EL GUANTE

El único base ganador del premio al Mejor Defensor del Año en la historia de la NBA debía ser alguien rudo, listo para incomodar al rival a través de todos los medios posibles. Y nadie encastraba mejor con esa descripción que Gary Payton. Fuera un novato o Michael Jordan, el ídolo de Seattle no se dejaba intimidar por su contrincante. Así, forjó una carrera que encontró un merecido lugar en el Hall of Fame. Y esta es su historia.

CONTRA LA MAREA

La carrera de Alonzo Mourning es una descripción perfecta de lo que significa «sacrificio»: no sólo por su estilo de juego, tan combativo como inteligente, sino por su tenaz lucha contra una enfermedad renal que casi lo deja sin básquet y sin vida. También por volver, y por alcanzar la gloria catorce años después de llegar a la NBA.

ODIO A LEBRON JAMES

Camisetas quemadas en su tierra prometida. Millones de críticos que se centran en su egocentrismo, a pesar de sus reiteradas contribuciones a la sociedad. Presidentes, periodistas y otras tantas voces de la opinión pública que minimizan su figura al punto de asegurar que lo único que puede hacer es picar una pelota.

LeBron James es uno de los deportistas más influyentes de la historia y, al mismo tiempo, el target más codiciado del odio colectivo en estos tiempos. ¿Por qué? En CROSSOVER, tratamos de explicarlo mientras emprendemos un viaje a través de su camino.

untitled


«El genio es una entidad como la naturaleza, y quiere, como ésta, ser aceptado pura y simplemente. Una montaña se toma o se deja. ¡Hay gente que hace la crítica del Himalaya piedra por piedra! Todo en el genio tiene su razón de ser. Es porque es. Su nombre es el reverso de su luz. Su fuego es una consecuencia de su llama. Su precipicio es la condición de su altura», enunció alguna vez el legendario poeta, escritor y dramaturgo francés Víctor Hugo. Dentro de tan potente descripción de la genialidad, se pueden encontrar pasajes que encajan como propios en múltiples historias del deporte.

LeBron James, que reúne los requisitos necesarios para ser considerado un genio deportivo, no escapa ni mucho menos a lo que Hugo pensaba de estos unos trescientos años atrás. LeBron es porque es, pero también porque fue. Su pasado, tal vez como con tantos otros, ha moldeado su figura hasta definirla por completo. Esa llama que supuso su infancia curtió su cuero y encendió el fuego de su vida, una oda a la superación constante. Y, si bien estas leyendas conmueven por la distancia que hay entre el lugar de donde salieron y el que hoy los cobija, también incita al desprecio. Sentimiento cobarde, claro está, cuando su combustible es el resentimiento por lo que el otro pudo conseguir. Como la de cualquier otra superestrella, la carrera de LeBron ha tenido picos de glorificación. También -y quizás en mayor medida- los ha tenido de odio, de minimización y de regocijo ante algunos de sus tropiezos.

Captura.png

Hasta ahí, lo que este mundillo se ha resignado a entender como «normal»: quitarle mérito a los logros del otro como si eso engrandeciera a tus ídolos, festejar sus derrotas como triunfos propios, despreciar al mejor rival a causa de un miedo encubierto y tantas otras miserias. Pero no. No alcanza. De ninguna manera podemos afirmar que el odio a LeBron James comprende sólo lo que sucede allí, dentro de una cancha. Como a casi ninguna figuras deportiva, el concepto de hateo se ha adosado a todos sus pasos y el campo de acción de estas termitas del rencor que lo profesan se ha extendido hasta la esencia más privada de su persona. Por momentos, James es un polígono de tiro. No importa si su equipo ganó un campeonato, si él rompió un récord o si acaba de fundar una escuela para niños necesitados, siempre habrá alguien que encontrará -o mucho peor- inventará argumentos para el «pero…»

Podemos, quizás, trazar un antes y un después en lo que respecta a este fenómeno gracias a un momento en concreto. Desde que aquel muchacho del instituto Saint Vincent-Saint Mary comenzó a tomar trascendencia a nivel nacional, todo lo que lo rodeara era transmitido, cubierto, publicado y analizado. Siendo de Akron, la elección de Cleveland en el Draft de 2003 se entendió como la llegada del hijo pródigo que iba a romper el maleficio que recaía sobre las vitrinas del deporte en Ohio. El nivel de ansiedad y excitación era tal que siete años, una aparición en las NBA Finals y dos MVPs de temporada después, el principal culpable de que los Cavaliers no consiguieran el tan anhelado campeonato se llamaba LeBron James. Y, tras meses de reflexión y lucha interna, llegó el día en el que la joven estrella pasó de ser criticado deportivamente a convertirse en el Judas de la NBA.

