todo lo que hace en una cancha: Ben Simmons será el próximo rey de la NBA.

Cleveland y Philadelphia se disputarán el tercer puesto de la Conferencia Este hasta el final de la temporada regular. Hoy parece lógico, pero dos años atrás hubiese sido imposible de imaginar. Las apariciones de Joel Embiid y de Simmons han transformado a los 76ers en una potencia. Y ayer, sin el camerunés y frente al idolo de toda su vida, el australiano exhibió argumentos de sobra para justificar el famoso proceso. Es que el 25 fue capaz de dominar el juego con una facilidad pocas veces vista. Todas sus intervenciones fueron fundamentales. Que haya registrado el triple-doble numero doce de su carrera es una muestra de esa omnipotencia.

Pero del otro lado estaba LeBron. Y nada es fácil de conseguir cuando él se interpone en el camino. El cuatro veces MVP sumó otro triple-doble en el intento de consumar una remontada épica. Los Cavaliers acortaron la ventaja -que llegó a ser de 23 puntos- y dieron pelea hasta los segundos finales, pero tanto el triunfo por 132-130 como la tercera posición del Este se quedaron en Philadelphia.

Al final del partido, ambos se fundieron en un abrazo fraternal. Cierta vez, LeBron le dijo a Simmons que tendría la chance de ser incluso mejor que él. Apresurarse de esa forma tal vez confunda el mensaje: los separan muchos años de experiencia, tres campeonatos y casi 30,000 puntos. Pero hay momentos que no se explican con estadísticas o trofeos. Y la de ayer fue una de esas noches en las que las leyendas del presente reconocen a los dueños del mañana.