EL GRAN POP

“Cuando nada parece ayudar, voy a mirar a un pica-piedras martillar su roca hasta
unas cien veces sin que se vea ni siquiera una grieta. Sin embargo, al centésimo primer martillazo la roca se rompe en dos. Y yo sé que no fue ese golpe el que lo logró, sino todos los anteriores.” La frase es de Jacob Riis, un fotógrafo y periodista danés que pasó gran parte de su vida mejorando la de los inmigrantes en Estados Unidos. En 1996, esa cita suya llegó a San Antonio en forma de cuadro y abajo del brazo de un nuevo entrenador. El hombre la colgó en la entrada del vestuario y, desde ese entonces, se ha transformado en la filosofía del equipo. Gregg Popovich no tardó ni un día en cambiar la vida de los Spurs.

Su figura suele definirse como contradictoria. Es una rara mezcla entre dureza, bondad y sabiduría. Mucha sabiduría. Tras estos veintidós años en los banquillos de la NBA, los cinco campeonatos logrados, o las 21 clasificaciones consecutivas a Playoffs, o las más de mil victorias son los argumentos que se utilizan para medir su impacto. Y están bien, pero no alcanzan. Es que Popovich ha sido, es y seguirá siendo uno de esos maestros que eligen el deporte como medio para enseñarle a los demás a ser gente. Se necesitan muchos más como él para entender que no todo ocurre dentro de la cancha. Que ganar o perder no es lo único.

Más de dos décadas de éxito. Más de veinte años de aprendizajes. La historia de Gregg Popovich y San Antonio Spurs, un oasis en el desierto de la fugacidad.

 

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