«Esto es muy duro», repetía LeBron una y otra vez antes de afirmar frente a 13,1 millones de televidentes que dejaría Cleveland para unirse al Miami Heat. Detrás de aquel especial de ESPN conocido como The Decision estaba la intención de James de explicar, en primera persona, por qué elegía irse. Lo sentía más humano que un anuncio oficial, blanco sobre negro. Cuando su entorno más cercano le presentó la idea de hacerlo en el primetime y a través de una cadena mundial, él puso una condición excluyente: lo recaudado era para ayudar a la comunidad. Y así fue. Se destinaron 2,5 millones de dólares para Boys and Girls Club of America, organización estadounidense que diseña programas de complemento escolar para jóvenes de todo el país. Además, otros 3,5 millones recaudados por ingresos publicitarios fueron donados a diferentes causas benéficas. Nada de eso tuvo la repercusión que sí le dieron los medios al odio generalizado. Se había desatado una carnicería que incluía tanto a fans desamparados como a periodistas y directivos.

untitled.png

Repasar las tapas y los programas de aquel mes nos permite entender dos cosas: que el producto LBJ es extremadamente vendible y que los medios de comunicación son grandes generadores de violencia. LeBron ya no era el hijo pródigo, sino un traidor hijo de puta. O mejor dicho SON OF A BEACH, como tituló su portada el New York Post al ver que el mejor jugador del momento no llegaría a los Knicks. Tampoco era King James. Ahora, según el GM Dan Gilbert, era un «autoproclamado falso Rey que no significaba nada más para los chicos que un mal ejemplo.» Y no acababa ahí: «No se preocupen. Se llevará la maldición a South Beach y Cleveland ganará un campeonato antes que él.»

En todo momento y desde todos los rincones, se vendió -porque, en definitiva, también se compraba- que James era un hombre sin sentimientos más que un profundo egocentrismo que había dejado huérfana a una comunidad para alimentar su ambición. En el plano deportivo, leyendas como Michael Jordan o Magic Johnson bajaron un mensaje claro: ellos jamás se habrían unido a otras estrellas para ganar. Muy por debajo de esa superficie de carroñeros, lo real: que LeBron decidiera buscar un campeonato tras arrastrar siete años a un equipo totalmente dependiente de sus actuaciones no le hacía olvidar, ni por un segundo, de dónde había salido.

Contrariamente al relato dominante, su involucramiento en los problemas sociales de la zona era cada vez mayor. Donaciones a escuelas que ascienden a 41 millones de dólares. Programas ideados por su fundación que enfocan su energía en mejorar el proceso escolar de los jóvenes. Gran parte de esas iniciativas no salían a la luz por el temor del propio LeBron a que esto se entendiera como limosna. Pero no. Sea lo que fuera, él siempre estuvo encima. Y, a medida que aumentaban, sus intervenciones se abrían un hueco entre las noticias. En agosto de 2011, su fundación inauguró un Boys and Girls Club en uno de esos barrios de Akron en los que pasó su infancia. También aportó 240,000 dólares para reacondicionar el descuidado Joy Park Community Center, un punto neurálgico en la vida social del área. Cuando le preguntaban, casi siempre respondía lo mismo: «Todavía falta mucho. Es necesario que le devuelva aún más a mi comunidad.»

untitled.png

El primer año de James en el Heat provocó lo mismo que provoca lanzar un barril de gasolina al fuego. En temporada regular, Miami registró el tercer mejor récord de la NBA, sólo por detrás de San Antonio Spurs y de los Chicago Bulls del MVP Derrick Rose. Aunque la conformación del Big Three y el hype creado entorno a ello hacía ver lo bueno como regular y lo regular como malo, transitaron los Playoffs sin sobresaltos: 4-1 a Philadelphia 76ers, a Boston Celtics y a los mencionados Bulls en las Finales de Conferencia.

