EL GUANTE

El único base ganador del premio al Mejor Defensor del Año en la historia de la NBA debía ser alguien rudo, listo para incomodar al rival a través de todos los medios posibles. Y nadie encastraba mejor con esa descripción que Gary Payton. Fuera un novato o Michael Jordan, el ídolo de Seattle no se dejaba intimidar por su contrincante. Así, forjó una carrera que encontró un merecido lugar en el Hall of Fame. Y esta es su historia.

JASON KIDD, EL PRIMER LEBRON

«La gente no lo sabe, pero Jason Kidd fue el primer LeBron James. ¿A qué me refiero? Cuando ‘J’ jugaba en la secundaria, todos se paraban a verlo. Toda la atención estaba puesta en él», suelta Gary Payton, a horas de que ese muchacho al que nombra sea inducido al Hall of Fame. Enfocado desde adolescente, Kidd forjó una carrera espectacular: Co-Rookie del Año (junto a Grant Hill), diez participaciones en el All-Star, dos veces oro olímpico, segundo jugador con más robos y asistencias en la historia y campeón con Dallas Mavericks. Su camino, inevitablemente, termina en donde todas las leyendas se reúnen. Desde aquel joven de secundario hasta este hombre laureado, un repaso por toda la trayectoria de uno de los mejores bases que ha dado este juego.

 

OSCAR SCHMIDT, EL MANO SANTA

Que el máximo anotador en la historia del básquet no sea de la patria creadora del juego es, de inicio, una demostración de que ese hombre pertenece a la élite de este deporte. Ofensivamente imposible de parar, Oscar Schmidt forjó una carrera sumamente exitosa sin haber participado jamás de la NBA. En su época, la normativa prohibía a los jugadores de la liga estadounidense jugar para su seleccionado nacional, y Schmidt prefirió defender los colores de su país antes que hacerse camino entre las estrellas. ¿Qué hubiera pasado si el brasileño hubiese decidido jugar en la NBA? Él mismo lo aclara: «Hubiera sido uno de los diez mejores jugadores de la historia.»

CONTRA LA MAREA

La carrera de Alonzo Mourning es una descripción perfecta de lo que significa «sacrificio»: no sólo por su estilo de juego, tan combativo como inteligente, sino por su tenaz lucha contra una enfermedad renal que casi lo deja sin básquet y sin vida. También por volver, y por alcanzar la gloria catorce años después de llegar a la NBA.

EL ESCULTOR

Ganar y formar no es para cualquiera. Se necesitan años de experiencia y una visión que abarque tanto las metas de un equipo como las cualidades y el potencial de cada jugador. Todo eso se complica aún más cuando esos jugadores son jóvenes recién llegados a la universidad y con ganas de comerse el mundo. Sin embargo, existe un entrenador que se las ha arreglado -y todavía se las arregla- para conseguir el éxito en la NCAA y desarrollar futuras estrellas de la NBA. Su nombre es John Calipari, y esta es su historia.

EL MONARCA

Las lesiones obstaculizaron el andar de Bernard King hacia la gloria, pero jamás pudieron frenarlo completamente. Es que el neoyorkino aguantó cada golpe a base de canastas y, finalmente, fue premiado con el único reconocimiento que se adecuaba perfectamente a su carrera: el Hall of Fame de la NBA.

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EL OMNIPRESENTE

Desde 1963 hasta la actualidad, Rod Thorn pasó por todos los roles de importancia que conforman a la NBA: fue jugador, asistente, entrenador, GM, Vicepresidente de la liga y Presidente de Operaciones. Ya sea en New Jersey, donde conformó un equipo que estuvo a punto de conseguir el título, o en Chicago, franquicia a la que bendijo con la elección de Michael Jordan en el Draft, Thorn ha sabido engrandecer la figura de la NBA. Y esta es su historia.

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«NO EN MI CASA»

Llegó a los Estados Unidos con la idea de convertirse en un prestigioso médico que le permitiera cambiar la triste realidad que vivía su país, el Congo, en materia de salud. Sin embargo, logró convertirse en una estrella de la NBA y supo utilizar ese reconocimiento para atacar de lleno al problema. Porque Dikembe Mutombo sabe defender a los suyos tan bien como lo hacía en las canchas. Y esa, para un cuatro veces ganador del premio al Mejor Defensor del Año, es una definición perfecta de su calidad humana.

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CUANDO MOZART JUGÓ EN NEW JERSEY

El destino quiso que la NBA pudiera disfrutar a Drazen Petrovic nada más que cuatro años. Luego de arrasar con Europa, al genio croata le llegó en 1989 la oportunidad de exhibir su talento en el mayor de los escenarios. Pero en Portland, su primer equipo en la liga, apenas le dieron un papel de relleno. Insatisfecho, en 1991 Petro exigió un traspaso. Finalmente, New Jersey se convirtió en el lugar en el que el Mozart de Sibenik pudo componer las melodías de su juego sin limitaciones.

¿Qué tan grande era su futuro en la NBA? La duda será eterna. Al menos queda el consuelo de saber que, en tan solo cinco temporadas, Petrovic sentó las bases del básquet moderno.