LeBron aterrizaba nuevamente en las NBA Finals y todo lo que no fuera ganar iba a ser visto como un fracaso. Y no tanto como uno colectivo, sino más bien como algo que pertenecía especialmente a él. Así fue. Durante los partidos definitorios, James mostró su versión más descafeinada (17,8 puntos por juego) y Dallas Mavericks se aprovechó de eso para reventar los sueños del primer anillo. Porque de esa manera se cubrió la noticia en aquellos días. No era la sorpresiva derrota del Heat y su constelación de estrellas lo que vendía, sino el supuesto maleficio que merodeaba alrededor de ese muchacho llamado a ser El Elegido.

df

Al mote de traidor se le sumó el de fiasco. Luego del traspié en aquellas Finales, LeBron fue azotado mediáticamente incluso hasta por ir a entrenar con una sonrisa en el rostro. No es broma. Durante el lockout de 2011, el periodista Stephen A. Smith improvisó un intento de despedazamiento a su legado: «Es como si quisiera ser coronado sin haber ganado nada. Perder esas NBA Finals de la manera que lo hizo y volver con una sonrisa en su cara es algo que no entiendo. Los campeones no hacen eso.» 

Y James sabía que su juego no había estado a la altura de su grandeza. Fue el primero en reconocer que no había realizado ni una «jugada que cambie el juego» durante toda la serie. Por primera vez en su carrera, empezaba a sufrir las consecuencias de haber sido catalogado como algo que no era: «Me encerré en mi casa y no vi a nadie por dos semanas después de la derrota. Fue una de las cosas más duras que viví. La gente piensa que soy el villano y yo, que sé que no soy esa persona, pasé de jugar con felicidad a hacerlo con ira.» Pero no había escapatoria. Y, durante los próximos tres años, tuvo que aferrarse a ese sentimiento. Dentro de la cancha, claro. Fuera de ella, LeBron seguía siendo el joven adulto que veía al mundo cada vez con mayor claridad.

untitled.png

Dos campeonatos, dos MVPs de temporada regular y dos MVP Finals. Entre 2012 y 2013, consiguió todo lo que había ido a buscar a South Beach. Aquellos años de escrutinio interno habían terminado. No así las críticas, que siempre encontraban alguna chispa para prender la llama del odio que tanto dinero mueve. Pero, esta vez, LeBron estaba entero. Había madurado como jugador, pero mucho más como persona. Entendía mejor que nadie la maquinaria del desprecio que se había montado sobre su figura y optaba por responder con paz: «Es lo que es. No puedes manejarlo. Sin embargo, cualquier crítica pierde importancia cuando te pones a pensar que yo no debería estar aquí. Es así. Si miramos las estadísticas, no se supone que alguien como yo llegue a esto. Estoy bendecido. Eso es todo lo que vale.» 

LeBron había crecido, sí, pero nunca dejó de ser un niño de Akron. Y ya había cumplido todas las metas que se había trazado en su carrera, excepto una: romper la sequía de títulos que atormentaba a Cleveland desde 1964. La derrota en las NBA Finals de 2014 a manos de esos históricos Spurs de Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginobili y Kawhi Leonard terminó de convencerlo. Era hora de volver a casa. Entonces, el villano empezó a ver como el discurso comenzaba a cambiar de foco.

«Algunas personas vinieron a decirme que debía hacer lo que me hiciera feliz. Y yo creo que sí, pero también creo que debo hacer lo que haga feliz a mi ciudad, a mi estado. Por eso estoy aquí. Los amo, he vuelto.» Ante 30,000 personas, el hijo pródigo vivía su redención. Una que jamás debió necesitar, pero que llegaba como un abrazo al alma.

Durante sus años en Cleveland, su impacto social se acrecentó al máximo. LeBron se convirtió en la voz de la lucha por la igualdad. Denuncias contra el abuso policial, declaraciones que hacían reflexionar sobre el alarmante grado de racismo que actualmente vive la sociedad estadounidense, protestas contra la portación de armas y plantadas ante el horror. Y ese horror, o más bien quienes lo profesan, lo ubicaron como el enemigo principal. Nacía su versión activista. Esa que, tal vez, causa más odio que ninguna otra. Desde entonces, James usa su fama para que el mundo escuche a los que no tienen voz. Y para ciertas esferas del poder, no hay peor pecado que hacer visibles a los silenciados. Mucho más si el que lo hace es uno de ellos, un número en rojo entre las estadísticas. Alguien que, como siempre recalca el propio LeBron, no debería estar en donde está. 

untitled.png

Pero volvamos a lo estrictamente deportivo. Desde 2011, el equipo del Este que había llegado a la cita máxima de la NBA contaba con James en su plantilla. Como era de esperarse, los Cavaliers gozaron del mismo destino en todas las temporadas seguidas a su regreso. Sin embargo, las NBA Finals de 2015 supusieron otro bocado para los detractores del Rey. Golden State Warriors celebró en el duelo entre «franquicias malditas» y la gerencia de los CAVS decidió echar al entrenador David Blatt durante el mes de enero de la campaña siguiente. A estas alturas, no era trabajo de un detective descubrir a quién culparía la opinión pública. Se utilizó la influencia de LeBron en la organización y la posterior elección de Tyronn Lue (su amigo) como reemplazo para establecer que una orden suya causó la destitución. Pese a que el mismo Blatt declaró en 2018 que no se sintió desplazado por James, el mote de echa-técnicos aún persigue a la figura del 23.

Si el odio vende, también lo hace la épica. Y quizás no haya otra palabra que describa mejor la actuación de Cleveland en las Finales de 2016. Todo amante del básquet sabe lo que sucedió: esos Warriors, que habían firmado el mejor récord de temporada en la historia de la NBA, tomaron la delantera por 3-1 en la serie. En 70 años de competencia, ningún equipo había remontado una desventaja semejante durante un cruce por el campeonato. Contra todo pronóstico, LeBron James tomó las riendas del destino y estampó su sello en las páginas doradas del juego al liderar a los Cavaliers hacia el tan ansiado título. Por primera y única vez en su carrera, la aceptación era total. Parte de los medios, expertos en agigantar las cosas, daban por hecho su ascenso hacia el trono de mejor jugador de todos los tiempos. Ahora, el término King parecía insuficiente, y quien poco tiempo atrás había sido tirado a la hoguera era exaltado hasta convertirse en una especie de divinidad. No más críticas infundadas. No más odio visceral. Estaba claro: no iba a durar mucho. Y hay múltiples ejemplos -tanto en sus siguientes años en Cleveland como en su nueva etapa con Los Angeles Lakers- que lo confirman. Pero, para LeBron, nada más importaba. En el interior, el círculo se había cerrado. 

untitled.png

Detrás del éxito deportivo, su impacto socio-cultural era ya imposible de dimensionar. Lejos de ignorarlo, siguió por la misma senda de siempre. Mejorar la vida de los otros, al punto de que nadie más que ellos controlen su destino. Y por allanarle el camino a los que sufrieron lo que él sufrió de niño, por pronuciarse en tópicos tabú para los atletas, por creer firmemente que su papel iba más allá de lo que hiciera dentro de una cancha, LeBron se ganó el odio más peligroso y dañino de todos: el del poder.

«Esto es lo que pasa cuando intentas dejar la secundaria un año antes para unirte a la NBA. LeBron y KD, ustedes son grandes jugadores. Cállense y piquen la pelota.» La editorial de Laura Ingraham, periodista de Fox News, explotaba como una bomba de realismo puro. Segregación del Siglo XXI. ¿La causa? El discurso crítico de dos superestrellas deportivas -pero, particularmente, de LeBron- ante el racismo explícito del presidente Donald Trump. Aquella despreciable performance ocurrida en febrero de 2018 es material de sociología avanzada, pero emite un mensaje terriblemente esclarecedor: la élite dominante ve como una amenaza a las minorías con ideas propias y visibilidad para exponerlas. Y James, como representación máxima de ese concepto, es altamente irritante.

¿Por qué un hombre que se preocupa por su comunidad y sirve a ella -tarea política que muchos funcionarios públicos olvidan- es de los personajes más odiados de esta época? ¿Se puede, de alguna manera, comprender este fenómeno desligándolo de lo racial? ¿No es este caso -magnificado a niveles mundiales por sus características- otro más en la triste historia del menosprecio y la discriminación? Quizás así, al bucear mucho más profundo de lo que supone una bronca deportiva, se puede llegar a la génesis del desprecio. Porque por mucho que se quiera ocultar, él es un negro exitoso en una sociedad ultraracista. Una que suele ver a los deportistas afroamericanos como mercancías y no considera justo que tengan decisión sobre dónde jugar o con quién hacerlo. Una que no tenía entre sus planes que un homeless de Akron construya un imperio empresarial y que, muy lejos de encerrarse en él, luche por los derechos de los olvidados en el rincón más oscuro. Tener el control de su vida y mostrarlo con orgullo es, en definitiva, lo que convierte a LeBron James en un blanco perfecto del odio irracional. Uno que pica la pelota como pocos en la historia, pero que definitivamente no se callará.

untitled.png

 

 

LOS DIEZ MOMENTOS DE D-WADE

Dwyane Wade apenas recibió tres ofertas universitarias cuando estaba en la secundaria. Unos años después, se coronó como el MVP de las NBA Finals que le dieron al Miami Heat el primer campeonato de su historia. El legado de D-Wade excede cualquier título, pero ese hito sirve para entender su lugar entre los mejores jugadores de la historia. En CROSSOVER, decidimos rendirle homenaje a su carrera a través de sus diez mejores momentos en la NBA.

EL ARTE DEL TRASH-TALK

El deporte de alta competencia no sólo se trata de una disputa física, sino también mental. A menudo, quienes logran mantenerse fuertes de cabeza logran aventajar a sus rivales e imponen las reglas de juego. La NBA mantiene, desde su génesis, un término que define a una de esas prácticas destinadas a provocar que el rival tambalee mentalmente, que «salga del partido»: trash-talk. Muchos lo utilizan, pero pocos han sido capaces de transformarlo en una herramienta que verdaderamente los separe del adversario en la carrera por el triunfo. Y tanto Gary Payton como Draymond Green pueden proclamarse como reyes del trash-talking.

EL NUEVO CAPÍTULO

La NBA vuelve a recibir un impacto de la magnitud que sólo las superestrellas pueden provocar: LeBron James jugará en Los Angeles Lakers. El Rey se une a un listado de estrellas que han vestido la púrpura y dorada y que va desde Elgin Baylor, Wilt Chamberlain y Jerry West hasta Magic Johnson, Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Pero, ¿por qué LeBron eligió Los Angeles como su destino, por encima de otros como Philadelphia, Houston o San Antonio? Enterate.

EL RENACER DE LIVINGSTON

Shaun Livingston es, en la actualidad, una pieza fundamental en el funcionamiento de la nueva dinastía que domina la NBA: Golden State Warriors. Sin embargo, once años atrás, todo esto no tenía lugar ni en los sueños del base. Por ese entonces, Livingston no pensaba en ganar títulos, sino en poder caminar. Para dejar atrás aquellos días en los que una trágica lesión casi acaba con su carrera y disfrutar estos, gloriosos y en la cima de sus anhelos, emprendió un largo y duro viaje en el que se consagró como un verdadero guerrero de la vida. Y, al renacer de las cenizas como el ave Fénix, demostró que, a veces, la realidad supera a la ficción.

DONDE NACEN LAS LEYENDAS

Las definiciones son aquellas instancias en las que prevalecen esos jugadores que nacen para triunfar: tiros decisivos, remontadas históricas y físicos exigidos al máximo. Desde Magic Johnson y Michael Jordan hasta Ray Allen y Paul Pierce, en CROSSOVER les traemos las más grandes jugadas en la historia de las NBA Finals. Que lo disfruten.

LOS VIAJES DEL REY

Desde hace ocho temporadas, en la Conferencia del Este hay una ley que se mantiene inalterable: contar con LeBron James es un pase directo a las NBA Finals. Año tras año, las demás franquicias que prescinden del Rey han encarado la postemporada con la idea de destronarlo como meta final. Todas han fallado en el intento. Estos Playoffs no son la excepción. Y LeBron, esta vez en Cleveland, disputará nuevamente una definición del campeonato. Otro hito en su carrera, que inevitablemente se ubicará para siempre entre las más impresionantes en la historia del deporte.

UN NIÑO DE AKRON

Sentado en el piso de uno de los once apartamentos en los que vivió durante su infancia, LeBron James quizá imaginó su destino. Los campeonatos, la fama, los contratos millonarios y el reconocimiento mundial. Pero, antes de que todo suceda, ese sueño era tan sólo una forma de escaparle a aquel presente. Como James, muchos niños de Akron sueñan despiertos para colorear un paisaje oscuro, teñido por la pobreza y por los peligros de la calle. Desde su condición de estrella y de hombre maduro, pero más desde ese niño que sufrió lo mismo, que creció sin un padre y sintió la crudeza de la vida es que LeBron James le habla a los niños de su ciudad, un lugar del que jamás se olvidará.

DE LA CALLE A LA NBA

El deporte está lleno de historias de superación, de cuentos de hadas hechos realidad que sirven como inspiración para los que están por venir. Sin embargo, la vida de Caron Butler es tan real que supera cualquier tipo de ficción. De pequeño, se hundió en los peligros de la calle mientras su madre ocupaba el tiempo en dos trabajos diferentes para poder mantenerlos. La droga lo tomó como otro de sus rehenes. El joven Butler comenzó a traficar marihuana. Luego, pasó a la cocaína. El hogar se fue desdibujando. Pasaba más tiempo en los parques y en la cárcel que en su casa. ¿Qué sucedió entre medio de aquellos años en los que el futuro próximo era oscuro y estos, en los que Butler disfruta de su retiro tras una larga carrera en la NBA? Nada menos que la oportuna intervención de un policía en el momento más delicado de su vida.

 

LA LEYENDA DE LOS DOS LOBOS

Durante la época de Michael Jordan y los Chicago Bulls, de John Stockton, Karl Malone y Utah Jazz, de Hakeem Olajuwon y Houston, una estrella y un joven con futuro de leyenda se encontraron en el mismo equipo. Tardaron poco en darse cuenta de que los dos deseaban ganar con la misma fuerza. El tiempo los vio dominar el mundo del básquet, alzar juntos tres títulos de forma consecutiva y apocar al resto de los equipos. También los vio confrontar, discutir y alimentar sus egos, ya sea como compañeros o rivales. Los vio ganar solos. Los vio envidiarse. Los reencontró y los llevó de nuevo a esos tiempos, en los que decir Shaquille O’Neal y Kobe Bryant sonaba a excelencia. Esta es la historia de una de las parejas más exitosas y enigmáticas del deporte. La leyenda de los dos lobos.

LAS SENTENCIAS DEL REY

Una de las tantas críticas disparadas hacia LeBron James en el momento de las comparaciones con leyendas como Michael Jordan o Kobe Bryant es la de su ausencia en los segundos definitorios de un partido. El clutch, como suelen decirle en la NBA. Sin embargo, hay demasiadas pruebas para demostrar que el Rey es sumamente certero a la hora de cerrar un juego y que, a pesar de los prejuicios, no le tiembla el pulso cuando la última acción lleva su nombre.

SHAQ

Hablar de dominio es hablar de Shaquille O’Neal. Durante toda su carrera, el cuatro veces campeón de la NBA se encargó de que ese término lo definiera mejor que cualquier otro: dominar a los pívots rivales, dominar el juego con una mezcla de movilidad y potencia pocas veces vista, dominar a los fabricantes de aros… Su historia, llena de triunfos y de controversias, es una de las más interesantes de este deporte. Ya lo dijo Magic Johnson: «Jamás volveremos a ver otro como Shaq. No estarían ni cerca.»

16/04/18

La jornada de ayer nos regaló dos partidos de Playoffs. Dos nuevas historias para contar.


EL TALENTO NO ENVEJECE


Heat 76ers Basketball (1).JPG

Toda historia debe tener algún que otro conflicto. De otra manera, no se explica que Dwyane Wade haya dejado Miami para vagar por otras franquicias. El Heat es su casa. No ha existido otro jugador que defienda mejor esos colores. No importa el rival, el escenario ni la fecha, él siempre va a dar un poco más que el resto. Lo demostró ayer, en el triunfo de su equipo ante Philadelphia por 113-103. Wade anotó 28 puntos, bajó siete rebotes y repartió tres asistencias, pero su impacto no se puede explicar sólo con estadísticas. Como el gran veterano que es, manejó los tiempos del partido en todo momento. Sacó a Miami del apuro que suponía la remontada del local y sentenció el partido con la soltura de quien sabe ganar. Ahora, los 76ers deberán ir a Florida a recuperar la ventaja en la serie, que parece tener destino de séptimo juego.


DÍAS GRISES


b84dfef5046086e20ba0c2cdef6a24b7.jpg

La serie entre Golden State y San Antonio parece tener un final inevitable. Es tal la diferencia que existe entre el vigente campeón y los Spurs, que cualquier intento de rebeldía es apagado por la actuación de alguna estrella. Anoche, los Warriors se impusieron por 116-101 y estiraron su ventaja a dos partidos. Tal vez, que la eliminatoria se mude al AT&T Center por los próximos dos partidos ayude a los dirigidos por Gregg Popovich a equilibrar las cosas. Pero, por el momento, lo hechos no dan indicios de que el presente de la franquicia alcance para mantenerse con vida en los Playoffs. Mientras tanto, Kawhi Leonard sigue inmerso en una novela mediática que sólo puede acabar mal. No son buenos días para San Antonio.


 

14/04/18

Llegaron los Playoffs, el mejor momento del año en la NBA. Cuatro partidos se disputaron en la primera jornada. Conocé sus historias.

DIFERENCIAS CLARAS


DaxfB0DXUAAeMrC.jpg

La lógica se impuso en el partido inaugural de esta postemporada. Por la primera ronda de la Conferencia Oeste, Golden State le ganó fácilmente a San Antonio por 113-92. Más allá de sus posiciones en la grilla (segundo y séptimo, respectivamente), la diferencia entre el equipo local y los de Gregg Popovich es muy grande, y quedó demostrado ayer. La ausencia de Kawhi Leonard, el bajo rendimiento de figuras como Pau Gasol, Patty Mills y Danny Green y los años en la espalda de Tony Parker son problemas difíciles de solucionar, incluso con la presencia de un All-Star como LaMarcus Aldridge. Cierto es que las apariciones de Manu Ginobili siempre le inyectan competitividad al quinteto en cancha, pero un candidato no puede depender exclusivamente de su jugador más veterano.

Golden State no contará con Steph Curry durante toda la serie. Y, en cierto punto, los malos resultados en el cierre de la temporada regular podían darles ciertas esperanzas a las demás franquicias que intentarán quitarles el trono. Pero los Warriors tienen a un MVP como Kevin Durant (24 puntos, siete rebotes y ocho asistencias), a un anotador serial como Klay Thompson (27 puntos, 11 de 13 tiros de campo) y siguen siendo los campeones defensores y uno de los más grandes equipos en la historia de la NBA. Los Spurs, en cambio, están muy lejos de aquel nivel que los hizo temibles. Demasiada diferencia a favor de la lógica.


 

EL NORTE, EN ORDEN


Dax3ljuUwAAOu9x (1)

Gran parte de las críticas hacia Toronto responden a que, según los que las hacen, nunca pueden plasmar en los Playoffs todo lo bueno que muestran en la temporada regular. Particularmente, ese cuestionamiento se centra en sus dos All-Star: Kyle Lowry y DeMar DeRozan. Hay un problema con eso. Primero, la dupla que conforma el base y el escolta es una de las mejores de la NBA hace varias campañas y, pese a quien le pese, han liderado a la franquicia hacia sus primeras Finales de Conferencia, en 2016. Y segundo -pero no menos importante-, los Raptors son un equipo, en toda la amplitud del concepto. Es por eso que sus rivales no deben preocuparse sólo por Lowry y DeRozan. Lo entendió ayer Washington, cuando sufrió los 23 puntos y doce rebotes de Serge Ibaka y se fue derrotado del Air-Canada Center por 114-106.


CON LA JUVENTUD AL MANDO

DayopHdUwAAeEO2.jpg

Miami se fue al descanso del primer juego de la serie frente a Philadelphia con una ventaja de cuatro puntos. ¿Qué pasó para que, al finalizar el partido, los 76ers festejaran su decimoséptima victoria consecutiva? Sencillamente, una segunda mitad digna de un equipo preparado para los Playoffs: anotaron diez de sus dieciocho triples y ganaron los dos cuartos por quince o más puntos. El resultado final fue 130-103, pero la sensación de superioridad de un conjunto sobre otro en el tramo decisivo del encuentro fue incluso mayor a lo que dicen esos números.

¿Qué decir de Ben Simmons? Aun al cometer varios errores en el manejo de la pelota (tuvo cinco pérdidas de balón) y registrar un bajo porcentaje de acierto en los tiros, fue el jugador más dominante del partido. Al australiano se le hace fácil merodear las triples decenas. Anoche, se quedó a un rebote de hacer algo que sólo logró Magic Johnson en 1980: conseguir un triple-doble como novato en el debut de postemporada. Simmons finalizó el juego con 17 puntos, 14 asistencias y nueve rebotes. La NBA va a ser suya.


EL PRIMER ROBO


Day-jFvWkAAH2lq.jpg

New Orleans se convirtió en el primer visitante que gana en estos Playoffs. Fue en la casa de Portland y lo hizo por 97-95, en un partido que podría haber cerrado mucho antes. Es que los Pelicans alcanzaron una ventaja de 19 puntos durante el tercer cuarto, pero no fueron capaces de mantenerla y el local se acercó peligrosamente, pese a los bajos rendimientos de Dame Lillard (18 puntos, 26% de acierto en tiros de campo) y CJ McCollum (19 puntos, 7 de 18 tiros acertados). Sin embargo, cuando la épica parecía posible, los Blazers no pudieron torcer el destino del partido en ninguna de las últimas posesiones. Gran triunfo para el sexto clasificado del Oeste.

Lo de Anthony Davis merece un párrafo aparte. El pívot de 25 años jugó anoche el quinto partido de postemporada en su trayectoria. En ninguno de ellos ha bajado de 25 puntos, pero ante Portland pasó por mucho ese promedio: 34 unidades, a las que se le suman 14 rebotes y cuatro tapones. Con estos números, se transformó en el cuarto jugador con más puntos en los primeros cinco juegos de Playoffs de su carrera (161), sólo superado por Michael Jordan, Kareem Abdul-Jabbar y LeBron James.

Que, durante sus cinco campañas previas en la NBA, Davis haya pisado esta instancia apenas una vez fue un desperdicio de talento. Ya era hora de que la gerencia de New Orleans armara un equipo acorde al nivel de su estrella.


 

NO HAY NADA MEJOR QUE CASA

[dropcap]N[/dropcap]o hay registros de que el gran Gustavo Cerati conozca la historia. Y muy probablemente el básquet no haya sido una de sus pasiones. Pero, dondequiera que esté, es seguro que coincide con Dwyane Wade en algo: no hay nada que se compare con estar en casa. Así lo escribió el músico argentino. Así lo demuestra la sonrisa del jugador, cada nuevo día que viste los colores de Miami.

Wade llegó a la NBA en 2003 sin ninguna conexión previa con la Vice City. Nació en Illnois, estudió en un secundario de Chicago y transitó su etapa de universitario en Milwaukee. Así, sin cita previa, el Heat lo seleccionó en la quinta posición del Draft y truncó lo que hubiese sido un romance asegurado con Chicago Bulls. Pero las historias de amor no son siempre previsibles. A veces, la chispa aparece en los lugares menos pensados. Y, desde su primer partido, Wade iluminó a Miami con su luz.


2120352-e1370336027107


Una luz que no podía darse el gusto de siquiera parpadear, porque en una franquicia sedienta de logros cualquiera que ocupe las vitrinas se convierte en el sol. Más aún si el que aterriza es Shaquille O’Neal, con tres títulos a cuestas y la premisa de que, con él, Miami se convertiría en la capital de la NBA. Pero no. Por mucho que intentara Shaq, allí ya tenían a su ciudadano ilustre, quien hazaña tras hazaña los convencería de que ningún jugador iba a representarlos mejor que él. Durante las Finales de 2006 mató cualquier duda: Dallas se creía campeón luego de ganar los dos primeros partidos, pero Wade sacó su orgullo a relucir y concretó una de las mejores actuaciones en la historia. En los siguiente cuatro encuentros anotó 42, 36, 43 y 36 puntos respectivamente y fulminó la serie. Aquellos días, en los que el MVP Finals fue tan solo un halago más, se ganó un lugar eterno en el corazón de la ciudad.


2006nbafinals


 

Las siguientes fueron campañas de sequía, algo que no suele soportarse tras haber saboreado la gloria. Y aunque Wade encadenó participaciones en el All-Star, fue el máximo anotador de la NBA en una ocasión y se convirtió en el jugador con más puntos en la historia de la franquicia, comenzaron a pensar que necesitaba ayuda. Entonces a Flash le trajeron a la Liga de la Justicia. Primero arribó Chris Bosh. Luego, fue LeBron James quien aterrizó en Miami. Y como a todos los lugares donde va el de Akron desde que tiene 16 años, también lo hizo la tormenta mediática. Luego de conseguir sus dos primeros campeonatos, LeBron se fue como llegó: sin sentimientos por otra ciudad que no fuera Cleveland.


LeBron-Wade-Fast-Break-1024x686


Tiempos de gloria, temporadas de relleno y estrellas pasajeras. La única constante fue él. Pero ninguna historia es perfecta. Tras trece años de relación, la gerencia se olvidó de mirar hacia arriba y priorizó a los talentos emergentes. El teléfono de Wade sonó y el ídolo buscó refugio en su antigua casa. Tardó una temporada en reconocer que Chicago jamás sería lo que fue Miami. Tampoco Cleveland, donde intentó escribir un nuevo capítulo con su amigo pero se quedó sin tinta. El naufragio se terminó cuando un giro de timón en Ohio lo devolvió al lugar del que jamás quiso irse.

Ahora sonríe mientras juega. Los años han pasado, pero el ambiente aún se electrifica cuando él entra a la cancha. El tiempo se detiene con la pelota en sus manos. Y, cada vez que eleva su mirada hacia las gradas, Dwyane Wade confirma que no hay mejor sensación que la de estar en casa.